Sin perder el norte

Publicado por el oct 14, 2013

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Siempre os hablo de mares, océanos, playas y atardeceres de agua. Reconozco  mi  pasión de  sirena varada. Hoy voy a cambiar de aire, para no perder el norte y encontrarme huérfana de puntos cardinales.

Mi norte son muchos: cinco años en mi querida Galicia, abuelos asturianos y un rincón perdido en  Baztán. Este valle  literario, de viajeros y leyendas, es tierra fronteriza con Francia, paso de contrabandistas y peregrinos, el lugar donde habitan las estrellas, de helechos rojos en invierno,  hayedos, castaños, penumbras sembradas de hongos y misterio, agua que corre sin rumbo ni miedo a la sequía.

Tierra generosa de gentes más generosas aún, austera en la riqueza, discreta en el señorío, trabajadora del silencio y los campos. Naturaleza virgen, con limites ausentes, cobijo de brujas y  akelarres, cuevas de vientres profundos y escondidas historias, caminos de paso de un mundo a otro sin apenas notarse en las pisadas.

Esta tierra me atrapó desde el primer día, cuando, al conocerla y caminar por sus montes, pensé que no había nada en el mundo ni en mi memoria tan hermoso. Mis ojos se perdían en una cadena de valles dormidos al pie de las montañas, guardianes de esos Pirineos que nos separan y nos unen, que nos aíslan y nos obligan a revolcarnos en nosotros mismos, sintiendo a veces la tirantez de unas costuras siempre a punto de romperse para dar salida  a tantos siglos de encierro.

Hoy he cogido castañas en los caminos, las he asado en la chimenea, las he compartido junto al fuego con un inmejorable pacharán, bebida hecha a base de endrinas con un sabor exquisito y un tono rojizo que te calienta la garganta y te reconcilia una vez más con los frutos de la tierra, esos que solo tocan manos artesanas y que ni siquiera las multinacionales pueden contaminar.

Tengo un acebo en mi ventana que ya se esta cuajando de bolitas rojas, sus hojas rizadas y punzantes brillan con el sol, gustándose y gustándote al mirarlas. Los árboles ya empiezan a pintar su desfile de ocres, rojos, verdes y amarillos. Las montañas frente a mi ventana me dicen a diario que no tenga miedo, que ellas están siempre ahí para protegerme. Y el río que recorre los prados me promete que no me dejará nunca porque para eso mi casa en el valle tiene nombre de agua.

El  norte te da paz, te cobija, te alimenta con los mejores manjares, te riega de lluvia y buen vino, te abraza con sus gentes tímidas, austeras, auténticas y generosas. Te dice que disfrutes de él, que no te preocupes, que en la carestía él te  proveerá, que en la soledad él te acompañará por sus caminos y que siempre, a la vuelta de cualquier recodo, tendrá una sorpresa, un regalo para ti, que nadie podrá regalarte nunca.

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Ciento volando © DIARIO ABC, S.L. 2013

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