El mar de la desesperación

Publicado por el oct 7, 2013

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Es el Mare Nostrum, nuestro mar, el mar de todos. África, Europa y Asia se bañan en él, se alimentaron de él durante siglos, navegaron por él, conquistaron pueblos a través de sus venas, comerciaron e intercambiaron riquezas surcando sus aguas. Los atunes rojos buscan su calidez para desovar y volver luego a las frías aguas del mar del Norte. Los Griegos, los Romanos y tantos otros nos hicieron como somos, nos dieron una lengua, traídos por el mar, el mar-madre, generoso y fecundo.

Hoy, ese mar hermoso y mítico es el mar de la desesperación, el mar de otros, de los que, como dice el Papa Francisco con su discurso directo y lapidario, hemos globalizado la indiferencia. Es el mar de los gobiernos que se niegan a tender una mano para arrancar de la muerte a hombres, mujeres y niños que solo buscan el derecho universal a una vida mejor.

Hoy, ese mar de músicas y atlantes es el mar de la muerte, del dolor, de la impotencia, de la desigualdad. Es el fin de los sueños de tantos que alimentan primero a los especuladores y luego a los peces, que ven sin asombro cómo el mar se tiñe con otras sangres distintas de las suyas.

¿Qué pasaría si el mar, como hace millones de años, desapareciera? ¿Y si del cuerno de África llegasen miles de seres desesperados y hambrientos buscando su lugar en un mundo que también les pertenece? ¿Qué haríamos sin la protección de ese mar que los devora y hace de dique de contención de la miseria? ¿Cómo podemos olvidar, en un alarde de amnesia histórica, que todo empezó alli, en esa tierra olvidada por sus hijos de última generación?

El tronco común de la humanidad ha crecido tanto y se ha diseminado tanto gracias a que antes que nosotros, en el principio de los tiempos, unos seres primitivos, nuestros antepasados, salieron por mar y tierra buscando lo que ahora les negamos en ese olvido cainita y miope que hemos aprendido a desarrollar como especie. Se dispersaron y lucharon contra las dificultades. Unos fueron hacia el norte, para llegar a América y descender atravesando todo el continente; otros cruzaron Europa hasta llegar a estos países mediterráneos, que ahora no reconoce a sus hermanos; otros llegaron por mar a Asia.

Pero todos somos y venimos de un mismo árbol, un mismo tronco con ramas que crecieron desiguales y distantes, buscando la luz y el cielo, pero con unas raíces comunes que se alimentan de la misma tierra. Esa misma que, a veces, a los mas desfavorecidos, les niega el pan y la sal. Esa misma que ya no les cobija y ahora, aprovechándose del mar, ni siquiera se abre para enterrarlos.

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