Se puede desmitificar a Kennedy, pero no a la CIA

Publicado por el May 11, 2012

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Estados Unidos es uno de los países del mundo donde más difícil es ocultar indefinidamente un secreto. Un culto puritano a la verdad arrastra a grandes masas de la población y motiva a legiones de investigadores que, armados de mucha constancia y de una legislación que para sí quisieran muchos países autoproclamados como más progres, permite airear muchas curiosidades y vergüenzas. Por ejemplo el National Security Archive de la Universidad George Washington lleva meses haciendo revelaciones alucinantes sobre la crisis de los misiles en Cuba y lo increíblemente cerca que se estuvo de un holocausto nuclear. En las páginas de ABC se daba cuenta ayer de cómo en realidad entre ese holocausto y la humanidad llegó a interponerse un solo hombre, el marinero Vasili Arkhipov, segundo de a bordo de un submarino nuclear soviético atacado por destructores norteamericanos cerca de la costa cubana. Incomunicados con Moscú, tenían orden de responder con torpedos nucleares ante una emergencia así, pero solo si los tres máximos oficiales del submarino estaban de acuerdo. Dos ya lo estaban, y solo Arkhipov se plantó. Horas después Kennedy y Kruschev firmaban la paz, dándole la razón. Pero por qué poco.

En general casi toda la documentación secreta exhumada a lo largo de años de investigación del National Security Archive, con el investigador Peter Kornbluh a la cabeza, evidencia con meridiana e incómoda claridad que lo de Bahía de Cochinos fue un desastre. Fue un desastre como operación clandestina de la CIA y como decisión política de la Casa Blanca y más específicamente del presidente Kennedy, que por delante era mucho Camelot pero por detrás le gustaba jugar a los piratas del Caribe. Y luego sobre la marcha le entraban dudas y dejaba a los anticastristas que confiaron en él tirados en la playa. Etc.

Muchas de estas cosas se han ido sabiendo por el empeño de los investigadores y hasta del actual presidente, Barack Obama, quien nada más ocupar el cargo lanzó una directiva a toda la comunidad de inteligencia: basta de secretismo sin justificar. Basta de alegar esotéricas razones de seguridad de Estado para no abrir carpetas incómodas. La seguridad del Estado es una cosa y el pánico a la autocrítica es otra: “el gobierno no debe retener información confidencial meramente porque su divulgación podría avergonzar a oficiales públicas, porque podría revelar errores o fallos o por temores abstractos o especulativos“, reza textualmente la directiva presidencial.

Es difícil dar tanto en el clavo con tan pocas palabras. Cualquiera que conozca cómo funcionan las comunidades de inteligencia tiene que tener fatalmente clara una cosa: hay en el mundo secretos de Estado justificados por el bien común o superior, pero son una exigua minoría. La inmensa mayoría de los secretos lo son para tapar equivocaciones y vergüenzas. Para no dejar en mal lugar a un conjunto de señores que simplemente hicieron muy mal su trabajo.

Pues en el tema de Bahía de Cochinos la CIA acaba de rizar definitivamente el rizo del descaro. Si hasta ahora se oponía a la directiva de Obama más o menos por lo bajini, ahora ya es oficial: han conseguido que una juez federal, Gladys Kessler, les autorice a mantener en secreto a perpetuidad el último volumen de la historia oficial interna sobre toda la operación en Bahía de Cochinos. Todos los demás volúmenes han visto la luz, pero este, si Dios no lo remedia, quedará oculto.

¿Por qué? Argumentan en la CIA que se trata de un mero borrador que no aporta nada en firme al análisis general de lo que pasó y que además está exento de las leyes de transparencia. Como si fuesen los apuntes de un sucio que un estudiante se guarda después de pasar en limpio su trabajo.

No opinan lo mismo los que sostienen que el volumen es interesantísimo porque aflora inconfesables críticas internas. Redactado en 1981 por el historiador de la CIA Jack Pfeiffer, parece que rebate sin piedad el informe redactado inmediatamente después de los hechos de Cuba por el entonces inspector general de la agencia, Lyman Kirkpatrick, y culpa a los estrategas de la central de la mayor debacle de su historia. Todas las vergüenzas de Bahía Cochinos se ventilan ahí.

Parece que entramos de lleno en uno de los supuestos contemplados por la directiva de Obama (malos espías que se cubren las espaldas) y además con un doble rasero escandaloso, según Peter Kornbluh: “la CIA no tuvo problema para desclasificar el volumen tercero, que era también un borrador, y en el que se atacaban los errores tanto del presidente Kennedy como de su hermano, el fiscal general Robert Kennedy; pero cuando se trata de sus propios errores, ya es otra cosa“.

 

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