Cien años de gabomanía

Cien años de gabomanía

Publicado por el Apr 18, 2014

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Hay escritores que se hacen querer más aún que leer, que suscitan adhesiones emocionales inquebrantables. Gabriel García Márquez, Gabo para todos los cursis (yo incluida) que nos hemos sentido legitimados para tomarnos esas confianzas simplemente porque nos gustaba mucho como escribía (o escribió), fue uno de ellos. Descanse en paz y descansemos un poco de él al fin.

Hay que no tener corazón para que no te guste “Cien años de soledad”, obra de la que sin embargo el mismísimo autor llegó a quejarse de que estaba absurdamente sobredimensionada. Y es curioso lo que pasa con García Márquez, que lo lees en la adolescencia literaria y de la vida y te deslumbra, te sobrecoge, te lo quieres comer. Te hace ser literalmente caníbal de sus libros. Y de repente pasa el tiempo, creces, relees y ya no es lo mismo. Para nada.

Sus obras envejecen mal. A diferencia de un Julio Cortázar, que incluso en mitad de la torrencialidad desorbitada de “Rayuela” consigue poner de pie páginas asombrosamente lúcidas, páginas que leídas a los veinte gustan, leídas a los treinta impresionan y leídas a los cuarenta aterran (a saber qué pasará a los cincuenta, qué miedo), el García Márquez del primer impacto, de la primera impresión, jamás se ve superado por el de ninguna relectura. O te quedas igual o te sabe a menos que la primera vez. Es una literatura menguante y que destiñe.

¿Por qué? Explicaciones puede haber muchas. Ahí va la mía: al tratarse de una literatura casi nada racional, más bien mareantemente emocional, su impacto es tan formidable como en el fondo limitado. Tiene el fragor sin consecuencias de un primer encuentro sexual, algo que siempre se quiere repetir, pero que en el fondo es irrepetible. Que es una experiencia cerrada en sí misma.

Conlleva este tipo de literatura una especie de inocencia tan triunfalmente segura de sí misma que puede llegar a resultar amenazante. Que no es ajena al infantilismo ideológico más temerario. Y más injusto. Borges se quedó sin Premio Nobel porque se le consideró en connivencia con una dictadura de derechas. Gabo Márquez se alineó sin complejos con Fidel Castro, con el tiempo se enfrió un poco pero sin llegar a pedir nunca perdón y que le quiten lo premiado y lo bailado. A través de él se quería premiar al boom de la novela latinoamericana, y eso está muy bien. Pero claro, tenía que ser determinado tipo de boom, que cojeara de determinado pie. De cualquier otro pie se consideraba inadmisible.

Que conste que todo esto no pretende ser una refutación de Gabo ni de su talento, sino una llamada a la lectura tan apasionada y sentimental como se quiera, pero también un poquito lúcida. Ahora que Gabriel García Márquez ha completado por fin su muerte largamente anunciada, quizás podamos dejarle descansar y descansar nosotros un poco. Y leer sin aspavientos y con calma.

 

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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