MALETAS

Publicado por el abr 29, 2013

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Así, con mayúsculas: MALETAS. Maletas con vida propia que van, vienen, desaparecen, se encuentran. Maletas que llevan nuestra vida dentro como un microcosmos íntimo y complejo; siempre falta algo, siempre sobra algo, van tranquilas y vuelven agitadas y dispersas, con otros acentos, sintiéndose extrañas al abrirse de nuevo en su lugar de origen. Algunas quisieran no volver nunca, otras se preñan de añoranzas y recuerdos. Algunas sienten que su materia ha cambiado, que ya no son las mismas ni volverán a su esencia vacía y plácida de su primer instante.

Las maletas son seres vivos rectangulares y almacenables, más dóciles y sufridas que sus dueños, pero seguras de estar habitadas por pequeños tesoros que, tras su aspecto anodino y neutro, nadie adivina. Saben que quien las hace y rellena sus rincones las ama y que en alguna parte algunos ojos se humedecerán cuando al abrirlas al otro lado del mundo descubran el amor de sus secretos. Vuelan cargadas de esperanza de una vida mejor, a veces casi vacías de todo lo que dejaron  atrás. Esperando llenarse de lo que en otro país alguien sueña y necesita.

Las maletas tienen estaciones, no son las mismas en verano, primavera, otoño… y disfrutan con ese privilegio que les permite llenarse de regalos en Navidad, de alpargatas y bañadores en vacaciones o de jerséis y calcetines cuando llega el invierno. No temen el cambio ni la incertidumbre, nacieron para viajar, para no estar quietas; no hay nada más triste que una maleta en un trastero o eternamente nueva, sin  heridas de guerra por el maltrato de aeropuertos o estaciones. Las  maletas ya casi nunca viajan en la baca de un coche atadas con cuerdas, se han hecho ultramarinas y van cómodamente, sin sobresaltos y a resguardo de la lluvia y el viento.

Mi maleta soy yo, viajera empedernida, pasajera del tiempo, tejedora de historias, tímida y exhibicionista, impaciente y tranquila. Todos mis mundos están en mayor o menor medida dentro de mi maleta: se observan, se reconocen, se toleran, han aprendido a quererse porque saben que esa maleta, sin cada uno de ellos, estaría incompleta, huérfana de sí misma.

Mi maleta soy yo deseando irme y llegar, con ese tiempo intermedio que me convierte en invisible y se llama tránsito. Es mi necesidad de no estar quieta, de sentirme inconclusa, siempre con una emoción llamándome desde alguna parte y una sonrisa traviesa y nueva entre los labios. Hoy estoy haciendo mis maletas para un largo viaje, por cielos y mares, pero ellas y yo sabemos que algún día nos separaremos porque el aire… no necesita equipaje.

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