Auberon Waugh, la sublime impertinencia británica

Publicado por el Jan 28, 2001

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La presencia de mis niños me produce una profunda depresión y un gran desgaste. No los veo hasta el almuerzo, dado que desayuno solo en la biblioteca y ellos están bien entrenados para que eviten mi lado de la casa. Pero soy consciente de su presencia desde que me despierto. El almuerzo es penoso. Bron es torpe y desarreglado, astuto pero carente de ningún interés intelectual, estético o espiritual…Auberon Waugh, Bron para casi todo el mundo, descubrió pronto que su padre era una persona muy liberal siempre y cuando no se encontrase contigo. Consiguió zafarse de la imagen que su padre tenía de él y de la losa que representaba ser hijo del novelista británico más importante del siglo XX. Al morir el pasado 16 de enero a los 61 años se había convertido en el más controvertido, ofensivo y quizá el más brillante columnista de la prensa británica de su tiempo, famoso por sus frases lapidarias –por ejemplo “este año marca el cincuenta aniversario de la pérdida de la virginidad de Barbara Cartland”-. El diario en el que escribió los últimos diez años de su vida -“The Daily Telegraph”, único periódico de calidad europeo que vende más de un millón de ejemplares diarios- anunció su muerte con un titular a toda página en portada. “The Times” lo describió como un “autor inconformista y prolífico que se despegó de la sombra de su famoso padre y demostró ser un satírico con un ojo infalible para desenmascarar patrañas”.

Waugh creía firmemente en la lucha de clases en la que él se situaba en la trinchera opuesta a quienes proclaman la necesidad de esa lucha: “Lo que me deprime de este país es que cada vez se da más dinero a las clases trabajadoras para que se lo gasten en sus desagradables aficiones, como transistores, dulces, comida congelada, flores de plástico, cucharillas de recuerdo de lugares horribles… que sólo pueden hacer de Inglaterra un país más asqueroso”. Pero a diferencia de su padre, que abominaba el mundo y no cesaba de inventarse maneras de escapar a la realidad que le rodeaba, Bron era un entusiasta de su tiempo y disfrutaba con muchas de las cosas que hubieran producido en su padre ataques de apoplejía: volar en avión, la compañía de jóvenes escritores o la Unión Europea. Su euroentusiasmo tenía una justificación muy práctica: esperaba que Inglaterra fuese gobernada por “una junta belga de inspectores de billetes” para deshacerse de la “lamentable caterva de políticos elegidos para representarnos en Westminster”.

El joven Waugh se educó en el colegio benedictino de Downside y aborreció cada día de los cuatro años que pasó allí entre 1952 y 1956. Años después describiría el incendio que en 1955 acabó con el gimnasio y tres dormitorios de Downside: “El director tenía su alma partida entre los sentimientos encontrados que le producían el cobro del seguro (40.000 libras de la época), su pasión por una buena hoguera, y su deber de lealtad hacia la compañía aseguradora. El resto de los monjes no intentaron ocultar su satisfacción. El padre Hubert van Zeller bailaba delante del fuego cantando un tanto desafinadamente un Te Deum.” Su padre y sus compañeros del colegio siempre creyeron que Bron fue el responsable del fuego, algo que no se desmiente en las líneas aquí citadas de su biografía “Will this do?”. En defensa de Downside hay que decir que Bron Waugh no tenía un concepto mejor respecto a ningún colegio privado británico. Baste un ejemplo: “Reconozco y admito la capacidad única de Eton para meter en el Parlamento a chicos estúpidos”.

