La verdad es cosa de muchos

La verdad es cosa de muchos

Publicado por el May 17, 2014

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En pleno resacón tras el debate preelectoral entre Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano, me reafirmo en lo que he pensado siempre: estos debates no sirven para nada. Su visión o audición jamás han movido un voto de sitio. Quien pensaba votar a los unos nos se va a ir con los otros porque de pronto vea la luz en el argumento ajeno. Quia. El paralelo o referente no es el diálogo socrático, sería más bien la final de la Champions, que no se puede retransmitir en Sol porque Dios nos libre de tener allí reunidas y encajonadas a las hinchadas de los dos equipos. P,haserse daño.

La principal diferencia entre un partido de fútbol y un debate más o menos político es que en el primer caso el resultado es impepinable y en el segundo hay tantos resultados como eminencias habitan este país. Si yo me quiero empeñar en que el debate lo ganó quien a mí me dé la gana, ¿quién me va a contradecir? ¿No tengo yo derecho a dejarme convencer por quien yo quiera? Más cuando la audiencia real de estos debates es infinitamente más baja que la audiencia de las apuestas que sobre ellos se cruzan al día siguiente. Ganar el debate en serio es menos importante que parecer que lo has ganado. Porque es verdad que a los indecisos, el argumento que les suele convencer no es quién tiene razón, sino quien parece que va a quedar por delante. Ante la duda, uno vota a los vencedores, que parece como que te quedas más a gusto.

El debate en sí y toda la polvareda posterior me hacen tener muy presente un libro recientemente publicado en Espasa y que se acaba de presentar en Madrid: “Tus gestos te delatan”, de Fran Carrillo, especialista en comunicación política. Atención, especialista no sólo en comunicación no verbal o de monerías, en mover con mayor o menor convicción las manos o el flequillo, sino en comunicación global y total, incluyendo lo que se dice y cómo. El fondo y la forma. El medio y el mensaje.

Fran Carrillo no da puntada sin hilo ni escribe capítulo sin provecho. Una de las buenas noticias de las que te enteras leyendo su libro es de que la fabulosa capacidad de algunas personas para mentir, o incluso para creerse sus mentiras, no es un atributo mágico e infalible. La verdad no es algo condenado a ser entendido sólo por unos pocos, los que piensan, los que dudan. Puede ser comunicada tan a nivel de hígado y con tanta eficacia inmediata como una bonita y halagadora mentira.

Eso sí, la verdad (como la ironía), es cosa de dos. Y en política, de muchos.

“La verdad de un orador reside en la capacidad de sostener en el tiempo un mensaje sincero y un gesto natural y auténtico”, dice Fran Carrillo. Y añade: “la mentira existe cuando hay dos actores en juego: el mentiroso y el que se deja engañar“. ¿Cómo? ¿Es que acaso colaboramos en dejarnos tomar el pelo? Respuesta del experto: “La mentira es como el miedo: se establece en nuestra consciencia cuando queremos darle una segunda oportunidad al que miente”. ¿Entonces sí? ¿Nos dejamos engañar adrede? “Dentro de nuestra ingenuidad consciente o inconsciente o nuestra certeza manifiesta o dubitativa dejamos un resquicio a la probabilidad”. Ah.

En resumen, que parte del carisma, la capacidad de comunicación política, de “conectar”, etc, tiene a veces más que ver con las ganas de mucha gente de creerse un determinado discurso así se dé de castañas con la racionalidad y con la evidencia. Así los hechos desmientan rotundamente el discurso.

Que no se quejen entonces de todo lo que les pase después.

 

 

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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