Hakuna Matata

Publicado por el sep 16, 2013

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Llegar a África es desaparecer y convertirte en unos asombrados ojos que miran a un  lado y  otro, intentando abarcar lo inabarcable, la inmensidad. Un mundo infinito que se pierde en la línea del horizonte y te deja perplejo ante tanta diversidad y tantas y desiguales formas de vida, desde la ampulosidad de las grandes mansiones de los europeos a la precaria supervivencia de las poblaciones rurales; desde la pobreza de los niños que salen a tu paso a sus luminosas sonrisas.

En Kenya, el privilegio  está en las grandes extensiones de sabana dominadas por la vida salvaje en estado puro de los grandes animales, con el rey León y el elefante a la cabeza y las otras especies  manteniendo el difícil y milagroso equilibrio del ciclo vital. Ser animal en los parques naturales o trabajar en ellos garantiza la mejor calidad de vida que uno puede encontrar en un mundo en el que ellos son la auténtica aristocracia, determinada solo por la ley del más fuerte y protegida hasta la saciedad, como fuente de ingresos, gracias a los Safaris (aventura en swahili), para una población que vive, además, de los cultivos y el ganado que constantemente acompañan al viajero por los cientos de kilómetros del recorrido.

El ganado es tan importante para los Masai, una de las etnias más destacadas, que una esposa se compra con diez vacas, lo que garantiza, de una parte descendencia y de otra, alimento, mezcla de sangre y leche de vaca para toda la familia. Un Masai puede tener hasta diez o más mujeres: cada una tiene su propia choza que ella misma construye con barro y excremento, además de cocinar y ocuparse de la prole, mientras el hombre las protege de los animales salvajes y se ocupa, en la adolescencia, del ganado.

Los keniatas,  y especialmente los  Masai,  son un pueblo bellísimo de miembros esbeltos, pómulos altos, ojos grandes y profundos y sonrisa deslumbrante que exhiben  constantemente. Son comunicativos y amables y tienen una absoluta curiosidad por nuestro mundo, algunos hablan inglés que aprenden en los cientos de pequeñas escuelas diseminadas por todo el país y donde les enseñan que no es necesario deformar sus orejas o matar un león para ser un buen Masai.

África te atrapa desde la primera mirada, se te mete dentro y no puedes dejar de añorar, cuando la dejas, sus impresionantes sabanas salpicadas por las acacias paraguas y árboles candelabro, sus amaneceres y puestas de sol, la cumbre nívea del Kilimanjaro o el silencio apenas roto por el sonido de los animales que te rodean, dejándote sentir su superioridad condescendiente. Añoras los austeros y acogedores campamentos, el saludo de los niños por los caminos, su idioma musical y rítmico, Hakuna Matata (no hay problema), repiten constantemente.

Una nostalgia te invade, sueñas con volver algún día, intentas detener el tiempo en ese deambular lento por la vida que África  te contagia. Como  el paso tranquilo y ordenado de los ñus y las cebras, en filas interminables, camino del Mara, el río que les dará la vida en la otra orilla y a veces les hará encontrar la muerte en sus aguas plagadas de cocodrilos. Porque no hay paraíso posible sin dolor, y los animales, como en una condena bíblica, sienten y aceptan que al igual que nosotros, alguna vez, fueron arrojados del autentico paraíso.

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