Y ahora, “esfuerzo, lágrimas y sudor”

Publicado por el May 8, 2010

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¿Reformar el sistema electoral? ¿Esa era la gran conclusión que iba a salir
de las elecciones británicos del pasado jueves? En las legislativas de 2005 el Partido Laborista aventajó al Conservador en tres puntos porcentuales —35,3 a 32,3— y eso le dio una mayoría absoluta de 66 escaños. Esta vez los conservadores han aventajado a los laboristas en siete puntos —¡más del doble que los laboristas la última vez!— y se han quedado a veinte escaños
de la mayoría absoluta en el Parlamento
.
En cambio el incuestionable gran perdedor de la jornada fue el cosmopolita Nick Clegg, el veraneante de Olmedo, que al frente de los liberal demócratas ha tendido una proyección mediática que ningún predecesor suyo soñó nunca alcanzar. Y la ha tenido gracias a que los dos grandes partidos aceptaron tener una serie de debates televisivos en los que él estuviera presente. Y él ha hecho bandera de la reforma electoral de un sistema que, sin duda, le perjudica. Pues bien, su resultado ha sido prácticamente el mismo que consiguió hace cinco años: el 23 por ciento. Y unos pocos escaños menos… Es decir, nadie puede sostener ya que los británicos ansían una reforma de fondo de su sistema electoral porque el único que lo ha defendido ha cosechado una sonora derrota.Lo que Cameron le ofreció ayer a Clegg no es una reforma del sistema como la ansiada por los liberales. Y es bueno que no lo sea. El contraste entre la mayoría absoluta de los laboristas en 2005 y la falta de esa misma mayoría pese a lograr más del doble de ventaja por parte de los conservadores en 2010 se debe a que los laboristas llevan lustros favoreciendo una distorsión del sistema de circunscripciones electorales que les da una ventaja totalmente antidemocrática. El Reino Unido tiene en la actualidad 650 circunscripciones cuyas lindes se alteran constantemente por una comisión teóricamente apartidista. Pero una comisión que lleva décadas favoreciendo a los laboristas. Es por ello que lo que los conservadores quieren ahora es
mantener el sistema mayoritario, pero haciendo que todas las crcunscripciones sean casi iguales en número de electores. Así, los conservadores podrían repartir sus escaños entre menos votantes y ganar más escaños con ellos. Porque en la actualidad las circunscripciones oscilan entre unos 50.000 y unos 100.000 electores. Y las que ganan los conservadores están más cerca de los 100.000, mientras que las que ganan los laboristas se aproximan a los 50.000 —dicho sea de forma simplista y espero que fácilmente comprensible. Así que la reforma que buscan los conservadores no es de fondo sino técnica y de justicia. Hay que adaptar las
circunscripciones electorales a la realidad del país.
Porque sólo eso y no el esperado auge liberal —que no ha existido— ha impedido que esta vez haya una aplastante mayoría absoluta del Partido Conservador de David Cameron.
En cambio parece evidente que éste sistema mayoritario tan denostado fuera del Reino Unido ha contribuido decisivamente a lo largo del último siglo a dar a esta Monarquía insular una estabilidad de la que han carecido otras democracias continentales. Quizá por ello los europeístas haríamos bien en
recordar que no se trata sólo de conquistar para nuestra causa a los británicos atrayéndolos a nuestras esencias, sino que el verdadero europeísmo también se funda en aprender qué podemos aprovechar los continentales de lo que tan grande ha hecho a la democracia de las islas
a lo largo de todo este tiempo hasta mantenerla como una gran potencia muy por encima del peso que por sus condiciones naturales debiera tener hoy.

Parece evidente que por más que Brown se haya parapetado en el 10 Downing Street no es probable que pueda formar Gobierno ni aprovechándose de la mínima e insuficiente ventaja que le daría la hipotética suma de laboristas y liberales. Ya ayer Nick Clegg se apresuró a dejar bien claro que corresponde al ganador intentar formar Gobierno y Cameron recogió el guante y le hizo una oferta generosa.
Brown es un primer ministro completamente inviable. Ni llegó al poder por las urnas —se lo cedió Tony Blair en 2007— ni lo ha revalidado en ellas ahora. Qué lejos queda aquel traspaso de Margaret Thatcher a John Major en noviembre de 1990 que los electores revalidaron en 1992 dando a Major la
mayor votación lograda en la historia electoral británica por un primer
ministro: más de catorce millones de votos
—muy por encima de los 10,7
millones logrados ayer por Cameron. Y su primer e imprescindible apoyo para gobernar tiene que venir de los liberal demócratas que han cosechado un inmenso fiasco, fruto de las expectativas creadas, y que probablemente tienen mucho más que ganar de situarse junto al nuevo Gobierno que frente a él. Quizá haya influido en su descalabro el que el sistema británico, tan diferente a todos los demás, no es propicio a debates como los tres que han marcado esta campaña electoral —haciendo que, una vez mas, la televisión y no internet la haya protagonizado.

Es cierto que Clegg salió muy bien del primer debate, bastante bien del segundo y discretamente del tercero. Pero una de las maravillosas características del sistema electoral del Reino Unido es que el candidato a diputado al que votas no ha sido elegido en la sede central del partido en Londres, sino sobre el terreno por tus propios vecinos. Es una persona de la que esperas que cada semana venga a rendirte cuentas de sus actividades a ti, que fuiste quien lo escogió en todo el proceso. Y si sumamos eso al hecho de que por el Partido Liberal Demócrata suele concurrir el que no ha conseguido que lo admitan en otro lado, el posible encanto de Nick Clegg chocó con el de los candidatos que tenían que encarnar su mensaje. Y como él mismo resumió la situación «Simplemente no hemos alcanzado lo que esperábamos». Ni de lejos, añadiría yo.

Dos conclusiones resumen el estado de la cuestión 24 horas después de conocerse los resultados: primero que la revolución que propuso Clegg a los británicos al proponer finiquitar un sistema electoral que hubiera obligado a refundar la democracia británica ha sido rechazada de forma incontestable por el electorado. La revolución ya la encarnó Oliver Cromwell en el siglo XVII: masacró a miles de compatriotas e instauró la república. [Y a pesar de
eso la auténtica memoria histórica hace que la Monarquía constitucional británica mantenga su estatua frente al Parlamento.] Y segunda conclusión, que las trampas de los laboristas con el reparto y ajuste de las circunscripciones han traducido una amplia mayoría conservadora en un Parlamento que podría producir un Gobierno débil. La cuestión es si los liberal demócratas estarán dispuestos a participar directa o indirectamente en la gestación de una legislación económica durísima para salir de la crisis. Y a ver qué diputados fuera de las mieles del poder se ofrecen a cargar sobre sus espaldas con el desgaste de sacar adelante legislación tan impopular. Gustaba repetir durante esta campaña electoral José María García-Hoz —aplicándoselo también a Mariano Rajoy y el Partido Popular— que Churchill prometió «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». Pero lo hizo cuando ya estaba en el poder, no para ganar unas elecciones. Pues ahora Cameron tiene que ganar apoyos parlamentarios prometiendo algo parecido: «esfuerzo, lágrimas y sudor».

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