Zahir Sha, el Monarca que no quiso reinar

Publicado por el Jul 24, 2007

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El presidente afgano Hamid Karzai anunció ayer en Kabul la muerte del Rey
Zahir, titulado «Padre de la Nación». Tenía 92 años
. Habrá tres días de luto.


«Yo no tenía ni la ambición ni el deseo de reinar» confesó Zahir Sha en un documental sobre sus cuarenta años en el trono emitido en 2000. En sus palabras ponía de manifiesto lo que sintió el día que vio cómo su padre, el Rey Nadir, era asesinado. Era 1933. Zahir acababa de cumplir 18 años y sentarse en el trono le producía vértigo. Tres de sus tíos aprovecharon sus vacilaciones para establecer una regencia que formalmente fue corta, mas en la práctica se prolongó hasta 1953, pues él estaba cómodo con otros ocupándose del Gobierno. Así, los estudios que había empezado años antes en el liceo Jeanson de Sailly pudieron completarse y él disfrutar apasionadamente de las obras de Mallarmé, Valéry y Saint-John Perse a los que tuvo devoción toda su vida.

En 1964 dio un paso sin precedentes en la umma islámica. Instauró una Monarquía constitucional en la que se decretaba la supresión del purdah —el uso del velo— para las mujeres, se creó una Universidad, se obligó a las niñas a ir a la escuela, se permitió el voto a las mujeres y se instauró la libertad de Prensa. Devoto musulmán, este pastún heredero de la centenaria dinastía de los Mohamedzai —reinante desde 1747—, huyó de la fastuosidad de su vecino el Sha del Irán y vivió cerca de su pueblo. Y al mismo tiempo fue el interlocutor de los grandes dirigentes internacionales de su época, aquellos que estaban preocupados por la situación geoestratégica de Afganistán, el tapón que impedía la salida soviética hacia aguas cálidas. John Kennedy, Mao Zedong o Isabel II, como recordó ayer en su telegrama de pésame, fueron sus pares y sus anfitriones. En mayo de 1968 recibía a Georges Pompidou cuando éste tuvo que marchar precipitadamente para hacer frente a la revolución parisina. Pero cuando él mismo se encontró en 1973 con que una revolución lo destronaba durante una visita a Italia, se quedó en Roma durante 29 años. Sin petición expresa del nuevo Gobierno republicano que encabezaba su primo y cuñado el Príncipe Mohamed Daoud, el Rey abdicó y se entregó con voluptuosidad al mayor de sus placeres: degustar literatos
franceses
. Le ayudó el tener asegurada una modesta pensión por una Monarquía arábiga amiga.

Las grandes potencias volvieron a llamar a su puerta, todavía custodiada por dos carabineiri, en septiembre de 2001. El 11-S, engendrado en Afganistán, hacía necesario buscar legitimidades alternativas. El viejo Rey ya no tenía espíritu. Pero dijo cuál era la vía y fue atendido. Pidió la convocatoria de una Loya Jirga (asamblea de sabios) que redactó una Constitución con la que se celebraron nuevas elecciones que han asentado en la Presidencia —tampoco
demasiado— a su pariente, Hamid Karzai.

Volvió a Kabul en loor de multitud en 2002, semanas después de la muerte en el exilio de la Reina Homaria, con la que tuvo siete hijos. No aspiró a hacer nada más que recorrer el país y reencontrarse con sus gentes. Tras haber reinado 40 años recibió en la Constitución el título de «Padre de la Nación». Sólo el cuarto de sus hijos varones, el Príncipe Mirwais, ha mostrado interés político. Mas parece probable que la última página de esta Monarquía plurisecular haya pasado con el sepelio de Zahir, conducido desde su Palacio de Haram-Sara hasta el mausoleo, en una colina sobre Kabul, donde ya descansaban los restos de su padre el Rey Nadir.

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