Déjame que te cuente…

Publicado por el may 23, 2013

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¿Por dónde empiezo? ¿Por dónde se empieza a contar lo que no tiene palabras o imágenes que traduzcan un sentimiento? Me puede esta América tan cercana en el corazón y tan lejana de millas. Me puede su gente, educada, respetuosa con esa mirada que te mira desde otro tiempo. Mucho antes, su riqueza, su cultura, sus dioses eran grandes. El Sol era todo para el reino perdido de los Incas. Inti, así lo llamaban, y crearon una arquitectura inexplicable y tan poderosa en Machu Pichu que hasta era capaz de amarrar al Astro Rey a sus piedras.
Lima, Quito, Guayaquil, el camino del Inca que se divide en dos para formar dos reinos, Perú y Ecuador, la mitad del mundo. Quito señorial; Arequipa, la ciudad blanca, tan española; Trujillo, otro reflejo de España. Cuzco, con sus iglesias y la plaza llena de indígenas que venden su mercancía. Como en Otabalo, madres-niñas con su trenza a la espalda y la guagüita envuelta en un chal contra el calor del cuerpo materno. Así, con sus ropas, sus trenzas y sus crías, viajan por el mundo vendiendo sus artesanías, sin mezclarse con una cultura que no consideran mejor que la suya.

Colores, maderas talladas, oro, espejos, chales del tacto de la seda, telares que crean un mundo de faldas, blusas, collares de bolas de cristal dorado, comida sabrosa y humeante con el maíz como gran protagonista. Y siempre esa mirada horizontal. Ese pelo negro brillante y esa calma ante la vida. Cuánto tenemos que aprender, cuánto que admirar, cuánto de lo que asombrarnos. Las flores salen de estos países hacia todo el mundo. Puedes encontrar cientos de orquídeas distintas, reinventándose constantemente. Amo esa flor rebelde, libre, independiente, casi humana, que se te aparece de mil formas demostrando su dominio en el reino vegetal, aéreas como pájaros, capaces de anidar en cualquier sitio y despreciando el perfume que nunca estaría a la altura de su belleza.

He cantado en estos países, he vuelto a enmudecer ante su entrega y generosidad, ante tanto respeto y tanta memoria, la necesitan para no olvidarse de quiénes fueron; para que nadie les robe su historia. Un pueblo que grita ¡Te amo! desde un patio de butacas en un teatro es un pueblo esculpido de tiempo, dolor, sabiduría y amor para quien no le traiciona. Se viste con su niebla, se pone en la voz su música y continúa su viaje para poder contarlo… Ahora que aún se mecen en un sueño el viejo puente… el rió y la Alameda.

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