El previsible auge del sector de los sepultureros

El previsible auge del sector de los sepultureros

Publicado por el mar 19, 2015

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Los asesinatos del miércoles en Túnez vuelven a ponernos ante la evidencia de que nos han declarado la guerra. ¿Había alguien que no lo supiera? Dentro de esa guerra, el ataque terrorista de ayer tiene una doble característica. Ser islamista y anti occidental pese a la posible confusión que pueda haber generado su primer objetivo: la Asamblea Nacional tunecina.

Los islamistas no solo quieren degollar cristianos. En su objetivo también están todos aquello musulmanes que a su entender no cumplan con su religión como ellos creen que tienen que cumplir. Y eso, en una fe que carece de una jefatura generalmente reconocida, tiene el agravante de que casi cualquiera puede declarar una guerra santa. 

La Asamblea Nacional tunecina es lo más parecido a un organismo democrático que puede encontrarse en el Magreb y casi diría que en toda la comunidad árabe. Y la democracia es incompatible con la teocracia yihadista. Es por ello coherente con su mentalidad que hayan intentado asaltar la Asamblea Nacional y acabar con sus diputados. 

En Túnez el presidente Beji Caid Esbesi es el único jefe de Estado de la región salido de las urnas. Y se impuso a un candidato mas afín al islamismo, aunque no al Terrorismo Islámico. Uno de sus mayores problemas en este momento es el activismo de esa minoría islamista. Según confiesan las propias autoridades tunecinas, en estos momentos hay 3.000 tunecinos luchando como voluntarios en Irak y Siria. Más que de ningún otro país en el mundo. Eso genera una tupida red de terroristas domésticos dispuestos a poner en marcha la revolución en casa.

La segunda característica de este atentado, y la más sangrienta, es la del asalto al museo Bardo. Era la alternativa natural para los islamistas: los turistas eran con toda probabilidad no musulmanes y lo que iban a visitar allí, digno de ser destruido, como llevamos semanas viendo hacer a los más aguerridos islamistas en Irak y Siria. A poco bien que les hubiera ido en su asalto al Museo Bardo, esta panda de asesinos hubiera multiplicado los veinte muertos habidos y, a continuación, hubiera ejecutado una metódica destrucción del mosaico romano del siglo III a.D. allí exhibido en el que se ve a Virgilio rodeado por la musas. “Idolatría”, exclamarían. Y serían muy felices filmando su iconoclastia.

Y mientras ocurre todo esto a unos kilómetros de nuestra costa, la reacción más común es oír felicitaciones por lo bien que le viene esto a nuestra industria turística. Y puede ser cierto. Lo malo es que en la progresión de este asunto, después de enriquecer a los empresarios turísticos, se empuja al sector de los sepultureros. Ni siquiera al de los Campos Santos. Vade retro, infiel… 

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