Weinberger, R.I.P.

Publicado por el Apr 2, 2006

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La muerte el pasado martes de Cap Weinberger (San Francisco, 1917) ha recibido mucha menos atención de la que el personaje merecía. Y eso, sin duda, es algo que a él le hubiera satisfecho. Como se ha recordado desde el WSJ, Cap escribió un artículo el año pasado en la revista Forbes —de la que era presidente— sobre el legado de George Kennan, el padre de la política de la «contención» frente a la URSS. En él afirmó que «Reagan se dio cuenta de que la “contención” no era suficiente, de que los Estados Unidos tenían que ganar la Guerra Fría. Y gracias a su liderazgo, lo hicimos». El posesivo
«su» resulta aquí revelador. Probablemente nadie, después de Ronald Reagan, tuvo tanto mérito en la derrota del comunismo soviético como Cap Weinberger. No lo reivindicó.

Algunos creen que su nombre quedó indeleblemente manchado por el escándalo Irán-Contra. Él se opuso a la venta de armamentos a Irán para favorecer la mediación de Teherán en la liberación de 37 secuestrados en el Líbano. Los beneficios económicos de la operación fueron empleados en financiar a la Contra nicaragüense y un fiscal especial procesó a Weinberger por el caso. Cap dijo repetidamente que era un asunto político cuyo último objetivo era alcanzar al presidente Reagan. Se negó en todo momento a negociar un acuerdo con el fiscal y sólo dos semanas antes de que empezara el juicio, en diciembre de 1992, el presidente Bush le otorgó un perdón presidencial. Aquella amarga experiencia nunca alteró su carácter afable, quizá porque atesoró la esperanza de que la historia recordara sus muchas contribuciones a la libertad de todos.

Su mandato en Defensa fue el segundo más largo de la historia de ese país, seis años y diez meses, en los que multiplicó el gasto por siete —lo que le generó críticas de casi todos. A la obvia censura de los «pacifistas» añádase la que él cita en sus memorias «Fighting for Peace» (Warner Books, 1990): «Algunos creyeron que era incongruente que yo hiciera tanto por reforzar nuestras defensas, pero fuera reticente a la hora de enviar nuestras tropas al exterior. No rearmé para atacar. Nos armamos para poder negociar desde la fuerza, defender la libertad y hacer la guerra menos probable». Y en eso tenía razón y así ganó la Guerra Fría, casi nada. Pero en su pensamiento, en el núcleo de su razonamiento, había una falla.

Cuando el Hizbolá pro iraní mató a 241 marines en Beirut en octubre de 1983, Cap se reafirmó en su teoría de que allí no se les había perdido nada y convenció a Reagan para que se retiraran. Quienes hoy libran contra Occidente la batalla por acabar con nuestras libertades obtuvieron en aquella muestra de debilidad el primer indicio de que los golpes terroristas les podían resultar muy rentables. Sólo el 11-S cambió esa tendencia y todavía está por ver si definitivamente.

 

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