Günter Grass, la memoria y la culpa

Günter Grass, la memoria y la culpa

Publicado por el Apr 14, 2015

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En el año 2007, siendo corresponsal de ABC en Nueva York, escribí una información que tenía como protagonista al recientemente fallecido Günter Grass. Reproduzco el artículo íntegro aquí. Poco tengo que añadir (pero sí mucho que pensar…) en este momento.

IN DUBIO, PRO REO

Retrato robot de un judío del Upper East Side de Nueva York: tiene cierta edad, tiene dinero y está loco por la cultura. Vive cerca de los grandes museos y es patrono del «Y» (pronúnciese «Guay») de la calle 92 con Lexington. La «Y» es por Young Men´s Hebrew Association, Asociación de Jóvenes Hebreos. Es el tabernáculo de la alta cultura judía en Manhattan.

Este lunes se convirtió en un improvisado tribunal popular para el escritor Günter Grass, «juzgado» por su pertenencia juvenil a las SS y por no haberlo revelado hasta AHORA, cuando ya es Premio Nobel, Premio Príncipe de Asturias e intocable.

En un escenario presidido por los NOMBRES de Moisés, David e Isaías, ante un auditorio abarrotado de posibles descendientes de víctimas del Holocausto, Grass hizo algo más que leer un fragmento de sus memorias, «Beim Haeuten der Zwiebel» («Pelando la cebolla») y que someterse a una entrevista. En realidad, lo que se le vino encima fue un completo interrogatorio.

La elección de su interrogador no dejaba lugar a dudas: Amos Elon, nacido en Viena y criado en Israel, es corresponsal de Ha´aretz y prestigioso colaborador de The New York Review of Books. Ha escrito innumerables libros sobre la cuestión judía en Alemania, en Israel y en el mundo. A él le correspondió pedirle cuentas.

El escritor alemán entonó el mea culpa con profusión: invocó una y otra vez la «estupidez» de su juventud, el ingenuo apetito de heroísmo de un adolescente que despreciaba a su padre por mantenerse en la vida civil, y que se presentó voluntario para montar en submarino, no para llevar el uniforme de las SS. Un «loco James Dean» alemán que odiaba a sus mayores por haber perdido la primera Guerra Mundial y quería ganar la Segunda con tanta fuerza como ansiaba irse de casa e INICIARSE sexualmente. Un alma de nitroglicerina que estallaba al choque de la exaltación patriótica y creía que el Holocausto era propaganda enemiga.

Apelaciones del autor

«De acuerdo -aceptó Elon-, pero, ¿CÓMO pudo necesitar un año entero, tras la guerra, para admitir que los campos de exterminio habían existido?» Los norteamericanos llevaron a Grass a conocer de primera mano uno de esos campos. Le llevaron en un vehículo conducido por un militar negro al que sus compañeros blancos no dirigían la palabra. «Yo pensé: qué racistas son estos americanos», evocó. Elon se sobresaltó: «¡¿Pero cómo pudo usted pensar eso, encima?!» «Se aprende mucho después de perder una guerra, ya veréis», vaticinó el alemán. Sus críticas a la guerra de Irak le valieron los primeros aplausos de la noche. «No me imagino a los ESTADOS Unidos aprendiendo de una derrota», se quejó Elon. «Lleva más tiempo del que parece», le animó Grass.

Elon siguió machacando un buen rato, haciendo como que no comprendía cómo Grass pudo no saber esto o no darse cuenta de aquello. Las apelaciones del escritor a la vergüenza cegadora merecieron algún desdén. Pero pocos. Era evidente que iba abriéndose paso cierta complicidad entre los dos. Cierta perspectiva de absolución. De duda ante la humana complejidad.

Hubo un momento peligroso: cuando Elon preguntó a quemarropa a Grass si, aunque desconociera el abismo de horror de los campos de exterminio, no vio desaparecer a los judíos a su alrededor, ser barridos de la vida civil y pública. Las cotidianas injusticias que fueron pavimentando el camino hacia la solución final. Grass se las arregló para eludir ESTA cuestión, como si en Danzig no hubiera judíos, o él no conociera ninguno.

«Pues yo no le creo», diría después UNA exaltada dama del público; «HASTA los niños sabían que la persecución del judío había empezado. ¿Por qué creen que se escondió la familia de Anna Frank

La mayoría del público, sin embargo, se puso en la cola para que Günter Grass les firmara sus memorias. Decidieron dar por buena la imperfecta memoria humana de alguien que sólo tenía diecisiete años cuando BAJÓ a los infiernos. Agradeciendo quizás que lograra salir de él preservando bastante inocencia. In dubio, pro reo.

 

 

 

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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