Simeón, en Madrid

Publicado por el Sep 29, 2004

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«SI no puedo luchar a caballo, lo haré a pie». Otto de Habsburgo, el decano
de los jefes de Casas Reales europeas, enunció esta máxima cuando el 31 de mayo de 1961 firmó su renuncia pro forma a la jefatura de la Casa de Austrohungría para así poder defender los intereses de sus pueblos desde la trinchera política. Cuatro décadas después y con el mismo principio en la cabeza, su sobrino Simeón de Bulgaria ganaba las elecciones legislativas de su país el 17 de junio de 2001, al día siguiente de cumplir 64 años.


A lo largo del siglo XX, las restauraciones monárquicas que se han dado en Europa han sido primero a instancias de potencias extranjeras o de dictadores y después refrendadas por la voluntad nacional de cada país. Era ése un escenario improbable en la Bulgaria de fin de siglo. El régimen de Yivkov cayó el 10 de noviembre de 1989, dieciséis horas después del Muro de Berlín. Desde entonces, un interminable goteo de búlgaros empezó a golpear la puerta de la casa madrileña de Simeón. Cuando al fin, el 25 de mayo de 1996, cincuenta años después de partir al exilio, el Rey exiliado pudo regresar a su patria invitado por un grupo de «101 intelectuales», dos millones de personas lo aclamaron a lo largo y ancho del país durante las
tres semanas que duró el reencuentro con los suyos. Para quienes vivimos aquellos días era evidente que la clase política no podría ignorar la fuerza popular del Rey exiliado. Una de esas jornadas, el 30 de mayo, estrujados por una multitud que lo aclamaba en la ciudad de Pleven, mientras me pasaba uno de los regalos que le entregaron espontáneamente, Simeón exclamó: «Después de esto, estoy preparado para ser candidato a presidente de los Estados Unidos». Pero la clase política intentó excluirle de sus instituciones, ignorando el clamor ciudadano.

A lo largo de los siguientes cuatro años el respaldo popular crecía mientras la clase dirigente ideaba formas de mantener al «búlgaro de Madrid» en la capital de España. Una vez que tuvo claro que los gobernantes no deseaban la restauración de la Monarquía, Simeón se enfrentó a un dilema: no podía seguir visitando el país regularmente y levantando expectativas entre la población, ilusiones que se veían defraudadas por las limitaciones que le eran impuestas a la hora de servir a su patria. En 2000 tomó la decisión de concurrir a las elecciones presidenciales previstas para el otoño de 2001. En enero de 2001 volvía a vivir permanentemente en su palacete de Vrana, de donde 55 años antes había partido al exilio. Semanas más tarde, en una más que cuestionada decisión, el Constitucional búlgaro le prohibía ser candidato a la jefatura del Estado, el cargo que ya había ostentado entre los 6 y los 9 años de edad. Al fin, el 6 de abril de 2001 anunciaba la formación de un movimiento político con el que concurriría a las legislativas de junio, en las que logró exactamente la mitad de los escaños del Sabranie.

Ya han transcurrido tres de los cuatro años de esta legislatura. Los avances son evidentes. Bulgaria, el país que el régimen comunista llegó a plantear la posibilidad de anexionar a la Unión Soviética, se ha integrado en la OTAN y ha completado ya la negociación de todos los capítulos necesarios para incorporarse a la Unión Europea. Una integración que si no se produce en 2007, como está previsto, será por la incapacidad de sus vecinos y compañeros de viaje rumanos de hacer la necesaria adaptación en el plazo fijado. Las cifras macroeconómicas son buenas y, como reconocía a ABC el pasado mes de mayo el dirigente opositor y ex ministro de Exteriores socialista Georgi Pirinski, «este Gobierno ha logrado rebajar la tensión que había en la sociedad con el anterior Gabinete. Los búlgaros aprecian hoy que su vida no esté totalmente politizada».

Simeón arrebató el poder en 2001 a un Gobierno monocolor de la Unión de Fuerzas Democráticas, sección local del Partido Popular Europeo, encabezado por Ivan Kostov. Y éste es un dato clave a la hora de entender por qué el primer ministro búlgaro, que desde ayer ostenta el título de «Hijo adoptivo de Madrid», no ha visitado España oficialmente en más de tres años de ejercicio de su cargo. El Gobierno de José María Aznar primó su relación con la formación política búlgara afín. Agrupación cuarteada hoy en tres partidos distintos y que ha sido abandonada por el propio Kostov, que dirige hogaño una de las disidencias. Por sorprendente que pueda parecer, ha debido darse un cambio de Gobierno en nuestro país para que este inmejorable amigo de España pudiera llegar, hoy, en visita oficial a Madrid.

Reinar en una Monarquía parlamentaria es algo muy distinto de gobernar en una República parlamentaria. Muchos de los votantes de Simeón en 2001 vieron en él una figura mesiánica que habría de solventar todos sus problemas. A lo largo de estos años, con una vida cuasi monacal, el primer ministro búlgaro se ha dedicado a su trabajo con formas que en ocasiones han chirriado, más por inusuales que por incorrectas. Los medios de comunicación búlgaros se han encontrado con un primer ministro que huía de las cámaras y los micrófonos, deseoso de trabajar más y hablar menos. Su auctoritas ha sido enorme y eso le ha permitido ignorar las críticas que pronto se sembraron desde casi todos los medios de comunicación locales. Tres años después, el país empieza a reconocer que el balance es muy bueno. Y que el lugar de Bulgaria en el mundo es más destacado que nunca antes en su historia. Y ahí, también, el papel de Simeón ha sido decisivo. Tras las elecciones de 2001 todos querían conocer al Rey que se atrevía a ser primer ministro. En febrero de 2003, George W. Bush era el primer presidente de los Estados Unidos que recibía a un primer ministro búlgaro en la Casa Blanca. Lo verdaderamente revelador era que cinco meses antes, el presidente búlgaro, Gueorgui Parvanov, había visitado Washington. Lamentablemente, su homólogo, el mismo presidente Bush, no tuvo tiempo para atenderle y delegó la misión en el vicepresidente Dick Cheney. Cuando Parvanov llegó a la dependencia del complejo de la Casa Blanca donde tendría lugar la entrevista, en vez de sentarse frente a Cheney, se encontró frente a Panasonic: la entrevista tuvo lugar por circuito cerrado de televisión.

Hay escalones que sólo una figura histórica puede subir.

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