La cara olvidada de Diana de Gales

Publicado por el sep 7, 1997

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FUE en los primeros días de junio de 1989. El mundo entero estaba pendiente de la Plaza de Tienanmen y repentinamente en las pantallas de televisión surgió la efigie del imán Jomeini mientras se anunciaba su muerte. Tras la noticia llegaron unas imágenes que resultaron desconcertantes para el espectador occidental. Muchedumbres ingentes hacían ostentosa profesión pública de su dolor con actitudes que nos resultaban incomprensibles a quienes tenemos una mentalidad sedimentada en una cultura de raíz cristiana.

En estos días, en que tan saturadas han estado nuestras retinas por informaciones relacionadas con la muerte de Diana, Princesa de Gales, ha irrumpido la noticia de la muerte de la Madre Teresa de Calcuta. El paralelismo con los acontecimientos de ocho años atrás no existe, pero quizá pueda servir como aldabonazo para reflexionar sobre un par de aspectos relacionados con lo vivido en la última semana.

Quienes presenciamos lo acontecido en 1989 en Teherán nos preguntábamos qué movía al histerismo a aquel pueblo y en torno a aquel hombre al que los chiíes consideraban un santo, quién sabe si incluso la reencarnación del imán Al-Mahdi, uno de los grandes profetas del chiismo misteriosamente desaparecido en el siglo X. Quizá hoy podamos cuestionarnos si esos mismos persas se preguntarán qué meritos verán estos europeos en general, y los británicos en particular, para movilizar a millones de personas en torno al cadáver de la ex mujer de un Príncipe heredero de la Corona de San Jaime; para movilizarse y proclamar frases dignas de ser incluidas en un proceso de beatificación antes que en los epitafios de alguien que murió en París saliendo de cenar en el hotel más caro de la ciudad, mientras viajaba en uno de los coches más onerosos de cuantos hay disponibles en el mercado, camino de uno de los palacetes más exclusivos de Europa, y acompañada del hijo de un hombre que ha amasado una de las mayores fortunas del mundo a la sombra de una familia de traficantes de armas. ¡Ella, que hizo bandera de las campañas contra las minas anti-persona!

Lo acontecido en los últimos días es una de las mayores amenazas que se han dado en Europa contra la institución monárquica. Y ello no se debe a las críticas que, prima facie, se dieron los primeros días contra la Familia Real británica, sino a la renuncia por parte del pueblo de los valores que la Monarquía representa y que había implícitos en esas críticas. La Monarquía es un sistema político que no está fundado sobre la valía de las personas sino en la propia continuidad de la Institución. Y es que la Corona es una Institución cuyo valor se deriva, en buena medida, de que su permanencia le hace ser útil al pueblo por encima de la escasa capacidad que pueda concurrir en un Soberano particular. La Monarquía es útil al pueblo al que sirve, por encima de la desaparición de miembros o personas vinculadas a la misma que hayan podido reunir virtudes inigualables.

Las multitudes que en esta última semana han tomado las calles de Londres han actuado como si en un túnel de París hubiera muerto la encarnación de lo que la Monarquía británica es. Si todo lo que la Corona de San Jaime representa para los pueblos de Europa, América y Oceanía sobre los que aún reina se encarnaba en Diana de Gales, quizá sea mejor que con el entierro de ayer en una isla artificial, en un lago de fabricación humana en Northamptonshire, se sepulte también a una institución milenaria cuyos servicios intercontinentales a un pueblo insular son tan deslumbrantes que resulta imposible describirlos someramente.

Más bien parece razonable pensar que ayer se ofició en la Abadía de Westminster al colorista funeral, ciertamente “único”, de una mujer que nunca hubiera figurado en ningún diario popular británico, desde el más rastrero al que se cree más respetable por proclamarse defensor de la institución de la Monarquía, de no haber contraído matrimonio con el Príncipe de Gales. De una mujer que pasó por circunstancias familiares durísimas, pero a la que nunca, entre una relación con un oficial de caballería, otra con un jugador de rugby, una enésima con el hijo del ser más odiado por el establishment británico, se ha pedido cuentas por la ruptura de su matrimonio. ¿Conoce alguien algún matrimonio cuya ruptura sea exclusivamente culpa de uno, hombre o mujer?

