Viaje al corazón de los glaciares

Publicado por el Jul 4, 2011

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Lo que no se mide no se conoce. Y muy poca gente, demasiado poca, se atreve a dedicar su vida, arriesgando lo que sea necesario, para medir, y por lo tanto conocer, cuál es exactamente la cantidad de hielo glaciar que se está derritiendo en ambos polos. O, dicho en otras palabras, cuáles son, hora a hora durante ya más de diez años, las consecuencias más desconocidas del cambio climático.

Para responder a esta delicada (y polémica) cuestión existen varias estrategias muy diferentes. Algunos investigadores trabajan duro a partir de datos obtenidos por satélites meteorológicos y de observación de la Tierra, que miden desde el espacio la extensión y el grosor de las capas de hielo, tanto marino como continental. Otros analizan la composición de burbujas de aire atrapadas en hielos ancestrales durante miles de años para compararlas después con el aire que respiramos hoy y comprobar que, efectivamente, las concentraciones de CO2 que se dan en la actualidad (cerca de 380 Partes Por Millón) no se han conocido durante los últimos 800.000 años.

Pero Adolfo Eraso y Carmen Domínguez, Karmenka, no se conforman con quedarse en un laboratorio. El primero, geólogo y espeleólogo experto donde los haya. La segunda, matemática y profesora en la Universidad de Salamanca. Ambos son el corazón, la mente, los brazos (y a menudo el bolsillo) del proyecto Glackma (Glaciares, CrioKarst y Medio Ambiente) uno de los pocos equipos científicos del mundo que se dedica a medir, in situ, cómo de rápido se están fundiendo los glaciares, tanto en el Polo Norte como en el Sur.

Desde el año 2001, Adolfo Eraso y Carmen Domínguez recorren sistemáticamente el Artico y la Antártida para recopilar las secuencias de datos que, a cada hora, recogen los 8 sensores (cuatro en cada hemisferio) instalados en puntos estratégicos y a los que normalmente sólo llegan las focas, los pinguinos y los osos polares. En total, más de cien mil datos concretos por cada sensor y año, fruto de las 8.760 medidas que, por cada parámetro, recoge cada uno de los dispositivos.

Los sensores miden los metros cúbicos de agua por segundo (unidad de caudal) por cada km. cuadrado de cuenca glaciar. Además de la temperatura ambiente, la humedad del aire, la presión atmosférica, la radiación solar, las precipitaciones (diferenciadas entre nieve y agua)…

El resultado es una secuencia de datos sistemática e impresionante (la mayor que existe en el mundo), cuyo análisis está empezando a arrojar conclusiones sorprendentes. La base de datos del proyecto Glackma, que aumenta de hora en hora, de día en día, se ha convertido en una herramienta codiciada por científicos de todo el planeta, ya que aporta datos precisos y a intervalos constantes sobre la causa más desconocida de las tres que más contribuyen al aumento del nivel del mar a escala global.

La pura lógica nos dice que si los hielos polares se derriten, el nivel del mar tiene, por fuerza, que aumentar. Y un simple cálculo basta para saber que si los hielos desaparecieran por completo de ambos polos, ese aumento sería de unos setenta metros. Lo que no sería una buena noticia para la mayor parte de las poblaciones costeras de los cinco continentes.

Lejos aún, afortunadamente, de ese extremo, los científicos empiezan hoy a saber que un tercio del aumento del nivel del mar se puede achacar a la dilatación térmica del agua. Otro tercio procede de la fusión de los glaciares temperados (aquellos que se encuentran en latitudes más bajas, fuera de los círculos polares). Y muy poco, o nada, se sabe del tercio restante, cuyo origen ha estado, hasta ahora, envuelto en el misterio.

Sin embargo, los datos recogidos por Glackma demuestran que esa causa hasta ahora desconocida de aumento del nivel marino puede ocultarse en la fusión del hielo continental, esto es, de los hielos perpetuos del interior de los círculos polares. Es precisamente ahí, en los glaciares subpolares (que están mucho más cerca de los polos que los temperados) donde Glackma coloca sus sensores. Y después de más de una década de medidas sistemáticas, empieza a haber luz donde antes sólo había oscuridad.

