¿Hay algo distinto en Marruecos?

Publicado por el feb 21, 2011

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Las enormes expectativas generadas en los medios de comunicación sobre las manifestaciones convocadas en Marruecos el domingo 20 de febrero han estado lejos de producir el resultado que muchos parecían ansiar. Se diría que en España seguimos aguardando ansiosos que la revuelta se lleve por delante al Rey de Marruecos. Los ya caídos –Ben Alí, Mubarak- o los que están en el alero –Gadafi, Buteflika- dan igual. Lo único que importa es que caiga el Rey Mohammed VI.

No obstante, a diferencia de lo ocurrido en Egipto, Túnez o Libia, en Marruecos la manifestación del 20 de febrero se pudo convocar en tiempo y forma, se difundió por todas las redes sociales –mucho más implantadas allí que en cualquier otro país del norte de África- y contó con semanas de preparación. Para desgracia de bastantes, de los 32 millones de marroquíes sólo unos 10.000 se concentraron el domingo en Rabat –ciudad con dos millones de habitantes. Y apenas 50.000 en todo el país.

Se dio por primera vez en esos ataques un mensaje anti Monarquía que no hemos visto en Marruecos con un carácter tan marcadamente político desde tiempos de Hassán II. Las víctimas mortales llegaron en Alhucemas, donde, según parece, no fue la policía sino los manifestantes quienes prendieron una sucursal bancaria en cuyo interior perecieron cinco personas que estaban refugiadas del alboroto. Y en Larache, donde la Policía brilló por su ausencia, los manifestantes quemaron la gendarmería y en un edificio de la aduana robaron el alcohol y la droga incautados. La duda es si con eso cabe deducir que buscaban su consumo –lo que alejaría la tentación islamista- o querían quemarlos para garantizar que nadie caía en la tentación de consumirlos –lo que demostraría claras tendencias islamistas.

Hoy siguen escaramuzas en diferentes partes del país y la parte de la población que las ha promovido seguirá haciéndolo. Pero más bien parece que, contra lo que se quiere hacer ver, la muy deficiente democracia marroquí –por comparación con las democracias europeas- es una democracia más o menos aceptable –por comparación con Libia, Túnez, Argelia o Egipto.

Tengo contado cómo cuando tuve en 1997 el privilegio de realizar la primera entrevista concedida por el Rey Mohamed, siendo entonces todavía Príncipe Heredero, me llevó días de negociaciones con su entorno comprender qué era lo que intentaban censurar en mi cuestionario. Hasta que al fin comprendí que no se pretendía censurar ningún tema en la conversación. Pero sí se me pedía que formulara las preguntas de manera que la respuesta no forzase al Príncipe a hacer un juicio de valor de su padre, el Rey Hassán II. Pues bien, muerto el Rey en el verano de 1999, el nuevo soberano puso en marcha una comisión de la verdad, la Instance Equité et Réconciliation (IER), una comisión que pretendía revisar los casos de violación de los Derechos Humanos durante el reinado de su padre. Se puede acusar, sin duda, a esa comisión de no haber sido todo lo amplia y detallada que cabía exigir. Y es cierto. Incluso de haber impedido mencionar expresamente a Hassán II, lo que no era especialmente relevante porque todo el mundo sabía de lo que se estaba hablando. Pero desde el momento en que se crea la comisión, hay que reconocer que se dio un paso al frente para cerrar una etapa. Y eso no lo hemos visto en ningún otro país árabe.

Marruecos, nuestro vecino, no es un oasis de paz, pero está lejos de las violaciones de los derechos humanos que vemos en alguno de sus vecinos de los que nada se decía en España mientras se ansiaba la caída de la Monarquía marroquí. Durante los próximos días tenemos que seguir atentos la evolución de los acontecimientos. Mas parece claro que la tendencia de su población no ha sido la de echarse a la calle masivamente ni siquiera después de ver lo que están haciendo sus hermanos árabes y tras una convocatoria que contaba con el respaldo de varias organizaciones promotoras de los derechos humanos, de partidos de izquierda, de organizaciones sindicales y de la sección juvenil del movimiento islamista Justicia y Espiritualidad, que como los Hermanos Musulmanes en el Egipto de Mubarak, es ilegal, pero tolerado y tiene una incuestionable capacidad de movilización. A día de hoy no parece que las cosas en Marruecos vayan como algunos esperaban. Todavía no.

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