Mundial de fútbol: una buena decisión y otra no tan mala

Publicado por el dic 2, 2010

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Empecemos por fijar las reglas de juego: a mí el deporte me da igual. Porque si de deporte se tratara, estaría deseando que el mundial 2018 se celebrase en España. Pero como lo que a mi me importa es otra cosa, el sentido común, habrá que convenir que los resultados de 2018 y 2022 son no tan malo el primero y excelente el segundo.

En el caso de 2018 sólo a una panda de lunáticos suicidas se le podría haber ocurrido dar la organización a dos países –España y Portugal- que en estos momentos aparecen en el radar internacional como estados bajo el riesgo de tener que ser rescatados económicamente. Es obvio que eso sólo podía ser un desastre.

No me atrevería yo a decir que dárselo a Rusia es una garantía en muchos otros terrenos –empezando por la seguridad y la transparencia económica- pero en este tipo de carreras con frecuencia gana el corredor de fondo, no el sprinter. Y en 2018 es probable que Rusia haya sido el mejor fondista frente a los brillantes sprinters de la Unión Europea.

Otro caso es el de 2022. Y ahí hay una apuesta política de la que todo Occidente debe estar orgulloso: En una Península Arábiga en la que los derechos humanos dejan mucho que desear, la apuesta por Qatar es una revolución.

Porque como muy bien dice mi amigo Tunku Varadarajan en su última columna de The Dailyn Beast, la llegada del mundial va a obligar a ese pequeño Emirato a garantizar el derecho de decenas de miles de aficionados a pasearse durante semanas por toda la península qatarí vestidos de forma que las autoridades locales consideran habitualmente ofensiva. Y no estoy pensando ahora en hombres ataviados con pantalones cortos y camisetas de tirantes –que yo considero ofensivos con frecuencia en España. Estoy pensando en las mujeres vestidas como pueden verse en cualquier ciudad española hoy mismo. Algo inimaginable en Doha. El mundial llevará precisamente eso a Qatar. Un lugar donde a 40 grados a ver quién pretende imponer a miles de mujeres nórdicas que se cubran como se obliga a hacer a las locales.

Y llevará la libertad de poder beber alcohol como en cualquier ciudad del mundo. Por no hablar del derecho de hombres y mujeres a sentarse juntos en los estadios de fútbol. Algo con lo que muchos sueñan hoy. Simplemente porque está prohibido. Del placer que puede producirme ver a Israel jugando la fase final del mundial en Qatar habrá que esperar a ver si se clasifica para ella. Porque como ocurra nos esperan grandes tardes de gloria en 2022. Queda mucho, pero a mí que el fútbol me importa un higa, espero con impaciencia la inauguración de ese mundial que Al Qaida habrá puesta ya, hoy mismo, en su objetivo. Al de Brasil y al de Rusia prometo dedicarles la menor atención posible.

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