La paciencia

Publicado por el feb 24, 2014

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Está dentro de una pequeña barca, ligeramente precaria, de un imposible y manchado color amarillo. Curiosamente los remos son rojos, de un rojo brillante, será que adivina mi origen y me esta rindiendo un mudo homenaje. Él no sabe que le observo desde la terraza de mi habitación en un hotel del sur  chileno, frente al mar de Viña del Mar, seguramente no sabe ni que existo y ha vestido su barquita con los colores de mi patria. Se protege del sol con una también precaria sombrilla, aunque sus quehaceres están más bien desprotegidos en medio de unas aguas vivas que lo mecen y bailan en una constante danza con la que yo me marearía sin remedio. Lleva toda la mañana, paciente, mansamente, controlando la posición con esos remos que le permiten girar sobre sí mismo vigilando la posición de su aparejo. De vez en cuando tira de un cordel que, supongo, es el objetivo de sus desvelos y el sustento, si viene generoso, de su vida. Tal vez no, es simplemente un jubilado o algún ocioso que disfruta de la paciencia, del tiempo muerto sobre el mar al compás de las olas. Podéis imaginar a nuestros ansiosos e impacientes coetáneos, así, tranquilamente sobre el agua, horas y horas, si no es por la seguridad de pescar un pez gordo… y dudo que ni siquiera en tales circunstancias.

En este tiempo de prisa, de inmediatez, del aquí y ahora, del no importa cómo, de más y antes, no vaya a ser que me muera sin tenerlo. Con este correr sin mirar, vivir sin estar, ser sin sentir y pasar por la gente y los paisajes sin detener los ojos ni sosegar la respiración. En este tiempo, repito, la figura de ese hombre en su pequeña barca, con el tesoro de su tiempo y su no prisa, con la compañía inapreciable del sol, las gaviotas y el latido de su corazón, se me hace tan extraña y valiosa, que me entran ganas de capturar su imagen y repartirla, multiplicada en miles por el mundo, como otra forma, otra alternativa a la bulimia existencial. No lo haré. Primero porque no se lo merece. Segundo, porque no quiero que a él también lo devoremos en las redes. Y tercero, porque no tengo derecho a hacerlo, y sí el, a guardar su secreto a solas con el mar bajo su sombrilla.

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Ciento volando © DIARIO ABC, S.L. 2014

Ha volado mucho y muy alto. Se ha posado sobre los escenarios de todo el mundo. La han aplaudido a rabiar. Paloma San Basilio se sienta ahora en el patio de butacas y se convierte en espectadora del mundo. Y aquí está para contarlo. Más sobre «Ciento volando»

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