Purgatorio

Purgatorio

Publicado por el jul 2, 2014

Compartir

Saben ustedes, no siempre es fácil para una mujer hecha y derecha (pongamos yo) manejarse ante debates como el que por ejemplo se ha suscitado ante el último intento de reforma de la ley del aborto. No siempre es sencillo explicar lo que se piensa y lo que se siente sobre estas cosas.

Si me permiten, esta vez voy a tratar de hacerme entender a través de una parábola.

Es una parábola antigua. Le escribí hace ocho años, cuando poco después de nacer mi hija Nora di a la imprenta un libro titulado Per què parir. Crònica d’un desengany (Por qué parir. Crónica de un desengaño) (Ara Llibres, Barcelona 2007).

El libro se publicó en catalán y no existe traducción al castellano. Les traduzco en rigurosa primicia un capítulo entero sobre una amiga mía que, embarazada ella, tenía las ideas muy aparentemente claras…

 

…Me acuerdo de mi amiga Marina en el tercer mes de su embarazo, cuando fue a que le practicaran la amniocentesis (…) La amniocentesis es un momento delicado del cual cada vez se salvan menos embarazadas, por aquello del reloj biológico y del tiempo de descuento. A partir de los 35 años es impensable no someterse a esta prueba destinada a pararle los pies a fetos que vengan con malformaciones graves como el síndrome de Down.

Es una prueba traumática. Existe un peligro de infección y hasta de aborto espontáneo que puede obligarte a pasar uno o dos días en cama. No es de extrañar que muchas mujeres no se decidan a divulgar que están embarazadas hasta tener la certeza de haber superado la amniocentesis con éxito.

Marina se fue a hacerse la prueba con su característico aire enérgico, muy decidida. La noche anterior habíamos cenado juntas y ella me comentaba el desastre de unos parientes lejanos de su marido, una pareja de profesores universitarios, que dejaron pasar mucho tiempo sin tener hijos, principalmente porque ella no quería. Él, sí. Pero le costó años de insistencia. 

Cuando al fin ella se avino a quedar embarazada, se quedó de gemelos. Parecía un golpe duro pero lo malo no había hecho más que empezar. Ambos niños, los dos, nacieron con un retraso mental considerable que obligó a la madre a dejar la universidad para siempre y dedicarse exclusivamente a cuidarles. 

Hete aquí un escenario que se podía haber evitado haciéndose la amniocentesis, subrayaba Marina. Que una cosa es querer ser madre y otra muy distinta querer ser Juana de Arco. 

Al día siguiente se encaminó ella a curarse en salud. Yo no quise llamarla el mismo día porque, total, para no saber nada de nada todavía, mejor dejarla descansar, pensé… 

Me llamó ella a la madrugada siguiente. Llorando a lágrima viva.

Ya está, ya ha perdido el niño, pensé desolada, o ya le han dicho que venía mal, y se lo han tenido que sacar. Inevitablemente recordé su gesto tan firme de la noche anterior, esa tranquilidad con que me aseguró que lo tenía todo clarísimo: la maternidad será una parte y no el todo de mi existencia, me decía, quiero tener todas las garantías posibles y más de que el tema no se sale de madre, valga la redundancia…

“Lo siento muchísimo, Marina”, murmuré a ciegas, al ver que ella tardaba en especificar su desgracia, y yo no sabía por dónde empezar exactamente a consolarla.

Y ella me dijo: “Es horrible esto que hemos hecho, Anna, es horrible”.

Por sus palabras y por su tono parecía estar refiriéndose a un aborto. Que ciertamente no es una experiencia agradable. No, no lo es.

“Pero piensa que no tenías alternativa, no podías seguir adelante en estas circunstancias”, le recordé yo, solícita.

Dándose cuenta de lo que yo tenía en mente, ella me corrigió en el acto: no había habido aborto. No sólo eso sino que, aunque el resultado definitivo de la prueba se iba a demorar un poco, la doctora le había transmitido su confianza en que no había ninguna malformación. En que el bebé de Marina venía limpio de polvo y paja.

