En defensa de Dani Rovira

Publicado por el May 4, 2014

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Por alusiones, así sea indirectas, me gustaría comentar aquí una reciente entrada en el blog de Edurne Uriarte, donde le afea a Dani Rovira, el protagonista de los Ocho Apellidos Vascos, que en una entrevista realizada por mí opinara (haciéndose eco de una opinión anteriormente manifestada también a servidora por uno de los guionistas de la película, Diego San José) que si algo demuestra esta película es que “en general la gente vale más que los políticos“. En mi entrevista Dani Rovira va un poco más lejos y afea a la clase política su endogamia aguda y carencia de empatía con lo que de verdad “pasa en los barrios normales” y alienta en el corazón real de la gente.

Edurne Uriarte no disimula que se siente dolida por estas opiniones del malagueño, que interpreta como una descalificación de los políticos en general, pero sobre todo como una frivolización del drama de ETA, no ya sangrante en el sentido literal, pero todavía y por muchos años inolvidablemente lacerante. Llega a preguntarse si Dani Rovira tiene por lo menos idea de lo que fue ETA, la kale borroka, etc. Y le reprocha que critique a políticos que se “jugaron la vida“.

Podría no meterme porque al fin y al cabo Edurne Uriarte critica a Dani Rovira, no a mí. Pero digamos que, sin pretender prohijar a todos mis entrevistados, sí me hago responsable, en la medida de mis posibilidades, de que sus opiniones lleguen al público con la nitidez con que yo creo que me las expresaron. No siempre es fácil porque las entrevistas no pueden ser ilimitadas y la síntesis la carga el diablo. Muchos matices se quedan a veces dramáticamente por el camino. Pero fíjense que esta vez ni siquiera fue el caso. Apenas hablamos de política, lo que se entiende por política, en la entrevista, y lo poco que hablamos está metido entero, sin cortar. Dani Rovira dijo lo que dijo y yo creo que se entiende. Pero obviamente Edurne Uriarte y yo hemos entendido cosas distintas.

Vaya por delante que entiendo que ser vasco y haberlo sido siempre desde la beligerancia y la valentía imprime destino y carácter y probablemente deje menos margen para apreciar según qué sentido del humor. De todos modos me cuesta pensar que alguien pueda ver seriamente Ocho Apellidos Vascos como una apología o ni siquiera una presentación edulcorada del terrorismo. Todo lo contrario, con lo blanca y deliberadamente poco ácida que es la película, su presentación de la juventud alocadamente e irresponsablemente abertzale no es precisamente amable. Se les presenta como auténticos descerebrados. Divertidos pero no por eso menos lerdos. Carne de cañón (y de encañonamiento, por desgracia) fácil de manipular por el primero que pasa y dice una burrada. Así sea un sevillano que ni siquiera habla euskera para empezar.

Insistía Hannah Arendt, al principio entre la incomprensión y la severidad general, que el mal es más desoladoramente banal de lo que parece. Desde el punto de vista de la víctima probablemente esa sea la injuria más refinada y suprema, una de las más difíciles de perdonar: la posibilidad de que alguien te haya hundido la vida por tontería. Por estupidez. Por ser un gilipollas, en una palabra. Malos de verdad, de veneno, por suerte o por desgracia hay muy pocos. Abundan mucho más los panolis que les sirven de entusiasta trampolín.

Yo creo que uno de los aciertos de Ocho Apellidos Vascos es que pone el dedo en la llaga más cotidiana, en la letra pequeña de una tragedia que estamos acostumbrados a leer y a pensar en caja alta y sin posibilidad de descender a lo concreto. Un asesino es un asesino es un asesino. Eso no tiene discusión ni perdón ni Dios con o sin doctrina Parot. Pero aquí lo que quizás de repente nos interesa, lo que quizás explica el apabullante éxito de una película que para empezar no es tan buena, es qué pasa, qué ha pasado todos estos años y qué pasará a partir de ahora por la mente y por el corazón de las gentes sencillas. De las muchísimas gentes sencillas que una y otra vez han tenido que tratar de hacer su vida normal (incluido enamorarse y echarse novia, sí) en medio de todo esto.

Haber estado en el punto de mira de ETA, a veces durante largos años, sin duda es prueba de valor, de gallardía, de buen nacimiento. Pero no exime de errores políticos ni de otros pecados incluso más negros. Y la pregunta es: en el mismísimo lado bueno, de los que querían la paz y valientemente se oponían a los que querían ahogarla en sangre, ¿se ha hecho siempre todo bien y a la perfección? ¿Nadie ha cedido por ejemplo nunca a la tentación de anteponer la capitalización política de un problema a su solución? ¿Han sido todos los pactos dignos? ¿Todas las explicaciones limpias? ¿Ha ido siempre la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad por delante? ¿Y la buena fe?

Cuarenta años de ETA no es ningún balance para estar orgulloso. Es el equivalente de un franquismo. A los demócratas ETA se nos ha muerto en la cama, no hubo quien le parara los pies cuando estaba llena de vigor y en flor. Y eso no habría sido posible (como no habría sido posible tampoco el franquismo) sin un mínimo apoyo político y social. Sin que una parte de la realidad y la sociedad fueran por lo menos contradictorias y turbias. Y ni siquiera los mayores héroes supieron en su día cómo solucionar eso.

En fin, que un poco de prudencia y un poco menos de endogamia. Entiendo la defensa de quien ha sufrido más profesionalmente y más en sus carnes tamaño problema frente a quien puede parecer que miró o mira los toros de la barrera. Pero es que resulta que problemas tan humanos y tan gordos lo son de todos, no sólo de los políticos, especialistas y demás. Sobre todo si ninguno de ellos puede presumir de haber encontrado ni la panacea ni la piedra filosofal de la libertad y la paz. ¿A lo mejor a todos se les pasó algo, y ese algo es lo que ahora mismo abarrota las salas de cine de este país?

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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