José Luis de Vilallonga, un «bon vivant» orgulloso de serlo

Publicado por el sep 9, 2007

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El pasado 30 de agosto se apagaba en Mallorca la vida de José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca, marqués de Castellvell, un hombre que vivió 87 años como si no hubiera un mañana.Vilallonga vivió una vida soñada. Soñada por él mismo y para sí mismo. Una vida que reflejó en sus libros, incluidos los cuatro tomos de memorias que sumaron casi dos mil páginas. En lo material no se podría pedir mucho más. Su padre era una de las fortunas catalanas, miembro de una familia de inmejorable posición: barón de Maldá y Maldanell —que es un solo título— y barón de Segur. Salvador de Vilallonga y de Cárcer fue, en verdad un hombre de otro tiempo. Hasta su muerte el 25 de febrero de 1974 vivió pegado —despierto y dormido— al monóculo de su ojo izquierdo y apartado de un mundo que, a su alrededor, parecía conspirar contra él. Como en «Por capricho de Dios» la novela de Jean d’Ormesson que narra magistralmente la decadencia de los Plessiz-Vaudreill, una familia ducal del antiguo régimen que debe afrontar el encontronazo con el siglo XX, el barón de Segur podría haber vuelto a decir: «Pero había un divorcio entre el mundo y nosotros. Resulta que el mundo se aplicaba sin descanso, con singular voracidad y afectación a un crimen imperdonable: nosotros nos habíamos detenido y él continuaba.» Su hijo José Luis cuenta una conversación que tuvieron padre e hijo en París en 1968. El barón de Segur parecía preocupado y José Luis quería saber el motivo de aquella inquietud. «Estoy arruinado» dijo Segur a su hijo. «Era lo último que yo esperaba escuchar» explica Vilallonga. «¿Arruinado?» pregunta a su padre. La explicación de éste es muy descriptiva del mundo en que vive. «El caso es que hasta el año pasado siempre había vivido de las rentas de mi renta y que ahora me tengo que contentar con vivir de mi renta. La cuestión es que ya no podré vivir como antes.» Éso en una familia en la que su primogénito, durante años, se vanaglorió de vivir de los billetes que iba sacando de unas botas de montar, rellenas hasta el límite de su capacidad de papel moneda de curso legal que parecía empleado como si fuera papel de periódico destinado a secar unas botas humedas. Podría decirse que Vilallonga fue el perfecto ejemplo del señorito mal educado por sus padres que cree que para demostrar que no es uno de ellos tiene que intentar romper todas las convenciones. Pero que cuando se encontraba con alguien que pretendía intimar con él y al que él no consideraba a la altura de su «clase social» se apresura a intentar ponerlo en su sitio. A Vilallonga le encantaba demostrar con anécdotas la intimidad de su padre con el Rey Alfonso XIII. «“¿Tú cuánto tiempo tardas en vestirte, Salvador?” le preguntó un día el Rey. “Entre tres y tres horas y media, Señor”. Júbilo del Monarca. “¡Pues yo me visto en diez minutos!”. “Se nota, Señor, se nota” le contestó fríamente mi padre.»

Educación mejor que amor
En sus memorias cuenta Vilallonga cómo conoció e intimó durante la Guerra Civil Española con una escocesa que conducía en una ambulancia en el bando sublevado —en el que él servía. Pasado el conflicto ella consiguió que él la aceptara en matrimonio. No hubiera sido superfluo conocer la versión de la novia al respecto. Pero no sabemos lo que pensaba Pip Scott-Ellis, hija menor del octavo lord Howard de Walden y descendiente del primer conde de Suffolk, que alcanzó la gloria luchando contra la «Armada Invencible» española.

