Para qué sirve el seny

Para qué sirve el seny

Publicado por el Jun 8, 2014

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Esto que ha pasado con CiU y su negativa a votar la ley de abdicación demuestra que Josep Antoni Duran i Lleida no pinta nada en la federación nacionalista”, afirmaban hace unos días más de uno, de dos, de tres y de cuatro con rotundidad. Hombre, pues visto lo visto, su amago de dimitir de sus cargos en la federación nacionalista, debe pintar más o menos lo que pintaba Miquel Roca en 1993, cuando él veía clarísima la conveniencia de que el catalanismo político diera el paso histórico de integrarse con todas las consecuencias en un gobierno español (concretamente en el último que presidió Felipe González) y Jordi Pujol no sólo se negó, sino que le desautorizó de tal forma que el partido donde ambos militaban, Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) estuvo a punto, pero a punto a punto, de quebrarse en dos.

Costó remontar aquella crisis, que dejó heridas nítidamente definidas entre dos puntos de vista que en el fondo resumían y siguen resumiendo, quizás ahora más que nunca, el alfa y el omega de lo catalán: la famosa tensión entre seny y rauxa no es, como a veces simplificadamente se tiende a creer, un pleito entre sensatos y atolondrados. Digan lo que digan el seny no siempre es lo mejor de Catalunya; a veces puede ser casi lo peor. Porque es la llavecita pequeñita que ocasionalmente cierra el cofrecillo minúsculo del egoísmo y del ombliguismo, del no querer sacar un dedido del pie de tu pueblo ni casi de la Edad Media. Los de la rauxa eran los que querían ver mundo y abrirse a él, alma al viento.

 

Ha llovido mucho desde que el reto fundamental del catalanismo político era si se implicaba más o menos en la reconducción de los destinos de España. Hace unos años quien esto firma escuchó atónita de labios de un estrechísimo colaborador de Artur Mas: “Nosotros ya no nos dedicamos más a la política internacional”. Respondía esto a una pregunta de servidora sobre cuándo tenía previsto Mas volver a verse para hablar con Mariano Rajoy.

Parecía una boutade pero no lo era. De repente todo lo que acaecía pasado Tarragona había dejado de tener interés para esa gente que una vez soñó con ser la punta de lanza reformadora de todo lo ibérico y que a día de hoy se conforman con empeñarse en el ambicioso, trascendente afán, de que la infanta Leonor no herede de su padre el título de princesa de Girona.

Yo no digo que no sea verdad que a Duran i Lleida le falte fuerza –como en su día le faltó a todo un Miquel Roca- para oponerse a la versión kukluxklanesca de sus propias siglas. Pero mucho me temo que el desairado papel del portavoz de CiU en el Congreso, su primero decirle a la vice que cómo se le ocurría que ellos pudieran no votar la ley de abdicación, para a continuación tener que minuciosamente envainársela, no fue tanto un problema de mandar más o menos como de prever menos o más la irracionalidad ajena. Un no imaginarse que los de Mas pudieran llegar a ser tan definitivamente brutos.

La vieja herida rebrota con nueva ferocidad. Y pasa lo de siempre: España magullada pero entera. Catalanes rotos. Sueños podridos. Seny amargo. ¿Tiene remedio? Sinceramente, ya no lo sé. Lo único que sé seguro es que no tiene perdón de Dios.

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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