La última Emperatriz de las Indias

Publicado por el mar 31, 2002

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Cuando en enero de 1877 Benjamín Disraeli, primer ministro de Su Majestad, decidió proclamar a la Reina Victoria Emperatriz de las Indias, tenía como objetivo político recalcar ante los pueblos de aquella colonia la grandeza de una Monarquía que había devuelto a la India la unidad perdida con la caída de los Emperadores Mogoles. Buscaba una continuidad en el tiempo que resaltara su legitimidad como en el siglo XVI los Habsburgo se habían convertido en continuadores del Imperio Romano. Cuando el 10 de diciembre de 1936, Isabel, Duquesa de York, se convirtió como consorte en Reina de Inglaterra y Emperatriz de las Indias, el esplendor que marcó las proclamaciones imperiales de la Reina Victoria, la de su hijo Eduardo VII y su nieto Jorge V como emperadores no se repitió. Los tiempos no estaban para fanfarrias y la llegada al trono de su marido, Jorge VI, estaba marcada por la más grave crisis dinástica vivida por la Casa de Windsor hasta entonces. La vida de la hoy difunta Reina Isabel es la de un testigo privilegiado del siglo XX, con el que nació y detrás del cual se ha ido. Su larguísima vida está jalonada por los grandes acontecimientos políticos de este siglo, como la declaración de guerra del Reino Unido al Imperio Alemán el 4 de agosto de 1914, día de su 14 cumpleaños. Aquella noche, la hija pequeña de lord Strathmore celebraba su aniversario asistiendo al teatro Coliseum donde el público estalló de júbilo patriótico al conocer la noticia. Desde la seguridad que le daba su propia nobleza se permitió por dos veces rechazar la petición de matrimonio que le hacía el Príncipe Alberto, segundogénito del Rey Jorge V, antes de sucumbir finalmente a la tercera solicitud en enero de 1923 y contraer matrimonio el 26 de abril de ese año. Isabel aceptó su boda en la tranquilidad de no verse llamada junto a su marido al trono.

El entonces Duque de York era un hombre tímido y con serios problemas de tartamudeo, defectos ambos que ella trabajó para corregir. Cuando a lo largo de la década de 1930 la vida del Rey Jorge V se empezó a apagar, los Duques de York se preocuparon por la vida inestable del Príncipe de Gales. Ambos, como otros miembros de la Familia Real, intentaron apartar al Príncipe Eduardo de Wallis Simpson cuando ella se convirtió en una fuerza
estabilizadora a su lado
: era simplemente inaceptable que una señora divorciada fuese Reina de Inglaterra. Tras la muerte de Jorge V el 20 de enero de 1936, el Príncipe de Gales fue proclamado Rey como Eduardo VIII.
Pero la presencia de la señora Simpson a su alrededor se hizo pronto inaceptable. Los temores que trece años antes habían hecho dudar a la joven Elizabeth Bowes Lyon sobre la conveniencia de ceder ante su pretendiente, se materializaron. Los Duques de York pasaron el primer fin de semana de diciembre encerrados en el Royal Lodge del Castillo de Windsor mientras el Rey y la señora Simpson no salieron de Fort Belvedere, también en el parque de Windsor. A las siete de la tarde del lunes 7 de diciembre el Soberano llamó a su hermano y le comunicó su decisión de abdicar. En un tiempo en el que la realeza creía que el interés de sus países estaba por encima del suyo propio, el Rey aceptó que era incapaz de reinar sin Wallis y que por ello debía renunciar. Tres días después se hacía efectiva la abdicación y en 24 horas los nuevos Duques de Windsor se embarcaban rumbo al exilio.
El Príncipe Alberto adoptó el nombre de Jorge VI y asumió su nueva responsabilidad con sentido del deber, pero nulo entusiasmo. Según confesó a su primo lord Louis Mountbatten, «esto es absolutamente terrible. Nunca quise que esto ocurriese. No estoy preparado para ello. David (nombre familiar del Eduardo VIII) ha sido preparado para ello toda su vida. Yo nunca he visto un papel de Estado; sólo soy un oficial naval, eso es lo único de lo que sé». La nueva Reina Isabel se sintió amargada y decepcionada por la actitud de su cuñado y nunca perdonó a Wallis Simpson por apartar a Eduardo VIII de su deber y obligarles a ellos a asumirlo. De hecho, siempre pensó que la prematura muerte de Jorge VI a los 56 años se debió al peso de la responsabilidad que tuvo que soportar.
La hora de gloria de la Reina Isabel, la que la ha hecho hasta nuestros días el miembro más popular de la Familia Real británica, fue la de la Batalla de Inglaterra, cuando demostró su solidaridad con los londinenses en medio de
las bombas. Después de cada ataque acudía a visitar a las víctimas siempre ataviada con la máxima elegancia. Un día, un miembro del Gobierno le hizo ver la conveniencia de vestir más modestamente en esas ocasiones y ella replicó: «Ellos se pondrían sus mejores galas si vinieran a verme a mí». En 1945 vivió el momento de gloria cuando, desde el balcón del palacio de Buckingham, acompañó al Rey y a Winston Churchill en el saludo al pueblo que celebraba la victoria aliada. Una victoria que dejó a su país sumido en la miseria y provocó la desintegración del Imperio, incluyendo la India que se independizó el 15 de agosto de 1947, día en que el Rey renunció a su título de Emperador de las Indias.
Jorge VI moriría en su sueño el 6 de febrero de 1952 en Sandringham House, horas después de haber participado en una cacería. La Reina Isabel se quedó viuda a los 51 años. Dos días después del funeral hizo una petición al país: «Mi único deseo ahora es que se me permita continuar el trabajo que quisimos hacer juntos». Lo ha hecho hasta el final, feliz, de sus días.

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