Ulises en Túnez

Ulises en Túnez

Publicado por el Mar 19, 2015

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El Museo del Bardo de Túnez es sinceramente impresionante. Impresiona incluso a las (muchas) personas que en realidad son insensibles a los museos pero disimulan para no parecerlo. Se construyó en el siglo XIX como grandiosa residencia del bey (el soberano) de Túnez, y a día de hoy alberga una colección de mosaicos romanos que quita el hipo al más pintado.

Yo lo visité en 1992 con un grupo de turistas españoles como este que acaba de ser ametrallado por los terroristas. Yo entonces todavía hacía estas cosas, viajar en grupo. Ahora no lo haría. Y no sólo por la amenaza del terrorismo.

A lo que iba: me recuerdo a mí y a todo mi grupo metidos dentro del Museo del Bardo con nuestro guía, un sonriente tunecino que nos explicaba la mar de tesoros culturales que allí había. Concretamente nos plantó delante de un soberbio mosaico que reproducía la famosa escena de la Odisea en que Ulises, a bordo de su navío, da orden a la tripulación de amarrarle al mástil. Resulta que las sirenas se han puesto a cantar y todo el mundo sabe que su canto es la perdición infalible de la marinería. Es uso y costumbre taponarse los oídos con cera para neutralizar su canto y poder seguir navegando. Pero Ulises, el tan humano, el único, ni quiere perecer ni quiere perderse ese canto conmovedor. Entonces manda que le amarren al mástil con fortísimas cuerdas, tan fuertes que no puedan con ellas ni sus bravos músculos ni su astucia. La misma que sacó a Aquiles del gineceo y que metió el Caballo en Troya.

Empieza el canto de las sirenas, efectivamente embriagador, tanto que Ulises arde en deseo de seguirlas, y pide a sus hombres de todas las maneras posibles –a gritos, con zalemas, entre desgarradoras lágrimas…-que le desaten y le dejen ir. La tripulación desobedece como un solo hombre. El héroe acaba postrado de rodillas, debatiéndose entre la más alta de las alegrías y el más horrendo de los sufrimientos. Pero sigue vivo.

Bueno, esta es la escena tal y como la cuenta Homero en la Odisea (con servidora haciéndole los coros esta vez). Ahora veamos cómo nos la contó nuestro guía turístico tunecino en el Museo del Bardo: “Aquí tenemos a la REINA Ulises con sus sirvientes” (dijo todo convencido, señalando a las sirenas) “Y aquí a unos marineros que las quieren secuestrar” (señalando a Ulises y a sus hombres).

Yo me quedé helada, primero por el faux pas, segundo porque absolutamente nadie dijera nada. Ningún miembro de nuestra expedición turística, digo. O nadie estaba prestando atención o a nadie le extrañó oír aquella barbaridad.

Yo en un discreto susurro le expliqué al guía, inevitablemente llamado Ali, que las cosas y el mosaico no eran del todo como él creía. No recuerdo que la expresión de su cara fuera exactamente de gratitud. Yo diría que la emoción que me transmitió fue más bien otra cosa.

No se trata de elevar la anécdota a categoría, por supuesto. Pero mientras no nos escuchemos un poquito más los unos a los otros, mientras ciertas barbaridades de nuestros respectivos discursos puedan discurrir como líneas tranquilamente paralelas, sin cruzarse y sin sorprenderse nunca, que Dios nos coja confesados.

 

 

 

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