“El glaciar – explica a ABC Adolfo Eraso- es como una caja negra que registra todos los datos. Al medirlos, entendemos lo que está pasando y por qué”.

Ni que decir tiene que instalar esos sensores y visitarlos cada pocos meses para recoger los datos, cambiar las baterías y asegurarse de que todo está en orden no resulta, en absoluto, una tarea sencilla. Todos los sensores están instalados en el interior de corrientes de agua helada (procedente de la fusión de los glaciares), en zonas donde las temperaturas casi siempre superan los 40 grados bajo cero y en las que las noches, y los días, tienen seis meses de duración. No resulta, pues, de extrañar que sean muy pocos los que estén dispuestos a padecer, año tras año, esas durísimas condiciones.

Allí, en los extremos de nuestro mundo, no es posible que los sensores transmitan los datos por satélite. La razón, explica Cármen Domínguez,  es sencilla: “No hay batería que aguante seis meses de noche cerrada, ni equipo electrónico que resista temperaturas de cuarenta bajo cero permanentes”. Por eso, la única forma de obtener esos valiosísimos datos es ir hasta allí en persona, conectar un ordenador a los sensores y descargarlos. En su blog, Cármen Domínguez, Karmenka, relata el apasionante día a día de sus expediciones.

En la actualidad, y ya con una década larga de datos sistemáticos sobre el deshielo de glaciales subpolares en la mano, Adolfo Eraso y Carmen Domínguez están preparando una serie de artículos científicos, a la vez que colaboran con investigadores de varios países, entre ellos Alemania, Rusia y Estados Unidos. Sin embargo, ya es posible sacar de los datos algunas conclusiones preliminares.

En primer lugar, muchos glaciares subpolares, que aparentemente parecen sólidos y estables están, en realidad, minados por dentro por cavernas de hielo provocadas por su propia fusión. Es un fenómeno conocido como CrioKarst y es análogo al de formación de cuevas, también por acción del agua, en tierras calizas. Con la diferencia de que la velocidad del agua, que en las cavernas calizas es de cerca de un km. por día, en el hielo es diez veces superior.

Otra conclusión sorprendente (y preocupante) es que el periodo anual de deshielo de los glaciares subpolares (que normalmente era de unos 70 días al año), se ha multiplicado por dos, lo que significa que la descarga glaciar (la cantidad de agua que se derrite) está creciendo de forma acelerada. Por ejemplo, los 76 días de deshielo del verano de 2002 pasaron a ser 142 en 2005, apenas tres años más tarde. Un valor mucho más propio de los glaciares temperados, que se derriten durante una buena parte del año.

Esta aceleración del deshielo, además, es una tendencia medida en todos y cada uno de los sensores instalados por Eraso y Domínguez. Y el hecho de que los sensores más alejados entre sí estén a más de 16.000 km de distancia es una prueba irrefutable de que el fenómeno tiene carácter global.

Otra conclusión sorprendente es que cualquier pequeña variación de la temperatura ambiente tiene un efecto inmediato en la descarga glaciar. Variaciones de apenas unas décimas de grado provocan, en cuestión de minutos, que el agua empiece a correr. Es la primera vez que esta relación tan directa e inmediata se registra.

También, y debido probablemente a que la mayor parte del mundo industrializado vive en el hemisferio norte, los investigadores han podido comprobar que, a igual latitud, el deshielo se produce entre 3,5 y cuatro veces más rápido en el Artico que en la Antártida.

En general, pues, la fusión de los glaciares subpolares se está produciendo, en ambos hemisferios, mucho más rápido de lo que se esperaba. Lo cual llevará inevitablemente a revisar una buena parte de las previsiones realizadas hasta ahora por los científicos. Se necesitan, según Adolfo Eraso y Cármen Domínguez, más investigaciones. Y más expediciones para comprobar sobre el terreno lo que está sucediendo.

Mientras, la base de datos del Proyecto Glackma sigue creciendo y poniendo sobre la mesa una realidad que es tan cruda como objetiva. Y que no podemos seguir ignorando.

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