Barcelonicidio

Barcelonicidio

Publicado por el abr 4, 2015

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Arranco estas vacaciones pasando unos días en mi tierra de origen. Paso como una exhalación por Barcelona. Rápidamente enfilo Maresme arriba, hacia Calella, donde tengo aposentada a la familia. Calella es un agradable municipio costero de menos de 20.000 habitantes. Lo tienen como un pincel para atraer y retener al turismo, tanto el exterior como el interior. Mucho alemán y mucho ruso pero también mucho jubilado catalán y del resto de España acogiéndose a los programas del Imserso.

A lo tonto a lo tonto yo hace ya diecisiete años que falto de Cataluña. Que no vivo ahí. Voy y mantengo vínculos, profundos e irrompibles. Pero el día a día inevitablemente me rehúye. Ocasionalmente hasta me pasma.

Me sucede algo parecido con la publicidad de televisión. Como nunca miro la tele (los programas que me interesan los veo en el ordenador, yendo directamente al grano de las respectivas webs…), el día que por un imprevisto o por azar me hallo ante una pantalla me quedo más que atónita. Con cómo son los anuncios. Cómo es la gente que aparece en ellos y las cosas que dice.

Experimento una sensación parecida cuando paseo por la Cataluña actual y oigo hablar a sus gentes. El habla menuda y cotidiana. Todo aquello que se siente y que se dice sin mucho pensar.

Sobre el dichoso tema de la independencia sin ir más lejos.

No voy a entrar esta vez si me permiten en el fondo, fondo de la cuestión. Quería sólo hacerme eco de ciertas peculiaridades, ciertas maneras de despachar ciertas cosas, ciertos temas. Por ejemplo la expresión “parlar en estranger” (hablar en extranjero) para referirse a alguien que está hablando en castellano.

Hay maneras y maneras de estar en contra o a favor de las cosas. Y según te adentras más y más en el rerepaís, lo que los americanos o los cursis llamarían el countryside catalán, te das cuenta de cómo el debate se aleja rápidamente, casi vertiginosamente, del tipo de controversia y de argumentos que sería dado imaginar en Madrid o incluso en Barcelona.

¿Les he contado nunca que Barcelona es como Macondo, un sitio donde ha estado más gente con el corazón que con los pies? Madrid es la capital rotunda de un país inequívoco que se llama España. Barcelona…bueno, Barcelona es una ciudad llena de belleza, de fascinación y de nervio (o, más recientemente, de nervios…) que oficialmente se supone que es la capital de Cataluña pero que en realidad no es capital de nada. Que poco o nada que ver tiene con el país que dice querer representar y situar en los mapas.

Josep Pla la odiaba. Ese gigante de la tierra adentro y a la vez abierta de par en par a la mar salada, aristócrata del Ampurdán, gigante de la lengua y de una raza de grandes hombres arcaicos, despreciaba a los urbanitas con toda el alma. Los veía flojos, mercaderes y ruines. Hay una historia impagable de un Pla jovencísimo que se emplea un tiempo de aprendiz en una tiendecilla de Girona donde otro aprendiz de pueblo como él ha sido pillado robando unas monedillas de la caja (cosa insignificante, para comprarse unos zapatos nuevos y poder ir a festejar a las chicas guapas al baile…) pero él no lo sabe. Ignora que el botiguer de turno ha detectado su debilidad y que ha urdido un castigo tan ejemplar como terrible, castigo que comenta relamiéndose con otro botiguer como él: efectivamente el aprendiz ha robado, pero ha robado tan poco, es tan ridículo el delito… Podrían pararle los pies, echarle una buena reprimenda y cortar el tema por lo sano. Seguro que entonces el renglón torcido se enderezaría y que el jovencísimo (porque es casi un niño…) aprendiz no volvería en su vida a meter mano en ninguna caja. Ah, pero entonces, ¿y la satisfacción de castigar y de machacar? ¿En qué quedaría?

Llegados a este punto, el botiguer A le comunica al botiguer B con inmenso regodeo, puro vicio, que se dispone a dar cuerda al joven aprendiz para que se ahorque. Nada le dirán de que sus infantiles rapiñas han sido detectadas. Le dejarán confiarse, estirar el chicle de la debilidad, ir a más…y en cuanto el robo alcance cierta entidad, cosa que no es que no duden, es que parecen aguardar con ansia, llamarán a la Guardia Civil. Le hundirán la vida con infinito gusto.

Horrorizado ante estos planes, el joven Pla llama a su padre al pueblo y le pone a averiguar sobre los parientes del otro aprendiz en el pueblo vecino…se destila la información como miel amarga. Pero eficaz. En pocos días la madre del aprendiz en peligro comparece en la botiga. Para pagar la deuda y llevarse al hijo de la oreja, para sacarlo a él y a su futuro de las garras del tendero, a quien aún alcanza la bilis para fingir altruismo: “Deje, señora, que el dinero li farà falta, (le hará falta)”. Y ella, digna como una cariátide: “Pues claro que em farà falta. Usted no se imagina la falta qué me ve a hacer. ¡Cobre!”.

Perdón por la extensión de esta anécdota, que habrá quien juzgue excesiva para un blog. Pero a veces resumir las cosas es matarlas. En resumen: hubo un tiempo en que el país profundo catalán despreciaba lo urbano porque veía en él flojera física y moral, el turbio y hasta abyecto arranque de lo menestral. Luego vinieron tiempos en que Barcelona se puso reventona de modernidad, bohemia y olimpismo. Quejábanse algunos entre dientes (Jordi Pujol el primero) de que la veían poco racial, poco catalana. Más ciudad que capital, más laberinto de pasiones que de tribus. Pero su irresistible encanto municipal lo avasallaba y derribaba todo. Todo allí era posible.

¿La ciudad de los prodigios?

Y de un tiempo a esta parte, ni me pregunten cómo, ha rebrotado el antiurbanismo, el ruralismo despectivo de Pla, su colosal desprecio para todo aquello que se aleja del tocar de peus a terra, sea por tontería, sea por fantasía.

Sólo que esta vez no hay Pla. Ni intrépidas matronas de pueblo rescatando a sus hijos de la máquina de picar carne de los botiguers.

Lo que hay es un mundo cada vez más conciso y más pequeño.

Barcelona se apaga, se muere, existe cada vez menos. Como Macondo.

Y Cataluña, sin ciudad de los prodigios y sin Pla, se va transformando y reduciendo implacablemente a un gigantesco pueblecito de sólo unos miles de habitantes.

Esa va siendo para todo, para bien y para mal, la mentalidad.

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Doctores tiene la política para ver el lado positivo, institucional y trascendente de las cosas. En este blog trataremos de darle la vuelta y hasta la puntilla al más fino análisis. Más sobre «Piensa lo peor»

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