Hija de la luna

Publicado por el oct 21, 2013

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Soy hija de la luna. El sol me da vida y calor, pero la luna me envuelve siempre de promesas y luces de plata. La luna me acuna por las noches y cuando está llena, redonda, ilumina mis caminos de sueños. Juega al escondite, aparece, desaparece, a veces se asoma durante el día camuflada en un fondo blanquecino y te observa antes de tiempo anunciando el milagro que será su presencia cuando lleguen las sombras. La luna es madre y te ayuda a crecer, a alimentarte, a llenar las mareas, a vivir suspendidos en un universo que, sin su equilibrio giratorio de carrusel amante, nos empujaría al abismo.

Anoche, una vez más, me sorprendió su presencia en el cielo, vestida con sus mejores galas de sombras y nieve, como un faro del que no puedes apartar la mirada, igual que esa luz que, en la oscuridad del teatro, besa mi cara y atrae mi voz como un imán en la oscuridad amiga de tantas miradas que no veo. Por eso entiendo tanto a la luna y la busco en mitad de la noche. Entonces la miro y veo su gran escenario, su increíble y mágica puesta en escena en la que nada puede ni siquiera intentar eclipsar su belleza.

La luna reina cuando se apagan las luces y el mundo sumiso y dormido se deja seducir por ella. Necesita el silencio, la calma, la devoción de campos, arboles, ciudades y mares que se dejan embrujar y atrapar por su circulo perfecto, por su resplandor de madreperla.

Nunca he sentido frio con la luna, ni soledad, ni miedo. No le pregunto nada. Basta con que esté. Ni le pido que me explique su malabarismo secreto para ser distinta cada noche. Solo sé que es mi amiga, que podría tocarla si quisiera de tan cerca que la siento y que jamás quemaría mis alas si volase a su encuentro; que nunca quemará mi piel ni secará los campos sin lluvia, que está hecha de la misma materia que yo y la tierra, de la que se separó un día, y que su sonrisa torcida y cómplice me tranquiliza en las horas de insomnio.

La luna nos aleja de otras luces engañosas, de soles hambrientos, de apariencias y excesos en los que caemos a menudo atrapados por un entorno exhibicionista de fuegos artificiales que ella nunca necesita para ocupar su lugar privilegiado en el cielo. Sabe que nadie puede competir con ella, que la necesitamos como el aire, que la vida no tendría sentido sin su luz y su fuerza, ni siquiera existiría.

Como una madre, abre sus rayos cada noche, entra suavemente por nuestras ventanas y comprueba que todo está en orden por lo menos durante el tiempo que estemos en sus manos, inocentes y dormidos. Alimenta nuestra imaginación con cuentos de misterios y nos invita  a soñar y olvidarnos del dolor y la incertidumbre hasta que la luz del sol, como cada día, inclemente, vuelva a arrancarnos de sus brazos de seda.

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Ciento volando © DIARIO ABC, S.L. 2013

Ha volado mucho y muy alto. Se ha posado sobre los escenarios de todo el mundo. La han aplaudido a rabiar. Paloma San Basilio se sienta ahora en el patio de butacas y se convierte en espectadora del mundo. Y aquí está para contarlo. Más sobre «Ciento volando»

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