La fantástica ley del embudo transparente

Publicado por el ago 1, 2011

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Ha causado sensación, aunque selectiva y acotada a ciertos círculos, que el pasado viernes 29 de julio el consejo de ministros diera por fin luz verde a un anteproyecto de la futura Ley de Transparencia, un compromiso electoral que se venía adeudando desde 2004 y que por supuesto ya es imposible que se apruebe en lo que queda de legislatura. En la Moncloa no disimulan que esto es un brindis al sol. Un intento, según dicen, de “elevar la apuesta” de cara al 20-N. Lo dice todo que la noticia casi pasara desapercibida, devorada por el anuncio de elecciones anticipadas del todavía presidente Zapatero.

La plataforma Access Info Europe cuenta incluso que al principio no les dejaban ver el anteproyecto de ley, alegando que primero había que mandarlo al Congreso. En cuestión de horas se dieron cuenta de lo cómico de este secretismo y les mandaron el borrador acompañado de una carta del ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui.

Basándose en ese material Access Info Europe dictamina que este es el primer conato de ley interesante que les ponen encima de la mesa. Le reconocen aciertos como la universalidad del derecho a pedir información a cualquier Administración pública, o la insistencia en que todas las Administraciones públicas sean mucho más transparentes sin necesidad de que nadie se lo pida.

En contra: la lista de razones, excusas o pretextos con los que se puede denegar información sigue siendo extensa y ambigua, quedan directamente fuera cantidad de documentos no definitivos ni oficiales, tales como notas u opiniones confidenciales (¿muerte a WikiLeaks?) y, sobre todo, que el supuesto órgano independiente de control de la transparencia queda adscrito…¡al ministerio de la Presidencia!

Esta es sin duda la pega más aparatosa. Por supuesto con la ley en la mano cabría siempre recurso contencioso-administrativo contra las denegaciones abusivas de información. Pero ese es un proceso largo, arduo y complejo. La idea era establecer un atajo, un árbitro mucho más ágil, en los previsibles conflictos de intereses entre gobierno y sociedad civil. Si esos conflictos se dirimen en el seno del ministerio de la Presidencia, apaga y vámonos. Lo que se propone parece ser alargarle la correa al perro, pero mantenerlo atado.

¿Por qué cuesta tanto aprobar una ley de Transparencia en España, algo que mal que bien se consiguió hace años en países como Sudáfrica, Albania o Bangladesh? Y por supuesto en EEUU, que la progresía de medio mundo gusta de equiparar con la tumba de las libertades, y en cambio goza de la Freedom of Information Act (FOIA) desde 1966, siendo presidente Lyndon B. Johnson. No es de extrañar que todos los Watergates, todos los Papeles del Pentágono y todos los WikiLeakazos salgan allí: es uno de los pocos países en que la información es un derecho fundamental, no un privilegio.

Lo cual por supuesto no significa que la regalen. Hay que pelear los datos con paciencia y con ardor, con obsesión casi. Asumir que contra el vicio de pedir está la virtud de no dar y que una FOIA request al uso, una demanda de información reservada sobre cualquier materia, puede tardar largos años en resolverse. Años de jugar al ratón y al gato con el FBI, el Departamento de Estado, la CIA o cualquiera que haya sido requerido a hacer strip-tease de secretos. Cualquier rendija de excusa vale para decir que no total o parcialmente, para dar largas, para requerir el dictamen de un analista que se tirará meses valorando la petición y que a la menor inexactitud, al error más ínfimo por parte del solicitante, puede hacer retroceder el esfuerzo global meses y meses.

Cualquiera que haya peleado nunca por sacar secretos a flote sabe que el peor enemigo de saber es no saber qué no se sabe. Ignorar qué se busca y dónde se podría encontrar. Muchos archivos oficiales de EEUU están teóricamente abiertos al público pero en la práctica constituyen fortalezas inexpugnables. Opacos laberintos donde uno puede languidecer eternamente entre carpetas sin percibir los contornos de ningún misterio. Sin un mínimo de plan, de objetivo, de intención, es fácil divagar y embarrancar, no llegar a ninguna parte. Y todo está diseñado a propósito para que así sea.

Si eso pasa en países con tradición de transparencia informativa, así sea refunfuñando y apretando los dientes, qué no será en países como el nuestro, donde en el fondo todo el mundo sigue considerando que para saber cosas hay que estar en la pomada y en el ajo. No hace tanto un colega me confiaba, exasperado, que en algunas ocasiones la clase periodística ha sido de las más cerradas a la aprobación de una verdadera ley de Transparencia en España. ¿Por qué, si eso debería hacer más fácil su trabajo? Pues depende: también puede hacer del dominio público lo que hasta ahora era un coto privado de cuatro privilegiados informativos.

En un mundo de filtraciones de amiguetes interesados, de guerras de dossiers disfrazados de periodismo de investigación, de agendas políticas disfrazadas de interés general y de actualidad, la transparencia tiene que dar miedo. Si se asume que nadie busca la verdad porque sí, sino por fastidiar o desestabilizar al vecino, aprobar una verdadera ley de Transparencia podría verse como repartir fusiles de asalto a toda la población. Y hala, a disfrutar del salvaje oeste.

¿Es por eso por lo que tanto tirios como troyanos, moros como cristianos, populares como socialistas, se llenan la boca con la transparencia pero cuando se trata de poner negro sobre blanco en el papel legal, uy qué miedo, y vamos a ver si cuela con cuatro tópicos y media docena de eufemismos? ¿Nadie cree en este país que se pueda aspirar a tener una información mucho más veraz, detallada, compleja y adulta de la realidad en que vivimos?

A lo mejor la tramitación de cualquier proyecto serio de ley de Transparencia tendría que incluir un magno esfuerzo reeducativo o de corresponsabilización colectiva. Que el derecho a la información no sea un mero instrumento de pim-pam-pum, un sistemático buscar la paja en el ojo ajeno mientras nos columpiamos alegremente en la viga del propio. Prevenir y acotar la posible mala fe que tanto miedo da, el suficiente como para pretender poner al ministerio de la Presidencia a garantizar que los secretos oficiales no salgan demasiado de madre. Eso puede valer para brindar al sol y para quedar medio bien (que no del todo) con los del 15-M.

Pero a la gente seria le da la risa.   

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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