Pero entonces, ¿semejante llantina?

Pues Marina seguía inconsolable. Como yo no la había visto nunca.

“Es horrible hacerle demostrar a alguien que es digno de nacer”, consiguió articular ella al fin, con una voz mínimamente comprensible.

Yo me quedé helada, claro.

“Pero Marina, qué dices”

“Es horrible”

“¿Ya no te acuerdas de aquello que me contabas de los parientes de tu marido?”

“Es horrible”

“Será un poquito horrible, eso no te lo discuto; pero es lo mejor para todo el mundo”

“Lo mejor para nosotros, quizás. Pero, ¿cómo puede ser lo mejor para la criatura? Si le hubiéramos detectado la menor pega, la menor tara, ya estaríamos planificando cómo cargárnosla…”

“Pero, pero…¿y qué otra cosa querrías tú hacer, Marina, por el amor de Dios?”

“Es horrible”

Y de ahí no la sacabas.

No recuerdo cómo ni de qué manera se acabó ella calmando y colgando el teléfono. La que después no podía calmarse era yo. Me había alterado mucho aquella conversación sin pies ni cabeza con la que hasta entonces había considerado siempre y sin discusión una de mis amigas más racionales y más sensatas. Y la más feminista de todas.

No volvimos a hablar del tema después de aquella noche. Pasaron los meses. Marina dio a luz a un bebé sanísimo y espabiladísimo, una niña perfectamente preciosa, a la que pusieron el nombre de Joana. Yo fui su madrina. 

Años más tarde, un día de Sant Jordi, buscando, buscando, cayó en mis manos un libro que se llamaba exactamente igual que mi ahijada: Joana.

“Es el poemario que Joan Margarit dedicó a su hija, la que se le murió con treinta años, pobrecita; tenía el síndrome de Rubinstein-Taybi”, me situó la persona que me acompañaba aquella tarde de librería en librería.

Abrí el poemario al azar y leí (atención que sigo traduciendo del catalán): 

Ya estamos acostumbrados, Joana,

A que esta lentitud

Cuando apoyas las muletas y vas bajándote del coche

Despierte los bocinazos y el insulto abstracto.

Me hace feliz tu compañía

Y la sonrisa de un cuerpo que está muy lejos

De lo que siempre se ha dicho de la belleza,

La penosa belleza, tan distante… 

Cerré el libro de sopetón y lo volví a abrir al azar, y así seguí leyendo:

Ahora tu despedida será para siempre

Ya no podrás salir ni volver a entrar

Pero, ¿es preciso abandonar una fe

Sólo porque ya no sea cierta?

¿Dejaré de estar contigo porque tú no estés? 

Y unas páginas al azar más allá….

Por favor no te vayas, no te vayas

Así vislumbré aquello tan portentoso y tan turbio que sacudía a mi amiga Marina aquella noche en que no sabía parar de llorar por teléfono ni de decirme que era horrible la angustia que la fulminó por sorpresa, en el preciso momento de hacerse la amniocentesis. La oleada de protección ciega e incondicional que le batió toda la cubierta del corazón.

La aguja inquisitiva entró y salió de su vientre. Marina había cerrado los ojos pero los volvió a abrir como platos, espantada de la precisión animal con que de repente sintió que ella ya no sabría, no podría y no querría deshacerse de aquellos dos dedos de vida que transportaba. Incluso en el caso en que le anunciaran el advenimiento de una criatura contrahecha y desvalida, imperfecta. 

Nunca adivinarías quién puede renunciar a detener el nacimiento de una criatura así, poniéndose toda modernidad por montera (…)

Quizás por eso el embarazo tiene que ser tan largo: para que te dé tiempo a conocerte.

Compartir

ABC.es

Piensa lo peor © DIARIO ABC, S.L. 2014

Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

Etiquetas
Calendario de entradas
marzo 2017
L M X J V S D
« jul    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031