Tras un efímero paso por Oxford se incorporó al Ejército en la Royal Horse Guards con la que se encontraba sirviendo en Chipre en 1958 cuando sufrió el accidente más grave de su vida. “Yo había notado algún problema de encasquillamiento en la metralleta browning de la torreta de mi vehículo blindado y como no tenía otra cosa que hacer se me ocurrió investigar el problema. La agarré por el cañón con silenciosa eficacia y empecé a menearla arriba y abajo cuando de repente noté que se estaba disparando. Seis tiros después me di cuenta de que las balas estaban atravesando mi pecho y me aparté con presteza. A los que les dé miedo recibir un tiro puedo tranquilizarles diciéndoles que casi no duele, al menos cuando se recibe a bocajarro con balas de alta velocidad. Se nota uno ligeros golpecillos y la sensación de que te quema un poco. Si el tiro es en el pecho te quedas un poco aventado, pero casi no duele en tres cuartos de hora, después de los que, con suerte, alguien habrá llegado con morfina, si es que todavía estás vivo.” El resultado fue la pérdida de un pulmón, el bazo, varias costillas y un dedo; y avivó de por vida su conciencia de la cercanía de la muerte.

Autor de cinco novelas entre 1960 y 1972, decidió en ese año abandonar esa forma literaria por tres razones: no le compensaba seguir siendo “el hijo de”, tenía la impresión de que su obra no mejoraba con cada nuevo trabajo, y ésa no era una buena forma de ganar dinero. Para entonces ya había sido despedido de una publicación, el semanario político The Spectator, por un ajuste de cuentas con un colega cuyo nombre apareció alterado por Bron en el sumario de la revista con el adjetivo “borrachín” antepuesto. El director de la publicación, Nigel Lawson -más tarde Canciller del Exchequer con Thatcher- se vio obligado a despedirlo. Waugh consiguió que los tribunales consideraran improcedente el despido y Lawson lo repescó encantado. Waugh siguió allí cuando el periodista al que insultó llegó a director de la publicación. Simultaneó esa colaboración con muchas otras, incluyendo una en The Times donde se mofó de cierto tipo de pantalones que usan algunos musulmanes del subcontinente indio. Su artículo causó ataques a oficinas de The Times y a consulados británicos en medio mundo hasta el punto de que la biblioteca del British Council en Rawalpindi fue quemada. Waugh se sintió “naturalmente orgulloso de haber causado tamaña devastación”.

Quijote de toda causa perdida, empleó su tiempo en defender el derecho a conducir habiendo bebido alcohol –a pesar de que su hermana murió en esas circunstancias llegó a decir que “Peter Bottomley (ministro de Transporte de la época) está obviamente insano o cuando menos mentalmente trastornado por atacar a los que conducen con copas”-, fue candidato al Parlamento por el “Partido de los Amantes de los Perros” en 1979 con el objetivo de que el jefe de los liberales, Jeremy Thorpe, perdiera su escaño -Waugh sólo sacó 79 votos pero Thorpe perdió el escaño- y mantuvo una excelente relación con la mayor parte de la Familia Real británica a pesar de algunas columnas suyas como una publicada en 1981 en “Private Eye” en la que se preguntaba “¿Hay alguien que haya visto alguna vez hablar al Príncipe Andrés? La ansiedad del país ante el temor de que el capitán Mark Phillips fuese sordomudo la calmé yo cuando le silbé al oído y él se mojó los pantalones. El problema del Príncipe Andrés es diferente. Los preparativos en Windsor para la fiesta de su 21 cumpleaños incluyen tres bandas musicales con una gigantesca capacidad de hacer ruido, rayos láser, hielo seco e imágenes psicodélicas. El propósito es ocultar en su primera aparición pública –aunque sólo Dios sabe cuánto tiempo se mantendrá el secreto- la Terrible Verdad. Ésta es que Andrés, aunque es un chico sano en otros aspectos, nunca ha aprendido a hablar”. Felizmente casado durante cuarenta años con Teresa, hija de lord Onslow, su éxito con las señoras era proverbial a pesar de que le gustaba proclamar que “la primera causa de descontento en Gran Bretaña hoy es el odio de la moderna mujer británica hacia las labores del hogar”.

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