Ronald Reagan en Normandía

Publicado por el jun 7, 2004

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«ERAIS jóvenes el día que tomasteis estos acantilados; algunos de vosotros no erais más que niños con los mayores placeres de la vida ante vosotros. Y aún así, lo arriesgasteis todo aquí. ¿Por qué? ¿Por qué lo hicisteis? ¿Qué os motivó para ignorar el instinto de supervivencia y arriesgar vuestras vidas en la toma de estos acantilados? ¿Qué inspiró a todos los hombres de los Ejércitos que se encontraron aquí? Os miramos y de alguna manera vemos la respuesta. Era fe y creencia; era lealtad y amor. Los hombres de Normandía tenían fe en que lo que estaban haciendo era lo correcto, fe en que luchaban por toda la Humanidad, fe en que un Dios justo se apiadaría de ellos en esta cabeza de playa o en la siguiente. Imperó el conocimiento profundo —y roguemos a Dios para que no lo hayamos olvidado— de que hay una enorme diferencia moral entre el uso de la fuerza para liberar y el uso de la fuerza para conquistar. Ustedes estaban aquí para liberar, no para conquistar, y por eso ustedes y los otros no dudaron en su causa. Y tenían razón en no dudar».Estas palabras podrían haber sido pronunciadas ayer durante las ceremonias en el cementerio norteamericano de Colleville, uno de los impresionantes campos santos de la costa normanda donde la tierra de los francos está
hollada de tumbas de ciudadanos de los Estados Unidos que dieron su vida por la libertad de Francia primero y de Europa después. A pesar de las invocaciones al Todopoderoso, políticamente incorrectas, cualquiera de los veintidós jefes de Estado y de Gobierno que este 6 de junio se han citado para evocar la épica hazaña de 1944 podría haber leído ese párrafo con el mismo ardor que puso en su enunciado Ronald Reagan en la mañana del 6 de junio de 1984, en Pointe du Hoc, recordando cómo los Rangers habían tomado esas alturas. La Providencia —no ofenderé al difunto invocando el melifluo «destino»— ha querido que la noticia de su muerte se conociera exactamente veinte años después del histórico discurso que pronunció el «gran comunicador» en el cuarenta aniversario del desembarco de Normandía.

Pero si las palabras antes citadas, podrían haber sido repetidas ayer sin enmienda, no se puede decir lo mismo de otras partes de su texto. «Pese a nuestros grandes esfuerzos y éxitos, no todo lo que siguió al final de la guerra fue feliz o planeado. Algunos países liberados se perdieron. La gran tristeza de esa pérdida reverbera hasta hoy en las calles de Varsovia, Praga o Berlín Este. Las tropas soviéticas que vinieron hasta el centro de este continente no se retiraron cuando llegó la paz. Todavía están ahí, sin invitación, no deseados, inflexibles, casi cuarenta años después de la guerra. Es por ello que todavía hay fuerzas aliadas en el continente. Hoy, como hace cuarenta años, nuestros ejércitos están aquí con un único propósito: proteger y defender la democracia. Los únicos territorios que retenemos son los de monumentos como éste y campos santos donde descansan nuestros héroes. Nosotros en América hemos aprendido amargas lecciones de dos guerras mundiales: es mejor estar aquí, listo para proteger la paz, que tomar refugio ciego al otro lado del mar, viniendo a ayudar sólo después de que se haya perdido la libertad. Hemos aprendido que el aislacionismo nunca fue y nunca será una respuesta aceptable frente a gobiernos tiránicos con ansias expansionistas».
Si esas palabras no tienen validez presente es porque el propio Reagan acabó con ese escenario. El hecho de que el presidente norteamericano llevase hasta las playas de Normandía el enfrentamiento con la tiranía soviética fue el signo más claro hasta entonces de que no había límites en su deseo de poner fin a un statu quo que había mantenido Europa rota desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Al recordar los muertos en Normandía luchando contra el nazismo, evocaba a los que en ese momento libraban una lucha con un mal parejo: el comunismo soviético. Pocos eran los que querían escuchar a ese presidente de los Estados Unidos. Desde luego no los primeros en beneficiarse de un hipotético fin de la amenaza soviética: los europeos. Tanto el Gobierno francés como el alemán se distanciaron de la política armamentista de Reagan hasta desaparecer en el horizonte. Entre los grandes europeos sólo pudo contar con el apoyo de dos dirigentes, todavía vivos y con grandes capítulos reservados para ellos en la historia del siglo XX: Margaret Thatcher y Juan Pablo II. A muchos sorprendió el clamoroso silencio que guardó la Santa Sede ante la Iniciativa de Defensa Estratégica —vulgo «Guerra de las Galaxias». Era sorprendente que el Papa no denunciase el gasto armamentista en que incurría Estados Unidos. Mi llorado amigo el general Vernon A. Walters, antiguo director de la CIA y embajador volante de Reagan en su primer mandato, se reunía trimestralmente con Juan Pablo II en el Vaticano. Hasta él llevaba información secreta, fotos de satélites mostrando los movimientos de tropas del pacto de Varsovia, los silos con misiles apuntando a las capitales occidentales… y el argumento último de que la URSS no podía participar en esta carrera. Que la gran mentira del bienestar socialista se había vuelto insostenible y que el camino emprendido por el presidente Reagan les llevaría a la rendición. Juan Pablo II les creyó.

El 19 de noviembre de 1985, diecisiete meses después del discurso de Normandía, Reagan y Mihail Gorbachov se reunían en Ginebra. La situación era, en verdad, indefendible para la URSS. Gorbachov necesitaba negociar y en un intento desesperado iba a procurar crear la imagen de una reforma del comunismo que su pueblo, hastiado de tragar setenta años, no quiso ni considerar. Reagan consiguió lo que ningún otro pudo antes. Sin duda la situación se había podrido lo suficiente en la URSS como para dificultar la resistencia y, además, Gorbachov era un hombre inteligente y pragmático.
Pero si Reagan no hubiera dado los pasos que tomó, si entre 1980 y 1984 la Casa Blanca hubiera estado ocupada por Jimmy Carter en un segundo mandato… Mejor será olvidar esa elucubración que sólo podría resultar en una farsa cruel.
Recuerdo una de mis largas conversaciones con Walters, sobre la playa de La Magdalena, en Santander, agosto de 2000. Estábamos codirigiendo el UIMP un curso sobre los diez presidentes de Estados Unidos que iban de Franklin D. Roosevelt a George Bush padre. Dick Walters había servido directamente, en distintas capacidades, a ocho de ellos —sólo Kennedy y Carter no contaron con él—. Le pregunté: «General, de todos los presidentes a los que ha servido, ¿cuál es el que más admira como hombre de Estado?». Se quedó callado, observando el hielo que se derretía en su vaso lleno de escocés. Apuró un trago, y mirándome a los ojos, sentenció: «Ronald Reagan. De todos ellos fue el único que se puso una condición indeclinable en la formación de sus Gobiernos: todos sus integrantes debían estar más capacitados que él. El mundo está lleno de dirigentes políticos que aspiran a rodearse de mediocres que no les hagan sombra. La talla de Reagan era tal que sobresalía sobre los mejores».

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