Zahir Sha: El Rey que no quiso reinar

Publicado por el sep 30, 2001

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“Yo no tenía ni la ambición ni el deseo de reinar»

confesaba Zahir Sha a la televisión francesa en un documental, sobre sus cuarenta años de reinado, emitido en el año 2000. El último Rey de Afganistán recordaba con esas palabras la sensación que tuvo el día que vio el asesinato de su padre en 1933. El apenas tenia 18 años y sentarse en el trono le producía vértigo. Sus tíos aprovecharon las vacilaciones del nuevo Monarca para establecer una regencia -corta- con la que él se sintió cómodo. Pudo completar sus estudios, empezados años antes en París, en el liceo Jeanson de Sailly, donde aprendió a amar los textos de Mallarmé, Paul Valéry y Saint-John Perse.

Ya en 1964 imprimió su propio carácter al país. Instauró una Monarquía constitucional, intentó introducir la modernidad en el feudal reino centro asiático e incorporó el país al grupo de los No-Alineados. Devoto musulmán, este pachtun heredero de la centenaria dinastía de los Mohamedzai, huyó de la fastuosidad de su vecino el Sha del Irán y vivió cerca de su pueblo, confundiéndose con frecuencia entre los comerciantes y clientes de los, bazares de todo el pais. Y al mismo tiempo fue el interlocutor de los grandes dirigentes internacionales de su época en el trono, aquellos que estaban preocupados por la situación geoestratégica de Afganistán, el tapón en la búsqueda soviética de una salida hacia aguas cálidas. John Kennedy o Mao Ze Dong eran sus pares. En mayo de 1968 recibía como huésped en visita oficial a Georges Pompidou cuando éste tuvo que volver precipitadamente a hacer frente a su revolución parisina. Pero cuando le pasó algo parecido a él mismo, un lustro más tarde, decidió no volver a su pals.

UN GOLPE DE ESTADO Y UN RETIRO MODESTO

En 1973 el Rey Zahir estaba en visita privada en la isla de lschia, frente a Nápoles, convaleciente de una dolencia reumática, cuando su primo Mohamed Daoud dio un golpe de Estado e instauró la República. Un mes más tarde, y sin que mediara petición oficial de las nuevas autoridades afganas, Zahir Sha abdicaba. Con su modesta manutención, asegurada por una Monarquía arábiga, y con dos carabineros montando guardia permanente en su jardin, el Rey se entregó a sus pasiones de degustador de literatos franceses.

Apartado de las convulsiones políticas de su país, nunca condenó con verdadera firmeza la invasión soviética de Afganistán; como tampoco aceptó la oferta que le hizo Moscú de participar en el arreglo politico que se intentó formular para dar al país una salida pacífica tras el fin del régimen pro soviético. Dicen quienes le conocen que lo suyo no es ni con mucho indiferencia hacia la suerte de los afganos. Antes al contrario, afirman que sigue la vida política de su país al detalle. Su problema sería más bien que es terriblemente crítico de sí mismo. En cada uno de los cambios políticos que han asolado al país en las dos últimas décadas, las miradas se han vuelto al soberano exiliado. Él siempre se ha ocultado porque teme ser causa de división y porque no se fía de sus propias capacidades. Para él la Monarquía no ha sido en estos años una fórmula de futuro para Afganistán y así lo han entendido sus tres hijos mayores que se mantienen apartados de la escena dinástica; para Zahir Sha el futuro pasa por el consenso. Es decir, no pasa por ninguna parte porque en un país armado hasta las estatuas no hay más consenso que el de los cementerios.

LA VIEJA FÓRMULA REGIA

El Rey Zahir sigue defendiendo la misma fórmula que propuso en 1994 para la transición tras la caída del régimen pro soviético:

1.- Convocar una Loya Jirga (asamblea de sabios) extraordinaria, fundada en la legitimidad popular de la que el Rey abdicado se sigue sintiendo investido. Esta asamblea debe nombrar un jefe de Estado y un Gobierno provisionales a los que dará un mandato limitado en el tiempo.

2.- Una comisión nombrada por esa Loya Jirga debe redactar una nueva constitución. Este punto denota la inspiración liberal que llevó al soberano en 1963 a dar a su país la primera Monarquía parlamentaria de la umma musulmana.

3.- Al final del periodo de transición una asamblea será convocada por el jefe del Estado para ratificar la constitución. El problema con esta fórmula es que, según Zaimal Rassoul, secretario del Rey, se excluye a los representantes de los talibán y de Gulbudin Hekmatyar, el señor de la guerra exiliado en Irán. Ninguno de ellos ha enviado nunca un representante a las Loya Jirga que en estos años se han reunido en Roma alrededor de Zahir Sha. Y hoy por hoy parece difícil dibujar un Afganistán sin la participación de los que controlan el 90 por ciento del territorio.

OTRA OPORTUNIDAD NISTÓRICA

Mas nunca soñó Zahir Sha con oir sonar en su puerta los aldabonazos de las grandes potencias. Después del 11 de septiembre, cuando tras la comnoción universal había que buscar soluciones en las fórmulas más primarias, tanto los norteamericanos nacidos de una revolución contra el Rey Jorge III como los rusos herederos del regicidio soviético de Nicolás II éreyeron que Zahir Sha encarnaba una alternativa.

De repente su cuarto hijo, el Principe Mirwais, graduado de Harrow, licenciado en Bellas Artes, efímero broker en un banco de inversiones, ha comprendido a sus 44 años y a punto de casarse con la hija de un asesor de su padre la trascendencia que puede tener la Familia Real en el futuro de la hoy República Islámica. El pasado jueves confesaba en “The Daily Telegraph»: “No podría no aceptar Hace unos días mi padre me dijo: “Estate listo, pronto tendrás una gran carga sobre tus hombros”».

Mas no vale con que ahora el viejo Rey haya abandonado sus debilidades literarias y sólo lea los periódicos y vea loa informativos de televisión -”Ahora sólo hablamos de nuestro país. Está muy preocupado por Afganistán», confiesa el Principe Mirwais-. Una Familia Real sirve a su país en todo momento, ya sea en el trono o el exilio. Su condición exige unos sacrificios que no se pueden abandonar. Los ministros de Defensa de la OTAN, reunidos el pasado miércoles en Bruselas con su colega ruso, comprendieron que no parecía prudente apostar por esa solución en este momento. Mas ¿hay otra?

 

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