Vernon Walters, un general ante el Vesubio

Publicado por el feb 15, 2002

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Ayer se conoció la muerte del general Vernon A. Walters, fallecido el pasado domingo en Palm Beach, Florida, a los 85 años. Ex director de la CIA, embajador de su país en la ONU y en Alemania durante la reunificación, era un amigo de España y un ejecutor del papel de Estados Unidos frente a la amenaza soviética a la libertad. Será enterrado con honores de héroe en el Cementerio Nacional de Arlington, en Washington.

Agosto de 1999. Comedor de Infantes del Palacio de La Magdalena de Santander. Cursos de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo. A un lado de la mesa, Vernon Walters; al otro, el teólogo Olegario González de Cardedal; les modera el Archiduque Otto, jefe de la Casa Imperial Austrohúngara. González de Cardedal intenta sonsacar al tantos años director adjunto de la CIA el papel de esa organización en la elección de Karol Wojtyla para la Silla de Pedro. Walters niega una, dos, tres veces y pierde la paciencia: «¡Usted debería saber que al Papa lo eligió el Espíritu Santo!» Olegario queda desarmado. Llegado el postre, la conversación ha derivado al pontificado de Pablo VI, que González de Cardedal presenta en sus aspectos más positivos. Ante el silencio de Walters, le pide su opinión. El general mueve la mano indicando «ni frío, ni calor» y pide la opinión del moderador: «¡Que juzgue Su Alteza Imperial!» El Archiduque, con cara de circunstancias, baja el pulgar como el césar en el circo. El pobre profesor González de Cardedal, desconcertado por este hombre, le pide que acuda esa misma tarde a darse un baño de progresía católica entre los alumnos de su curso de teología. El general va encantado, se sienta en la silla curul y los deja sin argumentos. Un estudiante llamado Carlos Aragonés lo puede atestiguar.

Walters no figurará en los libros de Historia porque nunca la protagonizó, pero estuvo en la primera línea de la misma sirviendo en distintas capacidades a Truman, Eisenhower, Kennedy, Nixon, Ford, Reagan y Bush padre. Cenando una noche en mi casa le pregunté a cuál de todos ellos admiraba más. Guardó un silencio reflexivo y contestó: «Ronald Reagan. De todos ellos era el único que puso una condición indeclinable a todos los miembros de sus Gobiernos: debían ser más brillantes que él».

Walters era el prototipo de self made man. Aprendió hasta siete idiomas sin estudiarlos por ningún otro método que no fuese la conversación. Ese arma abrió las puertas de los despachos del poder a un hombre de carrera militar y sin estudios universitarios que, sin dar nunca un paso atrás, luchó por la victoria de los Estados Unidos en la Guerra Fría, convencido de que ésa era «la única posibilidad que hay de que la libertad sobreviva en el mundo».

Durante el primer mandato de Nixon, Kissinger le mandó a la Embajada en París con el encargo de establecer contacto con la China Popular. Cumplida la misión con discreción, llegó un reto más difícil: organizar a Kissinger hasta diecisiete reuniones secretas en la capital francesa, varias de ellas con el norvietnamita Le Duc Tho. Walters logró que todas esas citas se celebrasen en su casa sin que lo supiera más autoridad gala que el presidente Pompidou. Y eso en una época en que Kissinger era el hombre más fotografiado del mundo.

En 1973 fue director en funciones de la CIA y de 1972 a 1976 fue director adjunto de la misma con cuatro directores distintos sobre él. Queda claro quién mandaba en Langley. Ese cargo le obligó a declarar en el Congreso por el escándalo Watergate, como lo haría más tarde por el Iran-Contra. Siempre salió inmaculado.

Dos eran los destinos de los que se sentía especialmente orgulloso. En el primer Gobierno Reagan fue embajador volante. Como tal iba una vez al trimestre a Roma y se reunía en privado con el Papa para explicarle la gravedad de las amenazas soviéticas: fruto de su gestión, Juan Pablo II nunca se manifestó en contra de la Iniciativa de Defensa Estratégica que quebró a la Unión Soviética. Años después, jubilado ya, pidió una audiencia privada con el Santo Padre para darle una buena nueva: el oficial que le había acompañado como asistente en aquellas citas con el Papa se había convertido al catolicismo y se había ordenado sacerdote.

El otro gran destino fue el de embajador en Alemania entre 1989 y 1991. Nada más llegar declaró que el Muro de Berlín caería durante su destino allí. James Baker lo desautorizó. Sin esperar un minuto empezó a redactar su carta de dimisión. Cuando estaba a punto de firmarla surgió la voz de su amigo el presidente Bush al otro lado del teléfono «Dick, no hagas ni una tontería». Tres meses después caía el Muro.

Viajero incansable, aspiraba a que la muerte lo encontrara como aquel legionario romano, hallado durante las excavaciones de Pompeya, que se había mantenido firme, a la espera del relevo, mientras lo sepultaba la lava del Vesubio. El jueves de la semana pasada me llamó para darme sus últimas impresiones sobre Iberoamérica: la víspera había regresado de una gira de más de un mes por Argentina, Perú, Brasil y Venezuela -todo eso en silla de ruedas. Me anunció su viaje a Marruecos en abril para participar en las sesiones de la Academia del Reino de la que le hizo miembro Hassán II. Prometió visitarme después en Madrid.

Era, sobre todo lo demás, un patriota, apasionado hispanista, hombre de acción y erudito, soltero empedernido que gustaba cautivar a las señoras, católico militante y, hasta el tuétano, un militar como el que describió sir Walter Scott: «Ciertamente tenía demasiado de soldado cuando estaba entre los reyes, pero ¿quién más que él fue regio cuando estaba entre los soldados?».

Cuánto duele escribir la necrología de un amigo.

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