Casar libertad y duquesa

Publicado por el oct 5, 2011

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Yo no dudo de que Cayetana de Alba ha sido feliz en el momento de su tercer matrimonio. Pero me pregunto también cuánto hay de hipocresía y cuánto de genuina admiración hacia ella en lo que le ha rodeado en la celebración del 5 de octubre en el palacio de  Dueñas de Sevilla.
Ahora resulta que lo normal es que una señora octogenaria, con dificultades graves de dicción —que son las evidentes— quiera casarse con un señor 25 años más joven que ella. Y es normal, también, que él esté perdidamente enamorado de ella. Como consecuencia de todo lo anterior, lo que corresponde es que sus hijos, que albergan legítima preocupación por el futuro de su madre, se conviertan en los malos de la película y se escondan de los focos esperando que pase este momento. Y además, para terminar de perfilar la caricatura de la situación, se han callado en cuanto se ha repartido la herencia. Vamos, que el «interés legítimo» va a resultar que es el del nuevo duque consorte y no el de los hijos, que son los Alba.
Yo creo que en cualquier otro país, una boda como ésta hubiera llevado a un cuestionamiento general de la capacidad de la anciana señora para tomar esa decisión. Las imágenes de la novia bailando a la puerta de su palacio entre unos centenares de personas que la aclamaban han tenido más de comedia que del momento de grandeza que aspira a vivir cualquier novia minutos después del sacramento de su matrimonio. ¡Tantas veces escuchamos descalificaciones graves de jóvenes mujeres que se casan con ancianos de los que sólo esperan poder obtener beneficios! Pero esta vez el novio está inmunizado. Él ha alcanzado la gloria de ser duque consorte de Alba contra todo, contra todos, contra la naturaleza.
Están los periódicos llenos de elogios a la libertad radical de Cayetana de Alba. Y qué bonito es poder exaltarla. Pero qué difícil resulta casar esa libertad con querer ser por encima de todo duquesa de Alba y decir que tú te saltas a la torera lo que te da la gana. Porque lo natural es que si tú no quieres respetar ningún convencionalismo porque todos te parecen fuera de lugar, haya quién se pregunte por qué a ti te tienen que guardar un respeto diferente a los demás. Y ya se sabe, que en estos casos, si tú quieres ser como los demás, los demás pueden querer ser como tú. Muy legítimamente.

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