No dejes que la realidad te cambie una buena ópera…¿o sí?

Publicado por el Jul 28, 2015

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Hasta El Escorial había que irse para ver el estreno del Don Carlo, bastante más de Albert Boadella que de Giuseppe Verdi. No faltaba detalle ni en el escenario ni en el patio de butacas. Si, según leo en el excelentísimo blog de Rubén Amón en El Mundo, en el ensayo general el rey Felipe VI se fotografió con John Reylea, el bajo que da vida a su antepasado Felipe II, la función del 27 de julio la presenció sentado junto a Boadella otro antepasado suyo todavía más directo, el rey emérito don Juan Carlos.

Mucha majestad entonces en el ambiente. Y mucha ópera. El Don Carlo no es musicalmente moco de pavo e históricamente menos: desde el principio el incorregiblemente rebelde director (la magistrada y exsecretaria de Estado Margarita Robles, que estaba sentada a mi lado, me recuerda cómo en los años 80 le tocó a ella ofrecerle a Boadella la libertad condicional tras su proceso por el tema de La torna y posterior fuga, siempre que el reo se comprometiera a no volver a serlo de nada en dos años…soluciones imaginativas que se buscaban a los problemas durante la Transición) anunció su intención de darle la vuelta al libreto de Verdi –basado en el drama de Schiller– como a un calcetín, pero sin sacarlo del pie. La idea era hacer que la misma obra dijera lo contrario de lo que quería decir pero sin cambiar ni un compás de la partitura, ni una coma del texto. Jugando sólo con el sobreentendido, la interpretación y alguna que otra elipsis.

Por ejemplo la elipsis nada insignificante de coger a las víctimas de un espeluznante auto de fe de la Inquisición y meterlas de cabeza (mejor dicho, de caperuza infamante) a toda leche trampilla abajo. En otros montajes ese momento se recrea con todo y maligno detalle.

Ciertamente el Don Carlo, aparte de una ópera soberbia, es un acto de propaganda política que no se lo salta un gitano. Si, como Boadella subraya, Felipe II fue “el Obama de su época”, hasta cierto punto se entiende que le salieran descalificadores por doquier. En esta ópera, Verdi carga la suerte en la negritud de una España tan omnipotente como retrógrada e inquisitorial. El infante don Carlos aparece como la sal de la tierra, un hermoso, romántico y heroico príncipe de Asturias humillado y ofendido por su tenebroso padre en lo político (él quiere liberar Flandes, y por ende el mundo, del yugo imperial) y en lo personal (su prometida ha pasado a ser su madrastra).

Boadella logra su objetivo de una recreación ennoblecedora de la figura de Felipe II, humanizándolo, engrandeciéndolo. Más cuesta arriba, bastante más, se le pone la desromantización de su hijo. Por muy acostumbrados que estemos a ver que, en la ópera, los galanes y las bellas vocales no siempre lo son físicos, en este caso es francamente complicado encajar el mito de Don Carlo, la locura de amor  que suscita (casto a la fuerza en Isabel de Valois, más libidinoso en la princesa de Éboli) con la presencia en escena de un ser ridículo, contrahecho, mezquino, irascible, etc. Para que la ópera avance hacia donde Boadella la conduce, algunas de las páginas más sublimes escritas por Verdi tienen que rozar lo incomprensible. O hasta lo ridículo.

Y el caso es que…Boadella tiene razón. A poco que se indague se comprueba que su visión del infante Carlos es la buena, la ajustada a Historia y a derecho, y que es Verdi, el bueno de Verdi, el que se lo montó en plan Bollywood. ¿Qué se hace entonces en un caso así? ¿A quién damos la razón?

Yo me quedo con el buen rato pasado a cuenta de ese príncipe catalán de los ingenios teatrales españoles que es Albert Boadella. Con esa inmensa salud suya sin complejos, de atreverse a pasar el netol por tanta leyenda negra de nuestro país. Ya va siendo hora. Si Verdi no se cortó al mentir, ¿tiene que hacerlo él al decir la verdad? ¿No quieres La torna? Pues dos tazas. Sobre todo ahora que han pasado aquellos dos años de vigilancia que me contaba Margarita Robles, y que Boadella puede arriesgarse a volver a delinquir.

Por cierto, a don Juan Carlos la ópera le pareció “preciosa” y se rió mucho cuando le pregunté si le veía un aire de familia…

 

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