El paradigma del editor

Publicado por el Apr 9, 2010

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Llevábamos dos o tres meses en la nueva sede de ABC que nos acoge hasta el día de hoy y que entonces no tenía atribuidas como coordenadas las de Juan Ignacio Luca de Tena nº 7. Era el comienzo del otoño de 1989. El abajo firmante era un becario al que ocasionalmente le correspondía hacer el turno de noche, entonces mucho más poblado que hogaño. Víctor, un ordenanza que repartía el teletipo en papel —era bajo, calvo, obeso, socarrón impenitente— proclamó una madrugada con su ronca voz, no sabría muy bien decir en respuesta a quién: «¡Ésta es la mejor empresa del mundo!». El becario levantó la cabeza del fajo de noticias e inquirió el porqué de la sentencia. «Porque en 31 años —o en 37, o en 39, no lo recuerdo— no han dejado de pagarme mi sueldo puntual una sola vez» (sic). El indocumentado becario pensó que eso era una perogrullez y no le dio más importancia. Mas con el paso del tiempo comprendió que los enhiestos licenciados que llegábamos a esta Casa teníamos demasiado que aprender de los veteranos que habían visto correr la historia de España desde sus muchas ventanas. Y quienes vieron en el final de la década de 1970 cómo ABC estaba abocado al cierre por mor de la ruina económica, quienes contemplaron a un Guillermo Luca de Tena que se había hecho con el timón de la nave cuando otros de su sangre la habían llevado con firmeza a los arrecifes y la habían dejado varada en las olas rompientes, quienes sabían que el Patrón luchaba por pagar la nómina de todos sus empleados cada mes, llegando a hipotecar su propio domicilio con ese fin, quienes fueron testigos de que en aquellos años la única distracción que consintió en el objetivo de salvar ABC fue la de cumplir con el mandato de ser Senador por designación Real en las Cortes Constituyentes, porque como director de ABC y como Senador Real tenía un objetivo del mismo nombre que era el de España, quienes todo ello conocían, sabían que ésta era la mejor empresa en la que se podía trabajar. Mi temprana vocación periodística vino de una anciana redactora de Blanco y Negro, íntima amiga de mi abuela Elena Botín: Paulina Botella. Veraneaban juntas y ella me fue descubriendo los rudimentos del periodismo. Contaba, casi avergonzada, cómo el compartir la Misa diaria en los Jesuitas de Serrano con el almirante Carrero Blanco le hizo ser la periodista que dio la noticia del magnicidio del 20 de diciembre de 1973. Y me hablaba con orgullo de su tardía incorporación a la Casa de ABC, donde se jubiló. A su muerte, soltera, en 1991, sus herederos aceptaron gustosos venderme las pocas acciones de Prensa Española que ella tenía. Mas había un problema. Los estatutos de la sociedad, como forma de protegerse frente a los escualos que tan abundantes eran en los primeros años de la década de 1990, impedían comprar acciones de la compañía a quien no fuese ya accionista si no btenía
previamente el consentimiento del Consejo de Administración de la Sociedad. El Patrón, con quien yo nunca había cruzado palabra, me dio el permiso sin pestañear
.

Vocación: se nace con ella o no se tiene nunca. Y Guillermo Luca de Tena la tenía de periodista. Estudió Derecho, es cierto. Pero ¡cómo no iba a hacerlo! Me cuento en el número de los que creen que el buen periodista ha de tener la cabeza amueblada por la Universidad. Y en la década de 1940 la opción más lógica para quien tuviera esta vocación de volcar noticias sobre el papel era formarse académicamente en la carrera de Derecho. Quizá la combinación de Derecho y Periodismo que llevaba en las venas como hijo y nieto de periodistas y que completó como padre de periodista hiciera de él el más grande en uno de los más complicados trabajos periodísticos: el de editor.
El editor tiene la dificilísima tarea de escoger a quién confía la dirección de su medio. Y luego tiene que darle libertad para llevar adelante su tarea sin mostrar nunca en público sus desavenencias o discrepancias. Porque el día que las tienes sólo las puedes manifestar de una manera: cambiando de director. Y realizó esa tarea desde firmes valores bien arraigados: su inquebrantable lealtad a la Monarquía, su profundo liberalismo y su fe católica. La Redacción de ABC a la que yo llegué el 17 de julio de 1989, estaba sometida al criterio incuestionable de un director al que sólo podía poner freno su editor. Y en no pocas ocasiones nos costaba entender que no lo hiciera con más frecuencia.
Los miles de empleados de esta Casa que han trabajado con él como consejero delegado, presidente, director y editor saben que jamás vio sin disgusto una muestra de intolerancia en sus páginas, por leve que fuera. Teníamos en él la última referencia moral de quien había apostado todo lo que tenía en esta vida por ABC. Y más tarde de quien se retiró renunciando a percibir una compensación económica de la empresa —a la que tenía derecho. De quien, ya desde los cargos honoríficos, seguía hipotecándose para apostar todo por Vocento, creándose problemas cuando llegaron las vacas flacas nacionales de la hora presente.
Era tal el respeto de Guillermo Luca de Tena como editor, que el día en que murió su Rey del exilio, el hombre que encarnó para él las libertades y el futuro de España durante años, el español por el que lo apostó todo, ese día, el presidente, editor y dueño de ABC cedió la Tercera página de su periódico a su empleado que lo dirigía. El Patrón escribió su artículo al día siguiente. Cuando el martes pasado murió Guillermo Luca de Tena ABC pidió a todos los ex directores del diario vivos una semblanza del difunto. Cuatro de ellos, que dejaron la dirección en condiciones quizá no idóneas, las redactaron con presteza y generosidad —uno de ellos, desdoblándose con el diario del grupo para el que ahora trabaja. El único que se negó fue el que cuando dejó de ser director de ABC —por propia voluntad— recibió del Patrón una generosa indemnización que no le correspondía legalmente, obtuvo la Dirección de ABC Cultural con una más que respetable retribución que sólo le animaba a pasarse por la redacción una vez a la semana —como el propio Guillermo Luca de Tena se vio obligado a relatar en el diario «El Mundo» el 13 de noviembre de 1998— y una silla en el Consejo de Administración de Prensa Española que ocupó en nombre de una sociedad anónima que sin duda había engordado mucho en los tres lustros anteriores.

Cuando mi mujer, Clara Isabel de Bustos, corresponsal de Familia Real en estas páginas, enfermó de cáncer de mama a principios de 1998, un cáncer de próstata le fue detectado también al Patrón. Me llamó él y, cuando intenté mostrarle mi pesar por su diagnóstico, me acalló con desdén, la voz ronca, ese tono de furia cariñosa y mal contenida tan común en él. «Yo ya lo he vivido todo, el futuro sois vosotros». Cinco años más tarde, el día que murió Clara Isabel, el Patrón me dijo en mi casa, ante el féretro: «Ahora te toca a ti cargar con el futuro de ella y el tuyo». Patrón, te juro que mientras tenga un hálito mi futuro será defender el concepto de ABC en el que tú creías.

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