La victoria del Cóctel Party frente al Tea Party

Publicado por el feb 3, 2012

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Como era previsible, Mitt Romney demostró en Florida que es un candidato difícil de derrotar en las primarias republicanas. Cualquier candidato requiere dos elementos para tener un perfil ganador: lo primero una biografía que demuestre que es un triunfador —preferiblemente en la adversidad— y que los votantes pueden depositar su confianza en él. Ése es, sin duda, su punto fuerte. Ha conseguido hacer de su currículo casi una hagiografía —y si otros candidatos no han hecho lo mismo con sus currículos es porque no tienen dónde rascar.
El segundo elemento es un discurso que permita prometer un futuro mejor. Y ahí, Romney tiene todavía mucho que mejorar. Por ahora ha demostrado tener éxito en explicar a los norteamericanos por qué les ha ido mal con Obama. Pero ése no es el mejor revulsivo para motivar a los votantes. Y ahí es donde Romney está más lejos del último gran presidente norteamericano, Ronald Reagan. Él puede creer que se le parece en sus dotes de comunicador. Y ciertamente comunica bien. Pero como gustaba decir Reagan “nunca creí que fuera mi estilo o las palabras que usaba lo que marcaba la diferencia: era el contenido. No fui un gran comunicador, pero comuniqué grandes cosas”. Romney todavía no ha comunicado nada grande.

A partir de Florida la carrera electoral se pone muy cuesta arriba para Gingrich. De los 1.144 delegados que hay que conseguir para ser nominado, Romney tiene ya 87 y Gingrich 26. No son cifras apabullantes, pero sí muy reveladoras y son bastante más indicativas que un sondeo. Nos muestran a Romney triplicando los delegados de su principal rival.

La encuesta más relevante es la que nos muestra que nueve días antes de Florida, Gingrich aventajaba a Romney en nueve puntos y en Florida Romney se impuso por 14. Un giro de 23 puntos en poco más de una semana. Pero para lo que mejor nos valen los sondeos es para ver cuáles son las tendencias en el heterogéneo electorado republicano. Y ahí vemos que la derrota de Gingrich fue abrumadora entre los votantes que creen que la economía es el principal problema del país. Y, lo que es peor para Gingrich, una mayoría de los encuestados cree que el multimillonario Romney se identifica mejor con sus problemas. Algo raro de ver en un proceso electoral. Pero es que, incluso en otros sectores que en pura lógica parecerían adversos a Romney, el mormón de Massachusetts se ha impuesto —aunque sea por poco: entre los evangélicos 38 por ciento a 37; entre los que carecen de estudios superiores 45 por ciento a 34. Incluso entre el voto hispano, que en Florida es de clara influencia cubana, una comunidad identificada con la línea dura de los republicanos, Romney venció. El único sector en el que Newt Gingrich triunfó con contundencia fue entre los que se definen como «muy conservadores», que eran aproximadamente un tercio de los que ejercieron su derecho a voto. Entre estos Gingrich logró un 41 por ciento frente al 30 de Romney y el 22 de Rick Santorum. Pero quizá lo más relevante sea resultado entre los que dicen seguir al Tea Party —el 65 por ciento de los que votaron en Florida— se impuso 41 por ciento a 3. Y es lo más relevante porque, como ha recordado Kart Rove en “The Wall Street Journal.” durante la campaña en Florida, Gingrich describió esa elección como “la del Tea Party contra el Cóctel Party”. Y ha ganado el Cóctel Party.

Así que el mensaje de Gingrich de que el partido debe elegir entre «un conservador reaganiano y un moderado de Massachusets» pudo parecer un gran lema electoral. Pero los electores parecen haberle «copiado la matrícula». Es cierto que sigue quedando mucha campaña, pero eso es sólo un clavo ardiendo al que agarrarse. Aunque mientras siga la campaña republicana, ahora reducida en la práctica a dos candidatos, este partido tienen una ventaja: su lucha capta la atención de las cámaras y les da una proyección mediática que podría evaporarse temporalmente si el proceso termina demasiado pronto.

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