Supernovas: Cuando la destrucción viene del cielo

Supernovas: Cuando la destrucción viene del cielo

Publicado por el Aug 4, 2016

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La explosión de una lejana estrella ha llevado a crear una nueva categoría de supernovas «súper luminosas». Si hubiera una así en la Vía Láctea podría acabar con la vida en la Tierra.

Si algo así hubiera sucedido a menos de 100 años luz de la Tierra, ninguno de nosotros estaríamos aquí para contarlo. Esa es la conclusión de un equipo de investigadores tras estudiar durante varios meses a ASASSN-15lh, la supernova más violenta, energética y destructiva detectada hasta ahora en todo el Universo.

Durante todo este año, astrónomos de todo el mundo han estado observando atentamente la explosión de una estrella a varios miles de millones de años luz de la Tierra. A pesar de toda esa distancia, la enorme cantidad de energía liberada, equivalente a varios cientos de miles de millones de soles, la convirtió en un objeto visible y brillante, fácil de observar para nuestros telescopios. En el corazón de esa lejana bola ardiente duerme un objeto de apenas unos 10 km. de diámetro, algo sobre cuya naturaleza los investigadores siguen sin ponerse de acuerdo. Lo que parece cada vez más claro es que se trató de una supernova, la muerte violenta de una estrella. La mayor supernova vista hasta ahora.

Muchos astrónomos piensan que una de las razones por las que aún no hemos encontrado vida inteligente en el Universo se debe, precisamente, a los efectos mortales de explosiones de supernovas, cuya energía es capaz de «esterilizar» cualquier forma de vida en un radio de más de 100 años luz. Y aunque solo se produce, como media, una sola supernova por galaxia y por siglo, no hay que olvidar que existen más de cien mil millones de galaxias en el Universo observable. Lo cual significa que, según ha calculado Richard Mushotzky, del Centro Goddard de Vuelos Espaciales de la NASA, explotan más de mil millones de supernovas cada año o, lo que es lo mismo, 30 supernovas por segundo.

En Junio de 2015, el instrumento All Sky Automated Survey for Supernovae (ASASSN), detectó una de esas explosiones, que fue etiquetada como ASASSN-15lh. Situada a más de 3.800 millones de años luz de distancia, esa fuente luminosa tenía, sin embargo, un brillo inusitadamente alto para un objeto tan lejano. De hecho, era 200 veces más brillante que cualquier supernova detectada hasta ese momento. Y más de 20 veces superior al de todas las estrellas de nuestra propia galaxia (más de 100.000 millones) juntas.

Para Todd Thompson, de la Universidad Estatal de Ohio y miembro del equipo de investigadores, «es como estar paseando junto a una persona de 1,80 metros y ver de repente a alguien que midiera 1.800 metros de altura. Incluso nos preguntaríamos si es, efectivamente, una persona».

El 14 de enero de este mismo año, los científicos revelaron en un artículo publicado en «Science» que el objeto central de esa esfera extraordinariamente brillante podría ser un raro tipo de «cadáver estelar» llamado magnetar. Aunque, eso sí, uno capaz de violar los límites que establece la física para la emisión de energía. De hecho, incluso en una disciplina científica acostumbrada a manejar números gigantescos, las cifras de este pequeño pero poderosísimo objeto dejaron a los científicos con la boca abierta. ASASSN-15lh era hasta 570.000 millones de veces más brillante que nuestro Sol y, como se ha dicho, 20 veces más brillante que todas las estrellas de la Vía Láctea juntas.

«Debemos preguntarnos cómo es esto posible -afirma Stanek, otro de los miembros del grupo- Hace falta una enorme cantidad de energía para brillar de ese modo, y esa energía tiene que venir de alguna parte». Pero aún hoy, y tras largos meses de investigación, los astrónomos no tienen más remedio que admitir que siguen sin saber cuál es la fuente de energía de ASASSN-15lh.

De lo que sí que están absolutamente seguros es de que el objeto pertenece a una nueva categoría de supernovas «súper luminosas». Y de que hemos tenido la gran suerte de que la explosión se haya producido tan lejos de nosotros. Si algo así sucediera dentro de nuestra galaxia, ni siquiera cien años luz de distancia serían suficientes para librarnos de sus mortales efectos. La vida en la Tierra desaparecería en un solo instante tras recibir una gigantesca oleada de radiación y nuestro planeta quedaría vacío y estéril. Algo que podría perfectamente haberle ocurrido ya a otras civilizaciones no tan afortunadas como, por ahora, lo es la nuestra.

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