Dios en el tren

Dios en el tren

Publicado por el Mar 11, 2014

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Dios no existe, me dice absolutamente seguro de sí mismo o por lo menos de la inanidad del universo mi admirado Javier Nart, que ha estado en varias guerras. Y que habiendo estado en varias guerras, a nada le teme tanto como a algunas sobrecogedoras cosas que aparentemente se viven en paz. Como aquella niña pequeña con parálisis cerebral a la que Nart encontró un día sentada a su pupitre, absolutamente sola en un aula vacía donde retumbaban los gritos de otros niños dale que te pego en el patio. Esta niña tenía la cabeza casi caída sobre el pupitre, un hilillo de baba manando de la boca y los ojos llenos de lágrimas inesperadamente serias y conscientes. Nart se le acercó y le preguntó por qué lloraba. “Quiero jugar”, musitó aquel cerebro en el fondo intacto, perfecto para padecer, pero no para conectar anhelos y acciones. Cuando el cuerpo es cárcel.

Dios no existe, concluye Nart escandalizado por el sufrimiento inocente. Yo se lo discuto, él no se lo espera. Y eso que entre lo que hoy en día se consideran personas civilizadas, decir Dios es decir que algo tenga algún sentido. Se discute no ya de si hay eternidad (a ver quién se atreve) sino de la sostenibilidad lógica de lo inmediato.

Dios no existirá, pero la mujer de Nart en persona cuidaba de esta niña. Y de Nart cuando volvía de las guerras con toda su decepción humana a cuestas. Lo divino es a veces de una discreción diabólica. El indescifrable mérito del bien es no acabar de disiparse nunca pase lo que pase. Lo que sea.

A las puertas del décimo aniversario del 11-M me siento en la tertulia del programa “No Nos Moverán”, de la televisión de Castilla-La Mancha. Yolanda Guirado entrevista a Juan Redondo, quien mandaba el operativo de los bomberos de Madrid aquel día fatídico. Es un hombre inmensamente afable que sonríe y se emociona. Es tal la sencilla humildad con que evoca las gestas de aquel día, que puede llegar a dar la impresión de que ser un héroe sea lo más natural del mundo.

Nos cuenta de un bombero cuya novia cogía siempre ese tren a esa hora y todos sus compañeros lo sabían. Porfiaron lo que se pudo y más para sacarle de allí. Para disuadirle de estar allí levantando moribundos y cadáveres. Todos temían un encontronazo tremendo. Mas no hubo fuerza en el mundo capaz de arrancar a ese bombero de su sitio. Era tal el tsunami de dolor ajeno que no se atrevió a recular ante el propio. Dios existe, debió pensar. Y en efecto existía. Su novia no había cogido el tren aquella mañana.

Se equivocan los que reprochan a Dios un déficit de omnipotencia curalotodo. No es eso, nunca lo fue. No está en la mano de Dios que lo que más quieres no coja uno de los trenes de la muerte. Sí lo está que tantas veces como alguien cargue un tren así, de debajo de las piedras brote una inexplicable muchedumbre apasionadamente generosa y entregada. Que por cada yihadista salgan siete bomberos o policías o simples ciudadanos de a pie jugándose la vida por cientos de personas a las que ni siquiera conocen. “En el pozo de lo peor ves brillar siempre lo mejor”, se empeña Juan Redondo en no perder de vista este maravilloso misterio. Y es que el mal se explica solo. Porque es lo normal. Es la suerte abandonada a sí misma. Pero el bien, ¿para qué sirve? ¿De qué está hecho? A ese aparentemente frágil y en realidad irrompible hilo de significado del que pende todo para desafiar y desmentir el caos y la desesperanza y el eterno retorno del rencor puede llamarle usted como le dé la gana. Llámele Dios o llámele aspirina efervescente. Pero asegúrese de que no le falta. Ah, y no deje que vuelvan a intentar convencerle de chorradas como que no se podía escribir poesía después de Auschwitz. Si es justo lo contrario, ¿no se dan cuenta? Después del órdago de sobrevivir a aquello, ¿qué otra cosa se podía escribir?

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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