¿Cuál es el afán?

Publicado por el abr 15, 2012

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Es evidente que algunos preferirían que el Rey estuviera sentado en casa y no hiciera nada casi nunca

. Que el tropezón que tuvo en un campamento de caza en la madrugada del viernes en Bostwana lo hubiera sufrido, como mucho, saliendo de una hamburguesería en Madrid.

 

 

 

 El jolgorio mediático que ayer se organizó en la red –y que sobrepasará los medios electrónicos en las próximas horas- encierra en sí mismo una profunda ironía. La Monarquía constitucional que tenemos los españoles –en virtud de la Constitución que nos dimos libremente- implica una jefatura del Estado vitalicia. Ello quiere decir que un Monarca de 74 años sigue ejerciendo sus funciones. Pero cualquiera que tenga una mínima sensibilidad reconocerá a esa misma persona el derecho a poder disfrutar de su tiempo libre como tenga por conveniente. Y que cuando tu vida laboral no se acaba a los 65 años, tus días de asueto no se rigen tampoco según el calendario laboral del resto de los mortales. Don Juan Carlos estaba disfrutando de ese tiempo libre sin haber faltado a ninguna de sus obligaciones y con citas en La Zarzuela el próximo lunes al mediodía.

Una persona de su edad y con problemas de artrosis tiene más posibilidades de sufrir un accidente. Por supuesto. Pero como sabe quien quiera que sufra esas dificultades o tenga alguien a su alrededor con parecidos problemas, lo que no se puede hacer es decir a un paciente que “no haga nada no vaya a ser que…” Las personas que son de natural activas, como relató ayer el doctor Villamor sobre el Rey, tienen un empeño por rehabilitarse superior al de los deportistas profesionales. Son gentes que no aguantan estar sometidos a constricciones aparentemente innecesarias. El ser humano lleva con dificultad las limitaciones que impone la decadencia física. Adelantar esas limitaciones a su tiempo natural es un camino seguro a la depresión y, con frecuencia, al óbito.

¿Cuál es el verdadero objeto de escándalo de que el Rey estuviera cazando en África? Como inquieren los colombianos, ¿cuál es el afán? Hemos vivido en los últimos meses una concatenación de incidentes relacionados con el Rey y su familia que podrían ocurrir a cualquiera y nada tendrían de relevantes, pero que situados en el entorno de la familia del Rey se pretende convertir en grandes escándalos. En un “annus horribilis” como el evocado por Isabel II de Inglaterra en 1992. Esta misma semana ocurría el accidente de Felipe de Marichalar y de inmediato se volvían las tornas contra su padre y “la irresponsabilidad de la Familia Real”. Más allá de que Jaime de Marichalar no sea miembro de la Familia Real desde que se divorció, está por ver la verdadera responsabilidad que pueda haber tenido. Para empezar la ley no obliga a guardar bajo llave el arma que empleó el niño, una escopeta con la que es casi imposible matar un conejo a cinco metros. Escopetas que hay en cualquier casa de campo española. Escopetas que cualquier niño de esa edad puede coger sin conocimiento de su padre. En casi todas partes hemos leído la multa que sufrirá el padre del niño antes de saber si estamos hablando de una trastada infantil o de una irresponsabilidad paterna. La autoridad competente dictaminará.

Mucho más grave es el caso de Iñaki Urdangarín en el que, hasta el momento, estamos viendo al duque de Palma sometido a los rigores de la Justicia. Por cierto, con desventaja frente a su antiguo socio, Diego Torres. Porque éste pudo permitirse comparecer ante el juez y negarse a responder; después ha estudiado con detalle la declaración de Urdangarín, al que nadie hubiera consentido no declarar; y ahora Torres ha pedido al juez declarar con ventaja sobre Urdangarín. El duque de Palma está donde está por méritos propios. Pero en cuestiones de procedimiento es bastante dudoso que todos sean iguales ante la ley como demuestran los hechos que hemos presenciado.

El Rey tiene tras sí una vida entera de servicio a su patria con un reinado que es uno de los más exitosos de la Historia de España. Pretender volver contra él un incidente acaecido en su tiempo de solaz, una desgracia que puede acaecer por igual a cualquier persona de su edad, sólo muestra el afán de muchos, demasiados, por hacer de la anécdota categoría. ¿Con qué afán?

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