Vilallonga da una versión de su matrimonio en la que afirma que fue «cazado» tal y como su madre le advertía que sucedería cuando él le anunciaba —1945— en conferencia telefónica entre Sanlúcar de Barrameda y Barcelona, que contraería matrimonio dos semanas más tarde con la hija de lord Howard de Walden. Pip estaba en Sanlúcar en casa de su padrino, el Infante Alfonso de Orleans, que con su mujer, la Infanta Beatriz de Coburgo, se tomaron gran prisa en completar los trámites del sacramento. Pip convenció a Vilallonga de que no hacía falta estar enamorados para casarse. «No creo en el amor a largo plazo. Me parece más importante que seamos de la misma educación y que tengamos los mismos gustos y las mismas inclinaciones. El amor sólo dura un tiempo, pero lo que ahora nos une puede durar toda la vida». Vilallonga se lo debió tomar al pie de la letra. Se casó y su noche de bodas la pasó con un grupo de sus testigos en el mejor prostíbulo de Cádiz. Su viaje de novios tuvo como primer destino Estoril, camino de Escocia para que Vilallonga conociera a la familia de de su mujer. Los problemas de visado les retuvieron allí meses que él aprovechó para mantener una relación muy intensa con la húngara Magda Gabor, hermana de Zsa-Zsa Gabor. En medio de este idilio, el Conde de Barcelona habló con Vilallonga del mal rumbo de su matrimonio «con mi prima», para acabar confesando, ante el desconcierto del marido sorprendido, que Pip no era en realidad hija de lord Howard —y quizá ella no lo sabía— sino fruto de una relación entre el Infante Don Alfonso de Orleans —su padrino de bautismo— y lady Howard de Walden. Ello no fue óbice para que entre visita y visita a la habitación de la señorita Gabor Vilallonga procreara con su mujer a su primer hijo, John.

Cuenta Vilallonga su llegada al castillo de Escocia de su familia política y su entrada, en solitario, en la sala de armas donde se servía el desayuno. Allí, parapetado tras un ejemplar de «The Times» había alguien que no se inmutaba por su presencia. Al fin descendió el diario asabanado y desde el interior de una armadura en la que se vaciaba una taza de té, escuchó la pregunta «¿Usted debe de ser mi yerno…?”. A Pip le parecía tan normal que su padre desayunara recubierto de una armadura —«cuando estamos en Escocia»— que no consideró necesario prevenir a su marido.

El imaginario matrimonio estaba deshecho desde el día que se consumó. Pronto vivían en continentes separados y Vilallonga hizo de su libertinaje un arte. Relata minuciosamente en sus memorias su amistad con Madame Claude, la mujer que entre las décadas de 1960 y 1970 regentó el servicio de prostitución a domicilio —u hotel— más exclusivo de Europa. Vilallonga llegaría a tener tanto trato con ella que Claude le pidió que trabajara probando y aprobando a sus nuevas chicas antes de ponerlas en el mercado. Para un hombre como Vilallonga, nada más podía pedirse.

El marqués de Castellvell arrancó carrera como escritor granjeándose con su primera novela «Les Ramblas finissent à la mer» (Seuil, 1953) la enemistad del régimen del general Franco, por el que él había luchado en la guerra. Desde la literatura dio el salto al cine, donde tuvo numerosos papeles secundarios en los que se interpretaba a sí mismo. Le permitieron conocer a una constelación de estrellas como Jeanne Moreau, con la que describe en sus memorias una noche de pasión fallida por la propia incapacidad momentánea de Vilallonga.

El momento de mayor gloria profesional para el marqués de Castellvell fueron sus conversaciones con el Rey de España, presentadas como las memorias de Su Majestad. La razón por la que Don Juan Carlos escogió al noble antifranquista que en la transición se alineó con la «Platajunta» —de la que fue portavoz— frente a la llegada de la Monarquía sigue careciendo de
explicación convincente
.

Esquela en ABC
Vilallonga se divorció de Pip Scott-Ellis en 1972. Habían tenido dos hijos, John y Carmen, que quedarían por siempre alineados junto a su madre, fallecida en 1983. Antes de divorciarse estuvo unido dos años a Michèlle
Girardon hasta que ésta se suicidó
. Después del divorcio se casó con Ursula
Dietrich —«hija de un general alemán que se pudría en la celda de un frente
ruso»— y se divorció de ella a las tres semanas. En 1974 se casó con Syliane Stella, a la que conoció el día que ella se divorció de Michel Pastor. Adoptó como propio al hijo de ésta, Fabricio, que en el segundo volumen de las memorias de Vilallonga se llama «Fabricio Vilallonga» y en el tercero vuelve a ser «Fabricio Pastor», para en el cuarto retornar a «Fabricio Vilallonga». Se divorciaría de Syliane en 1995 y contrajo nuevo matrimonio en 1999 con Begoña Aranguren, a la que sedujo mientras ella le hacía una entrevista para el programa de televisión «Epílogo». El 2 de septiembre ABC publicaba una esquela en la que el título de marqués de Castellvell era catalanizado a «Castellbell», y en la que aparecían como dolientes sus alejados hijos John y Carmen, su ex mujer y última compañía Sylliane con el tercer marido de ésta, Jorge Bascones y Fabricio —al que esta vez tocaba volver emplear el apellido Pastor. Para su última mujer, Begoña, no hubo hueco. En la esquela.

 

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