Diana de Gales era una mujer de la nobleza británica que fue ensalzada por los medios de comunicación. Ellos la crearon. Cuando el 24 de febrero de 1981, a las once de la mañana, la BBC dejó de abrir sus informativos con la noticia del fracasado golpe de Estado perpetrado la víspera en España e informó de que el Príncipe de Gales había anunciado su intención de contraer matrimonio con la hija, de veinte años, del VIII conde de Spencer, ciertos medios de comunicación encontraron en ella una forma de incrementar audiencias al margen de cualquier ética. Y cuando poco después aquella joven, recién iniciada en la vida, empezó a descubrir que las cosas no eran como ella las idealizaba y tenía para vengarse a muchos aliados, surgió una alianza rentabilísima.

Diana, Princesa de Gales,. murió el día de San Ramón Nonato de 1997, junto al río Sena de Paris. Ante ella, Henri Paul: dentro de un año es probable que se siga discutiendo el grado de alcoholemia habido en su sangre o la inexistencia del mismo. A su lado está Ehmad al Fayed. El hijo del ser más odiado por la sociedad británica. Alá, el bueno, el misericordioso, quiso llamarlo también a su lado. Si Ehmad, alias “Dodi”, hubiera sobrevivido, la furia de los británicos se habría arrojado sobre los Al Fayed hasta el punto de que quién sabe si Harrods no sería hoy más que las últimas cenizas de una pira aún pendientes de ser aventadas. Pero “Dodi” murió a su lado y por lo tanto las culpas Deus ex machina, caen sobre la familia de su ex marido. A los medios de comunicación que crearon a Diana se les ha roto el juguete y hace falta un culpable.

Diana simboliza todo lo contrario de lo que un miembro de una Familia Real debe representar. No es un miembro de una dinastía que antepone los intereses de su pueblo. Es una señorita de la burguesía, de la nobleza incluso, que busca su propia felicidad, antes que cualquier otra consideración. Pero el dinero de los contribuyentes no se debe utilizar para pagar placeres burgueses. Para eso, ciertamente, están los millonarios egipcios o de cualquier otro origen.

ABC reproduce hoy una fotografía publicada esta semana por la revista “¡Hola!”. En ella aparece Diana de Gales sentada sobre la punta de un infinito trampolín que se ex tiende desde la borda de estribor del yate de ensueño de los Al Fayed: el “Jonikal”. Ante ella, una gaviota hace un quiebro dando vida a la imagen pensativa de la ex Princesa consorte. La pobre mujer perseguida por unos “paparazzi” de los que nada quería saber no había encontrado lugar más solitario para re flexionar. No había otro sitio de belleza más disimulada para recogerse a pesar de que los reporteros gráficos no habían cesado un minuto en su persecución en los cinco cruceros o playas privadas a los que había acudido en las últimas seis semanas de su vida.

En estos días ha venido a mi memoria una conversación sostenida el 19 de noviembre de 1995. Fue frente al Mar Arábigo, en la cómoda mansión de Anthony Ashworth, un funcionario que vive en los altos que rodean Mascate, la capital de Omán. Quienes aquel día almorzábamos en torno al señor Ashworth, el más fiel servidor de entre los que el Foreign Office ha comisionado al servicio del Sultán Qaboos, escuchamos atónitos muchas anécdotas que un servidor del Estado omaní nos contó sobre la reciente visita de la Princesa de Gales. De entre ellas recuerdo con claridad una. Durante los cuatro días de estancia de Su Alteza Real, cada madrugada, a las cuatro de la mañana, abandonaba su hotel e iba a zambullirse en la piscina de la residencia del embajador británico, nadaba un solo largo, salía, y sin terminar de secarse volvía a la paz de la habitación de su hotel sin dignarse a dar las gracias a los miembros del personal que hacían posible aquel capricho que sin duda era más propio de los millones de los Al-Fayed que de la consorte del heredero de una Corona de los cinco continentes. Pero ese tipo de información no interesaba a los diarios populares que esta semana han descuartizado a una familia por acompañar en privado el dolor de unos hijos en lugar de salir a la plaza pública como plañideras.

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