Tacones cercanos

Publicado por el jul 4, 2013

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Me volvía loca ponerme los zapatos de mi madre, mejor dicho sumergirme en los preciosos zapatos de tacón de aguja de mi madre. Era como dejarse caer por el árbol de “Alicia en el país de las Maravillas”. Enseguida aparecían colores, imágenes, perfumes, sonidos y todo lo que a una niña de 10 años le sugiere con su inocente mirada el mundo de los adultos. Los zapatos de mi madre dibujaban el umbral de un escenario en el que cantar, bailar y ser feliz era posible al mismo tiempo.

Mi madre pisaba fuerte con sus tacones y se lanzaba a la calle segura de su paso elegante y airoso, que le permitía contemplar desde esa altura la vida que le rodeaba. Su taconeo era rítmico, sonoro, y yo sonreía cuando su repiqueteo me decía que ya estaba en casa. Siempre admiré la claridad que mi madre tenía para decidir qué zapatos ponerse, los que mejor le sentaban y en los que mejor se sentía.

¡Qué importante es saber cómo quieres andar por la vida, qué zapatos quieres calzarte para ser tú mismo, y que nadie te cambie el paso, respetar y aceptar el paso del otro! Sí, ponerte también en sus zapatos, pero sintiendo y disfrutando los tuyos, los que te permiten mirarte al espejo cada mañana y andar libre y feliz sin tener que arrastrar un peso que no te pertenece y que los demás te quieren endosar para proteger su miedo y a ti te hacen frágil y vacilante en tu andar diario.

Aprendía muchas cosas con mi madre: cómo pintarse los labios, cómo hacer empanadillas, cómo conseguir que nuestra casa fuese el mejor espacio posible con y sin dinero, cómo decir lo que piensas es bueno para ti y los demás. Aprendí por ejemplo a jugar a las cartas, se juntaba con sus amigas y, a mi vuelta del colegio, todavía con el uniforme, me sentaba con ellas disfrutando de sus conversaciones y sobre todo de la merienda que interrumpía la partida de canasta para cambiar los naipes por los pasteles y ensaimadas.

En una de esas maravillosas tardes de mayores, una amiga le comentó a mi madre: “Fíjate, María Teresa, a fulanita el hijo le ha salido rana”. Ante la mirada interrogante de mi madre, su amiga insistió: “Que es del otro lado, de la acera de enfrente”. Esa era la manera de decir en aquel tiempo que alguien se salía del camino establecido. Desde mis diez años, a mí no me quedaba claro qué quería decir ser del otro lado: si es que solo había dos lados y unos estaban en uno y otros en el contrario y, en ese caso, en qué se distinguían y cuál era la línea divisoria que yo no veía por ninguna parte. Y si no pareciera lógico que para los del otro lado, los que estábamos en el opuesto, es decir en el otro, éramos los demás. De la misma manera que la acera de enfrente existía porque existía. La opuesta porque con una sola acera la calle no sería una calle sino una plaza y yo estaba harta de ver un montón de gente en la otra acera sin que me pareciese notar ninguna diferencia con la nuestra ya que en cuanto salíamos de nuestras casas todos nos mezclábamos y éramos los mismos alegres seres caminando en distintas direcciones según el objetivo de nuestros paseos.

Mi madre, sin dejar de mirar sus cartas y volviendo a lo de la rana, le preguntó a su amiga: “¿No conoces el cuento de la rana que se convierte en príncipe?”. Ante la perplejidad de nuestra invitada, mamá le dijo: “¿Sabes, querida? Esa madre tiene la inmensa suerte de tener un príncipe en su casa”. Zanjó la conversación tranquilamente y nos dirigimos al momento  más emocionante de la tarde, que era el de la merienda.

Tardé algunos años en comprender aquella conversación y sobre todo en aplaudir la forma en que mi madre dejó claro que, además de jugar a las cartas y merendar, en mi casa nadie negaba el pan y la sal a nadie, y menos por su diversidad sexual o vital, que ya hay bastantes seres marginados y humillados en el planeta porque otros lo permiten. Que cada uno decide con qué zapatos quiere transitar por la vida y los sueños, y que si su hija se disfrazaba cada vez que había visitas y montaba un número cantado y actuando, la solución era o no volver a comer nuestras riquísimas lentejas o relajarse y disfrutar  las lentejas y la representación.

Así que, amigos, sacad vuestros mejores y más lúdicos zapatos, pisad fuerte el asfalto y la vida, la mirada alta, la sonrisa abierta y a la calle a disfrutar del gran teatro del mundo que hoy es vuestro. Y ya sabéis: si os tropezáis con alguna rana, dadle un beso porque puede ser un príncipe.

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Ciento volando © DIARIO ABC, S.L. 2013

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