Ted Shackley, el fantasma rubio

Publicado por el dic 26, 2002

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«AQUÍ yace un hombre bueno y decente que dio lo mejor de sí mismo a su patria, su familia y sus amigos. Ha dejado su marca en un sinnúmero de otras personas que nunca lo sabrán». Su amigo el abogado Tom Spencer resumía así los méritos de Ted Shackley (1927-2002) en el elogio fúnebre que le hizo el pasado 14 de diciembre durante el funeral celebrado en Bethesda, Maryland.Pocas cosas pueden ser más políticamente incorrectas que recordar a un amigo como Ted, aunque sea en la hora de la muerte. Los que más lo despreciaban son los que más le deben. Ted fue durante tres décadas un hombre clave de la CIA en la lucha contra la hegemonía soviética. Años después de su retirada del servicio activo conoció a Gorbachov en Nueva York. Nada más verle, el ruso le espetó, «Ted, en tu ficha tienes mejor aspecto». Shackley fue un hombre que dedicó su vida entera, dentro y fuera del servicio, a cultivar las semillas de nuestra libertad, dondequiera que fuese. Y nunca aceptó trabajar para un Gobierno extranjero por más amigo de los Estados Unidos que fuese. Él se contaba en el número de los que creen que sólo unos Estados Unidos fuertes son una herramienta eficaz en la defensa de la libertad de todos. Por ello, trabajando para su país estaba seguro de trabajar también por el bien de todos los aliados de Estados Unidos que en las horas más difíciles veían amenazas sobre ellos.

Ted huía de las cámaras de los medios de comunicación. La falta de fotografías suyas le valió el apodo de «Blond Ghost», el fantasma rubio. Su mayor notoriedad pública la alcanzó durante la década de 1960, cuando fue jefe de operaciones de la CIA en Miami. Tras el fracaso de la invasión en Bahía de Cochinos (17 de abril de 1961) fue encargado de organizar la «Operación Mongoose» en la que 400 hombres realizaban operaciones de comandos que entraban en Cuba, recogían información, introducían agentes y depositaban armas. Al mismo tiempo era principal jefe de operaciones en Cuba durante la crisis de los misiles en 1962. Posteriormente tuvo diferentes cargos en la agencia con destinos en Berlín, Saigón y Laos hasta llegar, con la Administración Carter, a uno de los más difíciles: subdirector de operaciones clandestinas. Habrá quien me crea un idiota por decir que Ted tenía un estricto código ético. Quizá lo sea, pero no me apearé fácilmente de esa convicción. A los jóvenes que le tratábamos periódicamente en una reunión bianual de un círculo de amigos nos espetaba máximas en las que creía firmemente. «La vida es una gran enchilada; cómela poco a poco, digiérela con cuidado»; «Trabaja hasta que te dobles. Nunca dejes de trabajar»; «Arrópate con tu bandera»; «Nunca mientas, salvo al enemigo»; «Mantén la calma bajo el fuego»; «Manténte siempre junto a tu familia, pase lo que pase»; «Sé un amigo leal y un fiero enemigo»; «Conoce a tu cliente y, ante la duda, no lo hagas».

Miles de personas han estudiado sus libros «The Third Option» (La tercera opción) y «You are the Target» (Usted es el objetivo). Sus conferencias eran requeridas por los servicios de todo el mundo y en ellos sembró semillas que florecerán durante décadas. Él estaba orgulloso de su trabajo, pero era muy crítico consigo mismo. Creía que la vida de una persona debía testimoniarse con su laborar. Que una persona debe representar algo, lograr algo, dejar una huella. He leído en las páginas de un diario madrileño que Ted fue «El espía de la CIA con más glamour, una especie de James Bond norteamericano». Algunos periódicos se llenan cada día con estupideces. Mi amigo Ted era la antítesis de ese personaje. Un agente de despacho, un hombre de familia y, cómo negarlo, en palabras de su amigo Tom Spencer, «un hijo de América».

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