Un río que fue y es columna vertebral

Publicado por el oct 8, 2010

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El Danubio fue durante seiscientos años la columna vertebral del imperio habsbúrgico. Hasta el punto de ser éste conocido como la Monarquía Danubiana. Al ver ahora llegar el vertido tóxico a un afluente y de ahí al gran caudal del Danubio nos arriesgamos a ver cómo la mancha se extiende por buena parte de lo que fue el gran imperio unificador de Centro Europa.

De aquella Monarquía plurisecular –y tras nacer en la Selva Negra, Baden-Wurtemberg, Alemania- el Danubio cruza Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia y la Voivodina serbia antes de llegar al Mar Negro, lejos ya de las tierras de la Monarquía, tras hacer de frontera natural entre Bulgaria y Rumania.

Es un río vertebrador al que Claudio Magris dedicó su obra maestra homónima del gran río. Una obra que nos demuestra todo lo que se trenzaba entorno a un caudal que fue políticamente cercenado en 1918 en medio de la ceguera y la envidia de tantos.

 Tras la expedita salida de Viena del –hoy beato- Emperador Carlos se desarrollaron las negociaciones de los tratados de paz para los pueblos de una unidad que dejaba de serlo: Austrohungría. La categoría de los nuevos dirigentes republicanos dejaba mucho que desear en las dos principales unidades políticas resultantes. Fue muy reveladora la escena que tuvo lugar el 7 de noviembre de ese mismo 1918, a las siete de la tarde, en Belgrado, al borde del Danubio en su confluencia con el río Sava. El nuevo hombre fuerte de Hungría, Mihály Károlyi, llegaba a negociar con el jefe del Ejército de Oriente, el general francés Franchet d’Espèrey, que mandaba cuarenta y siete divisiones de variada composición nacional y no mostraba ninguna intención de frenarlas hasta que estuviesen avanzando por las calles de Berlín. D’Espèrey recibió a la improvisada representación de la nación húngara y, al llegar éstos a su presencia, apenas pudo dar crédito a sus ojos. Además del propio Károlyi, convertido en revolucionario, había un Dezsö Bokányi, que era el presidente del Consejo de los Trabajadores y un Imre Csernyak, célebre agitador de las turbas de Budapest, que se presentaba disfrazado en un satírico uniforme que él mismo se había diseñado para la ocasión. Mirando con un desprecio letal al payaso que comparecía ante él con la suprema representación de la nación húngara, Franchet d’Espèrey se giró hacia Károlyi y, de noble a noble, le preguntó en una lengua que el bufón no pudiera entender: «Vous êtes tombés si bas?». Quizá en aquel momento Károlyi pensara por primera vez que era todo el viejo orden europeo y no sólamente sus pares húngaros quienes lo veían como un traidor.

Este tipo de gobernantes húngaros pudieron evitar que el Ejército de Oriente arrasara su país, pero no lograron que en los Tratados de Saint Germain el país fuese desmembrado. Como describiera certeramente el profesor Francisco Eguiagaray, dos tercios de sus territorios y más de tres millones de húngaros étnicos «fueron entregados, en una verdadera orgía de desmembración y despiece, a los aliados serbios, a los -tardíos- aliados rumanos o a Checoslovaquia y a otros nuevos Estados que ni siquiera lograron aprovecharse de tanto canibalismo». Así, Rumanía se quedó con 102.000 kilómetros cuadrados, pese a que sólo 65.000 tenían población rumana mayoritaria; de los 282.000 kilómetros cuadrados de la Hungría histórica, en los que no se incluía ni a Croacia ni a Eslavonia, sólo se concedió a la nueva Hungría 93.000 kilómetros, a pesar de que en 138.000 había una población homogéneamente magyar y en otros 20.000, de población mixta, el porcentaje húngaro era muy importante. El tramo central de la columna vertebral danubiana había sido cercenado.

 En cuanto al Austria alemana, se daban al caer la Monarquía tres corrientes políticas principales: los nacionalistas alemanes, los cristiano-sociales y los socialistas. Todos ellos se marcaron tres objetivos, en parte complementarios entre sí, pero al mismo tiempo contradictorios con el cambio histórico en marcha:

* Mantener algún tipo de cooperación federativa o confederativa con el resto de los pueblos del Imperio secular que se estaba destruyendo.
* Mantener al menos en un Estado a todos los pueblos germánicos.
* Integrar a la nueva República en la gran Alemania.

Ninguno de estos objetivos se logró. Los socialistas, fuerza predominante, se habían creído las promesas de los vencedores de que se llevaría a cabo la autodeterminación de los pueblos. Por este procedimiento, los Sudetes, región de mayoría étnica alemana, que pertenecía históricamente a la Corona de San Wenceslao, no deberían quedar en Checoslovaquia sino unirse a la nueva Austria alemana. Como Praga no estaba dispuesta a hacer semejante concesión, los nuevos dirigentes de Viena consideraron que ésta debía unirse a Alemania. Ya antes de que llegase la respuesta de las autoridades checas, el socialista Víktor Adler, padre de Friedrich Adler, asesino del conde Karl von Stürgkh cuando era primer ministro del Emperador, lo había advertido: «El Estado Austriaco-Alemán que, abandonado a sí mismo no sería jamás una formación económica viable, se vería obligado a unirse al Reich alemán como Estado federado de carácter especial». Cuando llegó la hora de serle impuesta la paz a Austria, su canciller, el doctor Karl Renner, sometido a numerosas vejaciones protocolarias, como la de tener que entrar en el palacio de Saint Germain por la puerta de servicio, hubo de escuchar de labios del jefe del Gobierno francés, Georges Clémenceau, cuál sería el futuro de su país: «L’Autriche sera ce qui reste», lo que quede.

Noventa y dos años después de que el Danubio político fuese desmembrado, hoy vemos sus aguas y sus tierras aledañas invadidas por un rojo que una vez más trae una suerte letal al corazón de la Europa hogaño unida. Y para que Europa esté unida no puede prescindir de la columna vertebral que representa el Danubio.

 

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