El trapecista del tiempo

Publicado por el ene 13, 2014

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Salta del yate al velero, del Ferrari al todoterreno, con la misma agilidad de una estrella de circo. Sus trapecios sobrevuelan las cabezas de esos seres diminutos que miran, con ojos de asombro, al superhéroe capaz de vivir en las alturas, tan lejos de sus miserias cotidianas. Es tan alto, elegante e inteligente que se merece todo lo que la vida le depara y aún sería insuficiente comparado con su talento y magnético atractivo.

Los números son para él algo tan cercano y familiar que ni se molesta en contar todo lo que baje de siete cifras, calderilla que reparte a manos llenas entre quienes le sirven bien y silencian sus escarceos con la ética y la honradez, palabras que se escaparon hace tiempo de su diccionario cuando descubrió la importancia del dinero y su inmensa capacidad para generar amigos, privilegios, amantes y mesas en los restaurantes de moda. Qué espléndida y autocomplaciente sonrisa exhibe constantemente en las reuniones, inauguraciones y escaparates en los que se pone precio al ingenio y sobre todo a la más perversa y sofisticada capacidad de engañar a los demás en beneficio propio. Si la vanidad, la codicia y el narcisismo pesasen en su cabeza, ya sería una lámina aplastada contra el suelo, como en esos dibujos animados en los que la apisonadora reduce a nuestro héroe a una simple hoja de papel.

El tiempo se le escapa de las manos a velocidad de vértigo, tal es su necesidad de estar en todas partes y disfrutar de todo. Lo mismo da una cacería en Tanzania que un slalom en las pistas blancas de la más lujosa estación de esquí. Aquí su condición de superhombre se hace patente en la multiplicidad. El dinero permite desplazarse por el mundo sin demoras ni colas en los aeropuertos. Lo que más me impresiona es ver cómo su rostro permanece impasible ante el dolor y la ruina de aquellos a los que estafó, ante la mirada interrogante de los colaboradores a los que engañó y ante el desprecio y tristeza de los amigos a los que utilizó. Incluso entrando en un juzgado o en una cárcel, su chulería y prepotencia no le abandonan.  Tan acostumbrado está a saltarse las normas y a librarse de la justicia con trajes a medida.

Algún día estará solo, sin fachada, despojado de poder, con el miedo como única compañía. Tal vez entonces sea capaz de mirar en la oscuridad de sus ojos intentando averiguar en qué momento dejo de ser un hombre.

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