No es la economía, estúpido

Publicado por el nov 2, 2010

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¿Recuerdan la frase con la que Bill Clinton derrotó a George Bush? It’s the economy, stupid!” Y sin duda Clinton tenía razón. El pobre estado de la economía hizo que el presidente que había ganado la Primera Guerra del Golfo (que en realidad era la segunda tras la Irak-Irán de 1980 a 1988) no lograse un segundo mandato en la presidenciales de 1992. Cuando dentro de unas horas tengamos el resultado de estas legislativas de mitad de mandato, el previsible mal resultado que lograrán el presidente Obama y su partido será achacado al mal estado de la economía. No se lo crean.

Como muy bien ha analizado Fred Barnes, director ejecutivo de “The Weekly Standard” en The Wall Street Journal, el gran debate de esta campaña en la que la economía pasa por horas bajas no se ha centrado en la economía, sino en las políticas de Obama. La contestación que se identifica con el “Tea Party” dio sus primeros pasos apenas un mes después de la toma de posesión de Obama en enero de 2009. Los primeros tea parties se celebraron espontáneamente, por todo el país como protesta a un presupuesto que preveía un severo incremento del gasto público de un 8,4 por ciento y planes de estímulo y de rescate con dinero público. Es decir, decisiones puramente políticas, porque la verdadera política es la que queda reflejada en los presupuestos generales del Estado.

Esta tendencia de Obama provocó una gran migración de los votantes independientes –los que no declaran filiación política. Una mayoría de estos tiende a votar demócrata. Pero en abril de 2009 las encuestas empezaron a manifestar una corriente de traspaso hacia los republicanos. Y a esas alturas, tres meses después de que Obama llegase a la Casa Blanca, todo el mundo culpaba del estado de la economía al ex presidente Bush. Lo que movía el crecimiento del rechazo al presidente Obama era el gasto público, el repuntar del déficit y la deuda a largo plazo que estaba generando.

Y todo esto colapsó con el empeño personal de Obama por sacar adelante su reforma sanitaria. ¿Recuerdan cuantos comentaristas políticos españoles presentaron a Obama como un estadista por haber logrado aquella hazaña de imponer esa reforma? Algunos nos atrevimos a decir que aquello era la losa que cubriría su tumba política. Porque era epítome del intervencionismo. El pasado enero, la victoria del republicano Scott Brown en la elección parcial de Massachusetts para ocupar el escaño que perteneció a Ted Kennedy 48 años, se fundó en su oposición a la reforma sanitaria. Obama y su partido podrían haber visto algún mensaje en esa evidencia. No fueron capaces. Esa idea de promover consensos que él tanto jaleó en la campaña electoral fue despreciada incluso cuando los mensajes le enviaron señales inequívocas. Ignoradas éstas, hoy podemos pasar de las señales a los palos en las costillas.

La semana pasada una encuesta elaborada por George Washington University/Politico decía que el 62 po ciento de los votantes independientes se oponen a la reforma sanitaria y el 6 por ciento la apoya. Así que a nadie puede sorprender que los independientes, que fueron claves en la victoria de Obama, se inclinen hoy por los republicanos por un 14 por ciento de diferencia. No es la economía, estúpido.

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