¿Ley Wert o Ley Talavante?

¿Ley Wert o Ley Talavante?

Publicado por el May 21, 2013

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Lo bueno de ir a los toros gustándote cada vez más los toros pero sin entender, por ahora, mucho de toros, es que vas como una pizarra limpia, como una novia gitana que apenas se saca el pico del pañuelo. De esa guisa estuve yo el sábado pasado en Las Ventas para asomarme al misterio de Alejandro Talavante encerrado con seis toros cárdenos de Victorino Martín. La expectación era máxima. La decepción fue, por decirlo amablemente, mayúscula. Talavante no cortó nada, salió de la plaza no a hombros sino entre pitos y el frío no cortante pero sí raspante más un viento sin amistad acabaron de desangelar la tarde y el mundo. Para una vez que voy.

Y el caso es que, por lo mismo que a mí Mourinho siempre me ha parecido guapo y hasta divertido –será porque me importa un rábano el fútbol- , a mí no dejaba de intrigarme por qué todo lo que hacía Talavante caía tan mal en palcos y tendidos. A mí el hombre se me figuraba valiente. Y honesto. Y esforzado. Vale que yo lo ignoro todo de los toros, pero hay cosas que se saben aunque no se sepan. Por ejemplo que aquel torero, más que errar, era que no acertaba. Que no le salía. Pero que lo que no salía venía más de fuera de él que de dentro. Como si él fuera un convidado de piedra a su propia faena.

Me recordaba a esos amantes que inexplicablemente no funcionan a pesar de tenerlo todo: planta, técnica, ganas de quedar bien, coraje a chorros, etc. Y por lo que sea, pues no. Que no cortan nada y tú te quedas con ganas de olvidar, no de repetir.

Qué injusto es el amor a veces. ¿Y los toros? Taurófila primeriza, no sabía si asombrarme más de lo que pasaba en la arena o alrededor de ella. Tanto o más que el torero me fascinaba el público. ¿Cómo definir la capacidad de pasar en segundos del suspiro sobrecogido ante un arriesgado pase de pecho, que pareció que Talavante se iba a abrazar entero a la bestia, a chillarle de todo menos bonito? “A veces el toro coge al torero porque este se ha picado con el público, se ha dejado arrastrar a arrimarse al abismo”, me cuenta mi amiga Mercedes, que ella sí sabe y hasta vio una vez de pequeña a Juan Belmonte quedarse a dormir en su casa. “¿Sabes que Belmonte decidió pegarse un tiro al darse cuenta de que ya no funcionaba como hombre, no?”, añade con respetuosa naturalidad. Lo más normal del mundo.

Me vuelvo a mirarle a él, a Talavante, que por un momento parece que se va a sobreponer, a elevar, en mitad del tercer toro, Matacanas, curiosamente el más pesado (576 kilos). Y sin embargo una y otra vez se instala la idea de que este hombre torea mejor de lo que mata. Como si le fallara algo definitivamente deslumbrante en el último momento de hundir la espada, buscando una cruz de la muerte que se le resiste. Cegando esa suprema química que acallaría la plaza y la doraría de respeto.

Tiene que ser, sí, una cuestión de química, cavilo, más y más convencida de lo irracional cuanto más pregunto a los que sé que saben y ninguno me sabe explicar de manera cartesiana y fehaciente por qué. Por qué no ha estado bien Talavante. En qué ha fallado esta tarde este torero evidentemente animoso, y ganoso, y luchador. Qué es lo que separa lo sublime de lo catastrófico.

Se me ocurre que sólo en los toros (bueno, y un poco en el fútbol) deviene este país fanático de la excelencia. En cualquier otro ámbito es peligroso predicarla, que le pregunten si no al ministro Wert. En cualquier otro campo profesional y no digamos del estudio, pedirle a la gente que lo dé todo, que digo todo, que dé más de lo que tiene y nunca ha soñado tener esté pésimamente visto. ¿No vamos a tener el derecho a ser todos iguales, igual de mediocres?

Ante el toro, en cambio, no hay espíritu igualitario ni igualador que valga. No basta con no hacerlo mal ni con hacerlo bien, hay que bordarlo, con sangre si es preciso. El torero puede morir en cualquier momento, y qué. Eso inspira respeto pero no conmueve lo más mínimo a un respetable hambriento de emociones no ya fuertes sino absolutas. Como si a un director de cine se le exigiera ganar el Óscar con cada película, o a un delantero centro ganar todos y cada uno de los partidos por goleada abrumadora.

Más cornadas da el hambre se decía antes, cuando los matadores de toros salían de negrísimos pozos de miseria. Curioso que sigan saliendo, y se sigan jugando la vida, con toda la filosofía de la vida y del esfuerzo actualmente en contra. Si muchos políticos, banqueros, intelectuales, periodistas, maestros, estudiantes y hasta manifestantes de este país se hubieran esforzado en la última década como se esforzó el sábado pasado Alejandro Talavante en Las Ventas, para salir encima entre mohínes de desdén, a este país otro gallo le cantaría. Y otra crisis.

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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