Un juguete roto

Publicado por el nov 26, 2013

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¿Qué es un niño? ¿Es un hombre o mujer pequeños? ¿Es un objeto de deseo para prolongar nuestra efímera existencia? ¿Es una copia de nosotros mismos? ¿O tal vez alguien con quien llenar un vacío y en quien depositar nuestros sueños cumplidos o no?

Cuando lees una y otra vez que un niño es víctima del descuido, la violencia, la perversión o el abandono, me pregunto qué es un niño en nuestra sociedad, con qué facilidad podemos pasar del amor al olvido, padres que se separan dejando hijos por el camino y proyectando nuevas familias que ocuparán el lugar novedoso y atractivo de las anteriores. Niños con la maleta siempre a punto para cambiar de casa en un reparto justo y egoísta de los que ellos solo son unos fines de semana y unas vacaciones compartidas. El desarraigo, la segunda casa, las segundas familias en las que tantas veces ellos se sienten convidados de piedra o meros cumplidores de acuerdos.

Monedas de cambio en las discusiones, chantaje constante del odio o la venganza, fuentes de información inocentes de qué hace el otro, qué dice o con quién va. Seguimos sin solucionar su estancia en un mundo que a veces los utiliza como objeto pasivo de la perversión de algunas mentes enfermas y pedófilas. Se nos escapa el control en las redes de sus prácticas abusivas y ellos continúan siendo víctimas de un juego del que no conocen las reglas. Siguen errantes y descalzos, yendo de un lugar a otro entre conflictos bélicos y masacres que nadie para.

Los niños necesitan comida, ropa, educación y tiempo – sobre todo tiempo -, amor y paciencia. De esa forma se convierten en los seres más sabios, tiernos y divertidos del planeta. Aprender de un niño, observar su evolución y curiosidad constantes, dejarte seducir por sus miradas y respuestas llenas de verdad e ingenio, es un ejercicio tan sano como gratificante.

Pero a veces el niño molesta, incordia, nos roba tiempo para la angustia o la ambición, nos quita esa sobrevalorada y mal entendida palabra que se llama Libertad, como si no los hubiésemos parido libremente. Entonces el niño es víctima de maltrato, de abandono o de la acción inexplicable y espeluznante de acabar con sus vidas, como una Medea enloquecida y cruel, o como un Creonte inclemente, que no quiere enterrar a su hijo solo porque ha traspasado sus reglas.

Padres que no saben perdonar, madres que no saben ser madres, o se cansan de serlo, y niños que buscan, sin encontrarlo, un abrazo tierno, una respuesta tranquila, la sensación de que mereció la pena venir a este mundo, aprender a caminar, hacer los deberes y ordenar el cuarto, sintiéndose queridos y no un mero estorbo para adultos inmaduros y egoístas.

Tenemos, como especie, la responsabilidad y obligación de que nuestros niños crezcan con paz y felicidad o, por lo menos, a salvo de la locura. Ellos se conforman con muy poco, algo tan sencillo como lo que un niño respondió al preguntarle ¿qué es la felicidad para ti ? …él contestó. “Hablar, reir y dar besos”. Lo tenemos muy fácil.

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Ciento volando © DIARIO ABC, S.L. 2013

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