Shakil Afridi, el Bradley Manning de Obama

Publicado por el may 25, 2012

Compartir

shakil.jpg

¿En qué se parecen Barack Obama y Julian Assange? A simple vista en nada, pero si se profundiza un poco más surge cuanto menos un paralelismo inquietante: los dos han dejado muy gravemente tirado a los pies de los caballos a alguien que les ayudó a hacer algo que consideraban justo, pero que exigía romper unas cuantas reglas y leyes. Los dos han traicionado a quien se la jugó por ellos, para hacerse más y mayor publicidad.

En el caso de Assange está clarísimo. Nuestro amigo de WikiLeaks, el megalómano de los chivatazos mundiales, obtuvo muy probablemente su famosa y masiva filtración de documentos secretos sobre la guerra de Irak del entonces oficial norteamericano de inteligencia Bradley Manning, joven veinteañero un tanto inestable, y absolutamente inadaptado al ejército, que encontró en WikiLeaks una salida para su frustración. Resultado: Assange encaramado al star-system del progreglamour, Manning pudriéndose en una cárcel del FBI donde ha recibido y recibe un trato infame y pendiente de un juicio que podría saldarse con la cadena perpetua. ¿Cuánto dinero ha puesto WikiLeaks para su defensa? Ni un duro. Sólo algunos disidentes de la organización, como su antiguo portavoz Daniel Domscheit-Berg, han manifestado preocupación por el destino de este soldado.

Tres cuartos de lo mismo le pasa a Shakil Afridi, el médico paquistaní condenado en su país a 33 años de cárcel por haber ayudado a la CIA a localizar a Osama Bin Laden en Abbottabad. El doctor Afridi organizó una falsa campaña de vacunación de la juventud de la zona que permitió tomar muestras de ADN que identificaran a los familiares del difunto líder de Al Qaida. Sólo así hubo base firme para decidir que los SEAL se tiraran en plancha. Lo cual sin ir más lejos significaba violar la soberanía territorial de Paquistán, un país aliado de esos que te ahorran la molestia de tener enemigos.

La captura y muerte de Bin Laden en su territorio abrió una profunda crisis en el gobierno paquistaní y sobre todo en el ISI, su temible servicio de inteligencia, que desde entonces se ha lanzado más que nunca a la ejecución sumaria o directamente tiro en la nunca al disidente. La condena al doctor Afridi da la medida del cabreo interno. Estados Unidos ha protestado enérgicamente por el duro castigo impuesto a quienes ellos consideran un héroe -aunque su defensa, a la desesperada, intente negar que Afridi ni siquiera sabía estaba vacunando a los hijos de Bin Laden-, y ha adoptado el gesto simbólico de retirar de su ayuda anual a Paquistán 33 millones de dólares, uno por cada año de condena.

Seguramente el doctor Afridi y su familia habrían preferido mil veces que la Casa Blanca se hubiera abstenido de dar tanta publicidad a la operación que le ha costado la libertad, y ya veremos si no le cuesta también la vida. Hombre, nadie discute que había que salir a decir que Bin Laden estaba muerto. Y a dar algunos detalles que hicieran creíble la historia. Pero, ¿había que dar tantos? ¿Era imprescindible dejar con el culo aire a la red de apoyo paquistaní?

Tres meses justos después de aquella operación, The New Yorker publicaba un extenso reportaje sobre la misma firmado por Nicholas Schmidle. Era un reportaje cojonudo, emocionante, lleno de detalles vívidos, en el que sin embargo no dejaba de saltar a la vista una cosa: para tener semejante acceso al material, el periodista había tenido que acreditar un entusiasmo sin matices ni fisuras por quien se lo daba. Hablando en plata, el reportaje sólo era posible si se escribía a mayor gloria de Obama.

No contenta con eso, la Casa Blanca facilitó toda clase de información confidencial y reservada a la cineasta Kathryn Bigelow, oscarizada por The hurt locker, película correcta, pero sobredimensionada como si fuese una obra maestra (cosa que no es) simplemente por su enfoque evidentemente crítico con la guerra de Irak.

Pero eso era cuando la guerra la hacía Bush, claro. Bigelow va tan en camino de convertirse en la Isabel Coixet de Obama que en EEUU ha habido que tomar providencias para retrasar el estreno de su próxima película, Zero Dark Thirty, hasta que pasen las elecciones de noviembre. Frustrando así la fantasía goebbelsiana de que un filme a mayor gloria de lo de Abbottabad se estrenara a pie de urna. ¿Se imaginan cuán parda se habría liado si a George W. Bush se le hubiera ocurrido auspiciar desde la Casa Blanca una superproducción titulada pongamos Mission Accomplished, con Leonardo Di Caprio interpretándole a él en el Despacho Oval?

Bromas aparte, los documentos desclasificados por la asociación Judicial Watch acreditan que Bigelow y su guionista tuvieron acceso no sólo a documentación e información secreta, sino también a la inaccesible cripta de la CIA desde la que se dirigió la operación y hasta a conocer en persona a uno de los SEAL, cuya identidad se supone uno de los secretos mejor guardados del Estado. ¿Esto es una producción independiente o es el NO-DO?

Pero más allá de la elegancia o inelegancia del tema, está el hecho incontrovertible de que el gobierno Obama, o parte de él, ha decidido anteponer el autobombo a la prudencia. La propaganda a la seguridad. Filtrando tantos detalles a los amigos ha ayudado a atar cabos a los enemigos, y ahí tenemos al doctor Shakil Afridi, y a saber cuántos más, pagando las consecuencias.

Julian Assange es uno de los mayores irresponsables que ha parido madre. Pero parece que no es el único.

 

 

Compartir

ABC.es

Piensa lo peor © DIARIO ABC, S.L. 2012

Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

Etiquetas
Calendario de entradas
marzo 2017
L M X J V S D
« jul    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031