Oriana, Zenobia y el heroísmo circular

Oriana, Zenobia y el heroísmo circular

Publicado por el May 22, 2015

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Hace catorce años, más o menos, que de cuando en cuando me toca dar explicaciones de mi, para muchos, incomprensible fascinación por Oriana Fallaci. Sé de alguien que el día que oyó por la radio la noticia de la muerte de Ernest Hemingway se fue al Retiro, se sentó en un banco y lloró lo que no está escrito (y lo que sí lo está) y acto seguido se marchó de cabeza a los sanfermines porque cuando te matan al padre no que te ha tocado en suerte, sino a aquel que tú has elegido, la orfandad es peor que biológica. Es cósmica.

Bueno, a mí me pasó lo propio el día que, encontrándome en Nueva York, supe que Oriana Fallaci ya no existía. Que ya no estaba al alcance, así fuese lejano, la mujer que a los trece años conocí a través de un libro (Un hombre…) que, sin rozar ni de lejos la excelencia literaria de Hemingway (no siempre se trata de eso…), dio forma a mi corazón y se la dio para siempre. Cuajó ahí mi idea del amor. Y de los héroes.

A Oriana la vi en persona una sola vez. Fue a principios de los años 90. Furtivamente le entregué un poema mío escrito en el único idioma que en aquella época ella y yo teníamos en común (el francés) hablando de todo esto. Suyo y nuestro. Ella me miró larga y profundamente a los ojos, reencontrándose a través de los míos, creo, con la dinamita sagrada de su juventud.

Por aquel entonces ella era todavía una intocable, una indiscutida, una fuente de cinco chorros de prestigio. Su impresionante ejecutoria periodística, su indesmayable compromiso contra toda clase de tiranías ejercido ininterrumpidamente desde la más tierna infancia (ya de niña fue partisana contra los nazis), sus entrevistas demoledoras, sus novelas apresuradas y agobiantes con la prodigiosa excepción, precisamente, de Un hombre, donde al contar el amor de su vida por el héroe de su vida Oriana se yergue más allá de su propia estatura, más allá de su propio estilo, escribe más y mejor que ella misma…

Faltaba todavía un rato para el 11-S y la posterior demonización del personaje, su reducción al absurdo histérico, su presentación por algunos como fascista, islamófoba, etc (mientras, por cierto, sus libros se seguían vendiendo por millones).

Empezaron en aquella época, ya digo, los trabajos de Hércules de servidora para justificar por qué yo, más que admirarla, directamente la amaba. A Oriana, sí. El día que supe de su muerte me desplomé como no me había desplomado el día que murió mi madre de sangre, con quien por cierto poco o nada congenié (aunque queda el esperanzador detalle de que yo leí Un hombre porque ella lo tenía…). Muriéndose Oriana, en cambio, yo sentía que me dejaba tirada en medio de un mundo donde ya nadie pensaba ni sentía ni anhelaba como yo, como ella. Como nosotras.

Sentí que me quedaba sola, sola, sola, en medio de una humanidad que había aparcado para siempre el hambre de épica de la que yo ni queriendo sabría salir. Hambre de verdad y de héroes.

¿Que no hacía falta ponerse tan borde ni descalificar a todo el islam ni tener tan rematadamente mal carácter como Oriana Fallaci tenía? Puede. Pero yo tampoco podía sustraerme a la sensación de que no había cambiado ella sino todo lo demás. Que ella era la misma, y por lo mismo, que en los años 70 y 80 suscitaba tanta reverencia y admiración. Tampoco entonces se andaba ella con chiquitas ni estaba por hostias ni se cortaba de decir lo que pensaba. ¿Por qué ahora sí de repente tenía que hacerlo?

Yo misma experimenté ese terrible fogonazo de lucidez y de desasosiego al ver caer las Torres en Nueva York el 11 de septiembre de 2001. De repente intuí, comprendí, que pasarse de paternalista con quien te ODIA, sin discusión y sin matices, constituye algo más que un grave error político o filosófico. Deviene una temeridad humana.

Comprendí de repente que tanta corrección política, multiesto y multilootro nos podía llevar en línea recta al carajo. Y que en lo sucesivo nadie que comprendiera esto y además lo dijera en voz alta volvería a ser aceptado en el círculo de los puros y de los justos. Y que en el círculo de los puros y de los justos no se iban a enterar de nada. Y nos iban a llevar en pureza y en justicia… a sucumbir.

Véase el ISIS. Véase Palmira. ¿Quién tenía razón?

Palmira fue por cierto el territorio de otra hembra de armas tomar, la reina Zenobia, quien siendo viuda de su rey plantó cara al imperio romano y al sasánida, consiguiendo dominar hasta Egipto por unos años. Fue una excelente guerrera y amazona, capaz de andar millas y millas con su ejército, derrotada al final por el emperador Aureliano, que dicen que la hizo tirar de un carro encadenada con cadenas de oro antes de perdonarle la vida, íntimamente impresionado. Por su arcaica, deslumbrante dignidad.

A Zenobia se deben parte de las gloriosas ruinas que estos malnacidos de ahora van a cargarse como quien tumba bolos en una bolera. Mal rayo de algún dios les parta. Ojalá la cólera de Allah les machaque minuciosamente algún día.

Porque lo que es nosotros, aquí con el corazón metido en el cajón y con las manos desnudas…

 

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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