Missing, cuarenta años después

Publicado por el Dec 13, 2011

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¿Se acuerdan de Missing, aquella película de Costa-Gavras, protagonizada por Jack Lemmon y Sissy Spacek, que transcurría en el Chile inmediatamente post-Pinochet? Costa-Gavras la rodó en 1982, tuvo gran éxito en Europa y en Estados Unidos se llevó una querella del que fuera embajador norteamericano en Chile cuando acontecieron los hechos (reales) en que se basa la película. Hubo que esperar casi veinte años para que Missing se distribuyera normalmente en EEUU.

Es solo una de tantas torpezas cometidas desde Washington en relación con el caso Pinochet. Pues, ¿qué más le hacía falta a la película para ser creída, que una querella y una prohibición?

Cuando están a punto de cumplirse cuarenta años (se cumplirán en 2013) del golpe de Estado del general Augusto Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende, pocos o ninguno dudan del triste papel jugado por Estados Unidos en ese caso. A día de hoy ni en el Pentágono osan discutir que la CIA hizo todo lo que pudo, primero, para evitar que Allende ganara las elecciones, y, después, para que alguien le derrocara. Cuando ese alguien resultó ser Pinochet, Henry Kissinger en persona ordenó apoyarle sin miramientos y sin demasiada prudencia, contrariando los buenos consejos de sus mejores asesores. Cuando se quisieron dar cuenta de que estaban patrocinando la Gestapo de los Andes ya era tarde.

En habiendo el mismísimo Colin Powell reconocido en su día que en EEUU no están “nada orgullosos” de su actuación en Chile, ¿qué aporta Missing a día de hoy? ¿Qué puede haber peor que lo que ya se sabe? Pues algo tan horrible, tan sencillamente imperdonable, como que la CIA permitiera, quién sabe si incluso fomentara, el asesinato de ciudadanos norteamericanos a manos de los golpistas de Pinochet. Que les diera licencia para matar a sus propios compatriotas.

Missing narra la angustiosa peregrinación por Santiago de Chile del padre y la esposa de Charles Horman, un joven norteamericano detenido, torturado y asesinado en las primeras horas posteriores al golpe. Otro tanto ocurrió con su amigo Frank Terugi. La película fue retirada de las pantallas norteamericanas por dar voz a la teoría de la familia Horman de que los operativos de la CIA compinchados con Pinochet no movieron un dedo para salvar a dos jóvenes radicales -estaban en Chile dando apoyo al gobierno Allende- aunque tuvieran pasaporte norteamericano. Peor que eso: en algún momento se insinúa que la ejecución de Horman pudo ser la manera de silenciar a un testigo incómodo de la connivencia entre la embajada USA y los golpistas.

¿Calumnias? ¿Fantasías? ¿Alucinaciones dictadas por el rencor? En muchos años nadie ha podido encontrar una pistola humeante. A lo sumo que se ha llegado es a acreditar la extraordinaria incompetencia y negligencia de los diplomáticos norteamericanos para buscar al desaparecido Horman.

Ahora un juez chileno acaba de dar un paso más. El magistrado Jorge Zepeda imputó el pasado 29 de noviembre a un antiguo oficial de inteligencia de la U.S. Navy, el capitán Ray Davis, al que acusa de ser cómplice de los asesinatos de Horman y Terugi. Cree el juez Zepeda que ambos fueron detenidos basándose en informaciones sobre “elementos subversivos” facilitados por Davis y otros. Peor aún: cree que Davis tuvo en su mano la oportunidad de salvar a Horman, de parar su ejecución. Y optó por no pararla.

Supongamos que es verdad. ¿Y qué le va a pasar ahora a Davis? Pues probablemente, nada: padece un Alzheimer muy avanzado que imposibilita, no ya su extradición a Chile, sino ni siquiera su salida de la residencia de ancianos de Florida donde está recluido. ¿Fin del caso y de la historia?

Una no sabe si estremecerse ante la posible injusticia o escamarse ante posibles imputaciones al aire justo cuando se va acercando el cuarenta aniversario del golpe. La raza humana reacciona curiosamente ante los cuarenta aniversarios. Por ejemplo en 2011, cuando se cumplen cuatro décadas de la muerte supuestamente accidental de Natalie Wood, sale de repente el capitán del barco desde el cual la actriz cayó al agua y empieza a aportar “pruebas” de una supuesta implicación turbia de su marido, el también actor Robert Wagner. Posible, nadie dice que no lo sea. Pero entonces, ¿por qué callar cuarenta años enteros? ¿Y por qué despertar súbitamente al calor del morbo…o del negocio?

En plan parecido acaba de descolgarse Manuel del Carmen Araya, chófer que fue del universal poeta chileno Pablo Neruda, y que ahora sostiene que en realidad Neruda fue asesinado por una especie de fraudulenta inyección letal (en el hospital donde se trataba) en los primeros compases del golpe de Pinochet. Y añade que lleva todo este tiempo tratando de denunciarlo pero que ni el PC de Chile le hacía caso (¡). Por supuesto ya está en marcha la petición de exhumar al ciudadano Neftalí Reyes, nombre real del poeta, para hacerle una autopsia que a estas horas aclarará poco o nada. A ver qué veneno resiste cuarenta años de soledad en la tierra.

Dios sabe que en el mundo quedan muchos crímenes horrendos impunes. Pero no es fácil cribar el grano de la culpa de la paja del oportunismo. A ciegas seguimos.

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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