“The Great Game” tras Bin Laden

Publicado por el may 9, 2011

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Cuando Rudyard Kipling publicó su novela “Kim” en 1901 y nos introdujo en las peripecias del “Gran Juego” (The Great Game) entre rusos y británicos por el control de Asia Central, poco podría imaginar que los elementos esenciales del gran juego seguirían dándose ciento diez años más tarde, bien que entre protagonistas diferentes. El terreno de juego sigue siendo el mismo, delimitado hoy por las fronteras de Afganistán. Pero los jugadores han variado. Ya no hay dos potencias externas sino una, Occidente, comandada sobre el terreno por los norteamericanos. Y el otro jugador es una fuerza islámica, generada a partir de Arabia Saudí y engrosada por islamistas de toda la umma islámica.

Comentábamos hace una semana que el gran cambio que puede producirse en la región con la muerte de Bin Laden radica en el uso de esta victoria por Obama como punto de inflexión para finiquitar su presencia en Afganistán, lo que perjudicaría seriamente a Pakistán, país que alberga una notable presencia norteamericana y recibe subsidios sin fin por su teórico respaldo en Afganistán. Ante un escenario de guerra finiquitada en Afganistán y un Pakistán capitidisminuido el gran beneficiario sería la India, que recuperaría su lógico papel hegemónico en la región.

Pero quienes creen que Estados Unidos puede desentenderse de Afganistán ahora que el gran capo de la banda está muerto más bien deberían hacerse a la idea de que la persona ha caído –afortunadamente- pero el mensaje sobrevive. Y mucho. Quien crea que la muerte de Bin Laden implica el fin de Al Qaida que tenga a bien explicarnos por qué Hamas es más fuerte hoy que antes de la muerte de su fundador, Ahmed Yasin, en 2004.

En realidad, no hay evidencias de que desde el 11-S Al Qaida haya tenido nunca más de unos pocos operativos en Afganistán. Porque como ya ha quedado dicho en muchas ocasiones la clave de Al Qaida no es ya cuáles son sus operativos, sino hacia quien proyecta su influencia este grupo terrorista cuyo nombre se traduce, muy correctamente, por “La Base”. Y si en Afganistán tienen aliados que suman miles de terroristas –como el Quetta Shura Talibán o los Hizb-Islami Gulbudin, estas bandas están aliadas con otras allende la frontera paquistaní, como los Talibán de Pakistán o los Lashkar-i-Taiba. A todos les une un ansia de revivir a uno y otro lado de la frontera el Afganistán de los Talibanes. Pero cada uno de ellos tiene intereses geográficos bien delimitados, que se complementan con los de otros grupos también bajo la influencia de Al-Qaida y que aspiran a integrar Cachemira en un Pakistán islámico. La diferencia entre Al Qaida y todos ellos es que sólo el grupo fundado por Bin Laden tiene una visión global. Si alguien duda de la verdadera penetración islamista en Pakistán, que se pregunte cómo ha podido vivir seis años Bin Laden junto a una academia militar.

Como es evidente, las bases norteamericanas en Afganistán representan la mejor forma de proyectar la fuerza occidental sobre los grupos islamistas en Pakistán. Si el mensaje que tiene Obama para Hamid Karzai es que le vamos a dejar solos, el presidente afgano hará lo único que puede hacer para lograr sobrevivir –física, no políticamente: pactar con los talibanes.

Así que conviene propagar que la guerra en Afganistán no ha tocado a su fin. Que Obama no puede empezar a retirar tropas en julio –como espera poder anunciar. Que “The Big game” continua tras Bin Laden y que ellos están encantados de seguir entretenidos viendo crecer la hierba mientras nosotros nos desesperamos, locos por volver a casa.

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